Transiciones, ilusiones, frustraciones y quizás esperanzas

I.La transición, entre la realidad y la ilusión.

“La resistencia es tener esperanza” escribió René Char.1 Las minorías activas antifranquistas y amplios sectores populares y medios más o menos paralizados por el autoritarismo represor pero no favorables o claramente contrarios a la dictadura imaginaron una promesa democrática ideal. Las izquierdas veían el acceso a la democracia como antesala de transformación social, un avance hacia el socialismo. La resistencia a la dureza del franquismo generaba esperanzas consoladoras, algo parecido a los exiliados que cada año brindaban por el próximo regreso a una España democrática2. La realidad era más compleja. Ciertamente a partir de los años 60 la sociedad se fue quitando la losa fascistoide de los años 40 y 50, se abrieron brechas en la cotidianidad, en las culturas, en la vida universitaria y en la , en las asociaciones ciudadanas y barriales, en la Iglesia de base, incluso con muchas limitaciones en la acción sindical y en la producción de libros y publicaciones. La sociedad iba creando espacios de libertad pero el Estado dictatorial mantenía su gran capacidad represiva y controlaba las cúpulas y principales mandos de los aparatos politicos como el conjunto de las Administraciones públicas, la Judicatura, las Fuerzas Armadas y los cuerpos policiales, la Iglesia, los grandes medios de comunicación, las elites empresariales, etc. La relación de fuerzas no hacía posible un cambio político radical, de la dictadura a la democracia. La sociedad empezaba a expresarse y este potencial movilizador se fue desarrollan en la década de los 70. Pero la fuerza del Estado mantenía su fuerza coactiva no toleraba que se cuestionara el sistema político derivado de la guerra civil. Esta era la realidad. La sociedad no podía confrontarse con éxito contra el Estado. Las fuerzas sociales activas, las izquierdas con hegemonía comunista, no solo eran minoritarias, precisamente debido a su combatividad generaban violencia en el Estado y desconfianza o pasividad entre sectores sociales muy amplios que temían a la vez la dictadura y la violencia, el mantenimiento del franquismo y el protagonismo de los comunistas. En resumen, se enfrentaban el Estado inmobilista y conservadora y la utopía democrática social. La sociedad en gran parte era el “público”, aspiraba a una democracia tranquila, sin pagar costes.

La esperanza democrática estaba arraigada no solo entre los sectores activos del antifranquismo, también en sectores significativos de la sociedad. La esperanza se concretó o pareció posible a la muerte del dictador. Las cúpulas políticas del franquismo no tenían liderazgos fuertes ni cohesión interna. Los sectores empresariales necesitaban integrarse en Europa lo cual precisaba inventar un marco de democracia formal. La movilización social se multiplicaba muy pacíficamente, conscientes que se estaba en el filo de la navaja3. La presión democratizadora era a la larga imbatible pero los aparatos del Estado solo podía ser pacífica si desde dentro se los neutralizaba. Y así fue. La ley de reforma política, no aceptable por parte del antifranquismo activo, fue aprobada por el 90 % de la ciudadanía, mediante referéndum, en unas circunstancias discutibles pues fueron convocadas por el gobierno sin que la oposición, aún no legalizada, pudiera hacerse sentir por la mayoría de la población. Pero se abrió la compuerta al proceso democratizador. La cuestión no era entre una democracia limitada, sin contenidos sociales y económicos, entre partidos que se alternaran como fueron en el siglo XIX los conservadores y los liberales y con muchos reparos a reconocer las nacionalidades históricas. Se firmaron los Pactos de la Moncloa, con acuerdos de carácter de “austeridad” para los trabajadores y favorables a los sectores empresariales y financieros, incluida la desindustrialización, pero se aparcaron las iniciativas públicas de carácter productivo y el control de las empresas y los bancos que recibían ayudas serían controlados para que cumplieran sus contraprestaciones. Se legalizaron los partidos, incluido el comunista4, se hicieron elecciones y se aprobó una Constitución que tenía un potencial desarrollo muy democratizador… pero también lo contrario. La transición se puso en marcha, con más resistencias conservadoras que iniciativas democratizadoras.

La transición iniciada, pactada y pacífica, vivió un sobresalto que tuvo consecuencia: el golpe militar fallido de febrero de 1981. Consolidó la Monarquía, el miedo volvió a amplios sectores de la sociedad y de la “clase política” a lo que se añadía la acción terrorista de ETA y la guerra sucia del gobierno. El centro-derecha dialogante se fue disolviendo y Súarez fue eliminado del juego por su propio partido. Emergió la derecha conservadora vinculada a la cúpula de la Iglesia, del Ejército y de la alta administración del Estado y del empresariado duro. Un PSOE asustado pero con vocación de poder vió su oportunidad. A cambio de reinterpretar la transición. La LOAPA estaba destinada a reducir a mínimos las autonomías5. Las políticas neoliberales se expandieron bajo el gobierno de Calvo Sotelo. La derecha en proceso de reconstrucción no tenía posibilidades de ganar las elecciones, el PSOE aparecía como el partido dispuesto para limitar la transición según los intereses de los poderes fácticos6.

El PCE fue marginado y su presencia en las instituciones centrales fue mínima, casi simbólica. Ayudó a ello el sistema electoral. Solo tuvo acceso a los gobiernos locales. La militancia antifranquista que hegemonizaba el PCE y PSUC, con una fuerte influencia en las clases trabajadoras, quedó frustrada. Fue atacado desde fuera, más o menos indirectamente, por parte de los socialistas y de la derecha, de los poderes fácticos y los medios de comunicación, y por los soviéticos que veían en el “eurocomunismo” (comunismo democrático) un enemigo que deslegitimaba el sistema autoritario de la URSS y el sometimiento de los pueblos del bloque soviético. La suma de las esperanzas frustradas y del incumplimiento de las promesas provocaron conflictos internos, rupturas y escisiones. Aparecieron nuevos partidos gropusculares que se autodefinían como comunistas o revolucionarios y acabaron en confundir a los votantes. El electorado en gran parte se inclinó hacia el voto útil del PSOE o se abstuvieron. Su influencia en las décadas 80 y 90 fue muy escasa excepto en bastantes gobiernos locales, en el sindicalismo de CC.OO. y en algunos sectores intelectuales y profesionales. O en algunos movimientos socio-políticos (barriales, ecológicos, feministas, nacionalistas de la periferia).

Los gobiernos del PSOE (1982-1996) hegemonizaron la postransición. Hubiera podido ser la segundo transición o democratizar la incipiente democracia, una superestructura formal que permitía respirar a la sociedad. Se reconocieron gradualmente derechos individuales y se desarrollaron políticas sociales (educación, sanidad, protección social, estatuto de los trabajadores). Pero se optó por la desindustrialización, las privatizaciones y dejaron las riendas sueltas al sistema financiero. El neoliberalismo impregnó las políticas económicas. La clase política socialista y sus entornos se acostumbraron a frecuentar los poderes fácticos económicos y la alta burocracia. Se censuró la memoria histórica y se substituyó la cultura política de la omnipotencia del Estado represor y del nacional catolicismo por el afán de ganar dinero como fuera y la exaltación del consumo y del individualismo. El PSOE, la izquierda institucional, creó una imagen de democracia conservadora y oligárquica, cómplice o sometida a los poderes fácticos. Asi la fueron viendo amplios sectores populares y de los jóvenes, incluso muchos que votaran al PSOE. Pero se había perdido una gran oportunidad, la segunda transición, la democratización de una democracia iniciada y rápidamente pervertida.

En este ambiente se construyó gradualmente el contra mito de la transición que se acentuó con el tiempo, por la degeneración del PSOE y especialmente por los gobiernos del PP. Intelectuales radicales, jóvenes movimentistas y militantes decepcionados denunciaron la transición. Lo consideraron una trampa, un retorno al pasado o si prefieren el continuismo sin Franco, el freno y marcha atrás de la incipiente democracia formal, una farsa. Y la traición de los líderes de las izquierdas7. Fue una reacción a la mitificación de la transición, el tránsito pacífico, el olvido de las luchas y de las represiones, la democracia reducida a los procedimientos de representación limitada. La “clase política” con muy pocas excepciones, los medios de comunicación y numerosos intelectuales y académicos mitificaron la transición considerada como pacífica, rigurosa, que promovió el desarrollo del país y estableció las libertades deseadas. Los protagonistas fueron mitificados a su vez, el Rey principalmente y los líderes políticos. Es la imagen que se dio en el resto del mundo y que acabó de consolidar internamente el mito8. Se resumió como un acuerdo entre un pequeño grupo de personajes desligados o traidores del “pueblo”. En ésto coincidían con los portadores del mito angelical. Pero se prescindía de la movilización social que fue en aumento en la década de los 70 y que hizo extremadamente difícil intentar mantener el sistema político del franquismo únicamente maquillado. El contra mito fue considerar la transición como casi continuismo del franquismo en la economía, el deficiente trato a los sectores populares y a las nacionalidades, la estrecha vinculación con la cúpula de la Iglesia, el mantenimiento de una Judicatura9 en gran parte procedente de la dictadura, el no reconocimiento de las luchas sociales y democráticas antifranquistas ni las feroces represiones contra los republicanos en la guerra y en la larga postguerra. Lo cual en parte es así pero no todo es así.

Fue un proceso democratizador iniciado, limitado y frustrado. Pero aceptado por la mayoría de la sociedad. Sería falsear la realidad establecer una continuidad con el franquismo, pero si que hay una cultura política muy impregnada de reaccionarismo tradicionalista, franquista y tecnoburocracia. Se construyó una estructura representativa mediante el sufragio universal pero el voto individual no es igualitario, no solamente debido a la legislación electoral, sino que además y es mucho más importante, los ciudadanos individualizados no son iguales unos de otros, los hay “más iguales que otros”, por información, capacidad de utilizar los medios más o menos manipuladores de la publicidad, la comunicación o la financiación de las candidaturas, las vinculaciones entre el poder económico y los partidos políticos, etc. La democracia no se limita a las elecciones, hay otros formas complementarias de participar en la política como el rendimiento de cuentas, la iniciativa legislativa popular, la consulta o el referéndum, la gestión cívica, etc. La democratización supone transformar estructuras sociales y económicas para hacer a todos los ciudadanos como más “igualibres”10.

II. De los contra mitos a la búsqueda de nuevas utopías.

Del mito angelical al mito demonizado
El mito de una transición angelical que nos condujo a la democracia alumbrada por el rey y algunos personajes herederos del sistema anterior o opositores blandos o respetuosos con el orden establecido (ya vimos anteriormente que el PCE fue marginado y su presión pacífica en la calle no fue suficiente) arraigó en la sociedad y en la opinión internacional. En el consciente o inconsciente colectivos estaba presente la capacidad represiva de los aparatos del Estado. La única fuerza que hubiera podido promover una movilización insurreccional era el PCE-PSUC. En Madrid, Barcelona y en grandes ciudades y regiones industriales y en bastantes pueblos es probable que se hubieran ocupado ayuntamientos y quizás fábricas y universidades. Pero las otras fuerzas políticas, desde los continuistas del franquismo y los reformistas procedentes de la dictadura hasta los socialistas, por activa o por pasiva, lo hubieran considerado una tentativa de “golpe de Estado” comunista y apoyarían la reacción represora, o mirarían para otro lado. Hubiera sido un suicidio político. Las izquierdas militantes, con hegemonía comunista, no eran obviamente suficientemente fuertes para imponer una transición democrática como la que se dio en Francia o Italia en 1945, pero eran lo suficientemente fuertes para dar miedo al bloque “occidental” y a una sociedad más temerosa que rebelde. Las estructuras de la izquierda militante hubieran sido liquidadas para bastantes años.

¿La transición fue una farsa? En parte sí, fue el mito angelical de considerar como el triunfo de la democracia cuando se fue una democracia limitada, más heredera del pasado que constructora del futuro. La monarquía fue impuesta pues un referéndum probablemente hubiera ganado la república. El carácter “indisoluble” de España es una concepción metafísica, fue una exigencia de la monarquía y de las Fuerzas Armadas. Se redujo la democracia a un conjunto de procedimientos de representatividad oligárquica. No se planteó en ningún momento la dimensión social y económica de la democracia. Y no hubo reconocimiento de la República de 1931, ni de la lucha y masacre del pueblo republicano ni de la lucha antifranquista.

En parte no fue una farsa, pues se construyó un modelo de Estado mediante la Constitución de 1978 que restablecía los principios básicos de la democracia liberal, promovía los derechos individuales y la igualdad político-jurídica de los ciudadanos y ciudadanas, reconocía las nacionalidades históricas y dejaba abierta la posibilidad de transformaciones sociales y económicas. Era una base de partida pero que no solo no se desarrolló sino que hubo diversas fases regresivas ya en los inicios de los años 80 y se acentuó más con los gobiernos del PP de los años 90 y de lo que va de este siglo.

La invención de un contra mito fue inicialmente la frustración de la militancia que luchó contra la dictadura y que esperaba grandes cambios políticos y sociales. Pero fue sobretodo a emergencia de nuevas generaciones que se desarrollaron a partir de la transición o más tarde. Lo positivo se daba como banal, era considerado como natural. Pero la indignación, expresada en el 15 M, era resultado de una realidad que aparecía como escandalosa, la corrupción, no se sentían representados por el sistema de partidos, los privilegios de unas minorías ostentosas, la desocupación, la formación adquirida pero no válida para entrar en el mercado de trabajo, el sentirse sin futuro a diferencia de las generaciones anteriores, la crisis económica y la complicidad de la clase política con los poderes fácticos. Se construyó el mito negativo de la transición como continuismo de la dictadura, naturaleza represiva del Estado, negación total de la democracia, opresión del pueblo, rechazo de las instituciones. En vez de descubrir las contradicciones de las realidades políticas se impuso por parte de la “nueva política” la condena absoluta de una realidad negra, cuando era gris11. El contra mito fue una construcción ideal que oscurecía el mundo real hecho de conflictos, conquistas, regresiones, esperanzas, fracasos y progresos.

La denuncia generalizada de la teórica “clase política” no solo resulta inoperante (¿qué ocurre si se consigue “que se vayan todos”) también puede resultar equivocada e injusta. Se ha demonizado a todos los partidos políticos de la perversa transición. Se acusó a la clase política, incluida no solo la dirigencia socialista, también la comunista, de “traidores”12, de protagonistas de un modelo de Estado y de economía al servicio del “gran capital” y cómplices de los aparatos herederos del estado anterior. Pero para la gran mayoría de la sociedad consideraba que España tenía una democracia joven, no desarrollada, pero similar a los países de la Unión Europea. No consideraban continuismo franquista, pero si que estas mayorías tenían esperanzas que fueron sustituidas con el paso de lo años, y acentuada por la crisis de inicios de nuestro siglo, por malestar, indignación social y rechazo de la clase política. El contra mito arraigó especialmente entre las generaciones posteriores a la transición. Fue un punto de apoyo para promover “la nueva política”.

Un nuevo horizonte político

Este periódo de inmovilismo del sistema político aparentemente estable va a resquebrajarse. Quizás no en los próximos meses pues el PP tiene casi asegurado mantenerse al frente del gobierno español. Pero será un gobierno inestable y con muchas posibilidades de no terminar la legislatura. Emergen nuevos actores políticos cuyo primer indicio fueron los “indignados” que ocuparon las plazas a partir del 15 de mayo de 2011. Supusieron la polítización de nuevas generaciones, las nacidas con la transición y la consolidación de una democracia incompleta pero un prodigio respecto al pasado. Estas generaciones jóvenes desconocían esta pasado, lo conseguido les era natural y debido. Y en cambio no se han sentido representados en el presente y han tomado conciencia que su futuro no sería mejor que el presente de sus padres.

Otros actores han pasado a primer plano, los nacionalismos periféricos que se radicalizaron como el independentismo catalán que representa ya a la mitad de la población. A su vez se han reavivado otros movimientos más o menos nacionalistas o nacionalitario como Galicia, o País Valenciano. Por su parte el nacionalismo vasco amenaza también con una consulta respecto a la independencia. La crisis económica iniciada en los años 2007-2008 y las políticas bárbaras de austeridad neoliberal generó fuertes movimientos sociales como “las mareas” de la sanidad y de otros servicios públicos privatizados; la plataforma de los desahuciados que obtuvo un apoyo por parte de la gran mayoría de la ciudadanía; las movilizaciones contra los bancos y entidades financieras; las huelgas de trabajadores contra los despidos, las reformas laborales, la reducción de los salarios. Las resistencias sociales hace aparecer la amenaza represora, política y judicial, cuya expresión más explícita que se hace presente ante todo tipo de protestas, huelgas, campañas. O controles policiales ilegales. La expresión más evidente ha sido la “ley mordaza”13.

En ésta ultima década se han multiplicado los escándalos de las elites privilegiadas precisamente cuando una gran parte de la población se empobrecía, quebraban las pymes (pequeñas y medias empresas), cerraban sus oficinas muchos profesionales y la desocupación de asalariados alcanzaba el 25 % de la población activa. La evasión fiscal, las grandes fortunas de origen desconocido (en muchos casos vinculadas a la corrupción y a la especulación), los salarios y otros emolumentos de directivos de las entidades financieras y grandes empresas podían ser 100 veces más que un trabajador medio. La corrupción alcanzó a la Casa Real y al conjunto del partido gobernante, el PP, y en general ha afectado a las cúpulas económicas como políticas. Los jóvenes percibieron que estaban “fuera de juego”, se consideraban al margen de las instituciones y l.os partidos políticos. No tenían ni confianza y ni esperanza. Y los mayores añoraban aquellos tiempos en que aún se creía en el futuro.. La aparición de nuevos movimientos políticos ha abierto nuevas esperanzas. Pero, por ahora, con escasos resultados.

El movimiento de los “indignados” fue algo más que un momento de efervescencia, fue un proceso acelerado de socialización política de las generaciones nacidas y desarrolladas a partir de los años 90. Han vivido en un marco en que lo bueno ya estaba conquistado y estaba deteriorándose y lo malo crecía y les afectaba especialmente. Aunque no eran los únicos ni mucho menos, otros lo han vivido y lo viven ahora en peores condiciones: los inmigrantes, la gente mayor, los desocupados y que en muchos casos nunca más encontraran ocupación. Pero la generación de los “indignados”, la base social de Podemos y sus confluencias, disponen de unas capacidades de resistencia, movilización y elaboración de alternativas por su formación, apoyo familiar y sin miedos acumulados. Sean procedentes de clases medias o de familias de trabajadores cualificados y en muchos casos con pasados combativos. Pero éstos colectivos adolecen de tres limitaciones. Una, el desconocimiento y con frecuencia el desinterés del pasado. Existe en ellos un cierto sentido adanista, como si la historia empezara con ello, hay una cierta negatividad respecto a las prácticas políticas y sociales como si todo fuera desechable. Una segunda limitación es la heterogeneidad y coherencia de su cultura política. Denuncian los efectos de la vida política y económica, se escandalizan de los privilegios y de las exclusiones, pero no solo poseen bases comunes interpretativas (como lo fueron el liberalismo o el marxismo), también desconocen los mecanismos de la política, de los partidos y de las instituciones. Y para reformar, pues nadie se plantea algo parecido a una revolución clásica, hay que incidir en los sistemas políticos y económicos existentes. Finalmente, otra tercera limitación, es su experiencia organizativa es propia de los movimientos sociales emergentes, en muchos casos minoritarios y discontinuos. Se funciona por asambleas y por portavoces, lo cual corresponde a los nuevos movimientos sociales pero no a las organizaciones de masas (sindicales, cívicas o profesionales), tampoco los partidos y desconocen aún más el funcionamiento de las instituciones, los pactos, el uso del marco político-jurídico y financiero, el uso de las elecciones y , sobretodo, de las reelecciones, etc. No se trata de una crítica sino que hay que dejar que estos movimientos deben madurar, estructurarse para la política a gran escala, no fabricar prototipos que no se generalizan.

La novedad es el liderazgo y la iniciativa ha correspondido principalmente a los “jóvenes”, es decir a los de menos de 40 años, o que por lo menos lo parecen o se consideran jóvenes14. Poseen imaginación, lenguaje fresco, iniciativas… pero olvidan las resistencias de la realidad. Una resistencia se da en gran parte de la ciudadanía, de las clases medias y populares. Por razones diversas hay en estas mayorías sociales una preocupación por la seguridad y la estabilidad, temor a grandes cambios y a los conflictos. Hay un poso conservador, miedos lejanos, presentes tranquilos y si es posible futuros ciertos. Las alternativas deben conllevar una cuota de seguridad. Demostrar que la inseguridad, la incertidumbre y el malestar serán crecientes con las actuales políticas y los mismos actores. Los partidos políticos no tenían nada que ofrecer que no fuera más de lo mismo. Por ello surgieron nuevas fuerzas políticas, pero las “viejas” (que por cierto no tienen más que tres o cuatro décadas), están muy presentes en la sociedad y muy implantadas en las instituciones.

III. El laberinto político o en el que todo se mueve y nada cambia… por ahora

La metáfora más evidente del inmovilismo político es la parálisis del Congreso de diputados y el Senado de España. En diciembre pasado hubo elecciones generales. La fragmentación política y la incapacidad de pactar dió lugar a 6 meses sin gobierno. El gobierno del PP en funciones hizo una gestión de mínimos, como corresponde al indolente Rajoy. Nuevas elecciones en junio de este año, 2016. Los mismos partidos con representación parlamentaria y resultados parecidos. Fueron incapaces de designar un jefe de gobierno y un pacto de mínima estabilidad en 6 meses. Ahora parece repetirse la farsa. Si entonces, en el primer semestre de esta año, se constató que no había una mayoría conservadora (PP-Ciudadanos) ni centrista (Ciudadanos-PSOE). Pero sí que había, en teoría, una mayoría de centro-izquierda de PSOE y Podemos, con apoyo o abstención de los nacionalismos periféricos. En este caso el PSOE exigió un voto a ciegas y un gobierno monocolor. Lo cual pareció más un insulto que una propuesta. Ahora se forja una alianza de derechas (PP-Ciudadanos) que no alcanza la mayoría y se puede únicamente elegir un jefe de gobierno y formar gobierno sobre la base de algunas abstenciones. Lo cual promete inoperancia e inestabilidad. La mayoría de centro izquierda continua siendo una posibilidad real, en teoría, pero el PSOE, por lo menos sus dirigentes muy vinculados a las instituciones y poderes económicos, rechazan un gobierno más o menos reformista.

Este inmovilismo es la punta del iceberg. Para más absurdo no se debaten ninguno de los grandes desafíos políticos locales y globales, los graves problemas de los ciudadanos. Como son las complejas opciones económicas, la necesaria reorganización del Estado, el combate contra la corrupción política y económica, la redistribución social que además de ser justicia elemental contribuiría a la reactivación económica. No se propone nada sobre la reforma constitucional. Se prescinde de la cuestión catalana a pesar de que es hoy una cuestión clave y aradiente. No se indican programas de acción inmediata de carácter social que requieren urgencias15. No se polemiza sobre derechos políticos y medidas represivas (la citada ley mordaza por ejemplo). No se elaboran programas de generación de empleo y de sostenibilidad ambiental. No se corrigen con medidas concretas los abusos y los privilegios de la “clase política”. Ni el fraude fiscal y la corrupción sistémica (del PP, de las grandes empresas, de los bancos). Nada de lo que pueda interesar a la ciudadanía. Se discuten liderazgos, se plantean vetos, se discute quien baila con quien y quien llevará los pasos. Pero nada serio, intereses mezquinos de “clase política”. Si hubiera algo importante en el debate político formal se sabría. El ambiente en el escenario público parece del crepúculo de un régimen. Pero por ahora no hay fuerza ni para mantenerlo ni para cambiarlo.

Se discute y se critica el liderazgo del Partido Popular. Rajoy, aún aferrado a la jefatura de gobierno, se caracteriza por su pasividad, su falta de empatía con la ciudadanía y con todo el mundo, su responsabilidad ante la corrupción, su seguidismo a las órdenes de tecnócratas neoliberales de los organismos internacionales y de los bancos y grandes empresas. Pero si el PP quiere gobernar ¿a caso no tiene candidatos más aceptables para otros partidos y para la opinión pública? La única explicación inteligible es que se trata de protegerlo pues si deja el cargo puede acabar en la cárcel y con él muchos otros de la cúpula del partido. Rajoy propone un pacto “constitucionalista” (conservador a ultranza) formado por PP, Ciudadanos y PSOE. Aunque poderes económicos y mediáticos (como EL País) tuvieron esta ocurrencia su resultado solo podía ser absurdo. Sería un suicidio para el PSOE y quizás también para Ciudadanos y no salvaría al PP. Podemos y sus aliados capitalizarían la oposición social, democrática y nacionalista. El bloque conservador, con PSOE incluído, estaría en un encierro como el de los aristócratas con Luis XVI y Maria Antonieta en Versalles mientras el pueblo clamaba por la República. Lo cual los llevó en volandas a la guillotina. Acá no llegaria la sangre al río. Simplemente el bloque conservador se disolvería como azúcar en el café. Pero las presiones, los miedos y el cortoplacismo puede tentar actuar como falso bloque en el que todos cojos y se apoyan los unos a los otros en su intransigencia. No es descartable un pacto de gobierno derechista (con PP y C’s) y un apoyo vergonzante del PSOE con la abstención16. Pero hay cuestiones críticas que exigen díalogos entre fuezas opuestas. La cuestión social, la regeneración política y la reorganización del Estado con criterios plurinacionales. Especialmente el “problema catalán”. Es un factor muy tensionante que no se puede soportar indefinidamente y requiere negociación política a corto plazo. El bloque inmovilista se resquebrajará como ocurrió en la transición, entre continuistas y reformistas. El PSOE se mantiene distanciado del bloque conservador y también de las izquierdas y los nacionalismos democráticos. Pero con dudas parece más predispuesto a un viraje a la derecha. Por ahora no hay indicios que haga el viraje hacia la izquierda. A pesar de gran parte de sus bases militantes y electorales17.

La imposible troika conservadora carece de proyecto político. Ni juntos ni separados. Las cúpulas políticas y sus sicarios, con algunas excepciones, se caracterizan por la falta de discurso aunque solo fuera retórico18. Tienen en común su impotencia para gestionar la crisis, o gestionarla a favor de la minoría privilegiada. Nos ofrecen volver a las malas aguas del pasado19 y ni éso quieren, están provocando una enorme regresión social, cultural y política. No disimulan su descaro al expresar su sumisión y complicidad activa con las elites privilegiadas. Su discurso “democrático” está pervertido por su arrogancia, corrupción, y menosprecio a la ciudadanía. Y por su ignorancia e indiferencia ante la cultura. No son capaces, con pocas excepciones, ni tan solo pronunciar algunas frases si no es leyendo lo que otros les escriben. ¿Conocen algún dirigente político de estos partidos que hagan alguna cita histórica, un pensamiento de un filósofo o un poeta, una propuesta innovadora, un discurso ilusionante? ¿Pueden decirnos algo que sea un poco digno de un mínimo interés? PP, Ciudadanos y en parte el PSOE se refugian en el “españolismo rancio”. Exaltan los toros y otras barbaridades como elementos identitarios; se enorgullecen de su pasado y de haber destruido la cultura musulmana. No rechazan el histórico antisemitismo. Atribuyen la “nación española” como una realidad de más de 2000 años. No reconocen la realidad plurinacional y no soportan la existencia de un pueblo catalán o vasco. ¿Una casta, como les denominó Podemos? Puede ser, quizá más bien un conjunto de tribus primarias, de ideas simples, ansía de poder y de privilegios y sin otro futuro que la voluntad de mantenerse en las cúpulas de los aparatos del Estado20.

El laberinto español actual, en su expresión más visible, es el no reconocimiento de la plurinacionalidad de la “entidad España” por parte de la mayoría de las cúpulas políticas del Estado central. Hay que destacar como excepción el valor que ha tenido Podemos para asumir esta realidad. No es posible consolidar y desarrollar un Estado democrático español sin este reconocimiento, que incluye el derecho de autodeterminación. Todos los indicios, estudios y sondeos, nos dicen que un gobierno español, si reconociera esta plurinacionalidad y sus especificidades, las actuales nacionalidades (País Vasco, Catalunya y Galicia) aceptarían mantenerse muy probablemente en el marco político español. Y podríamos empezar a salir del laberinto. Pero la obcecación españolista generadora del tenso inmovilismo se debe a un sentido profundo e interesado de clase política y administrativa de los aparatos centrales y centralizadores. Se consideraran legítimos propietarios del Estado español, no soportan la diferencia, ni la distribución del poder, ni la diversidad cultural. Mientras no exista un cambio de ideas, sentimientos e intereses, como hubo modestamente en la República de 1931 y como representa hoy Podemos e Izquierda Unida (no sin reticencias), no podrá consolidarse una democracia en España. Si no hay la aceptación de la plurinacionalidad y la autodeterminación en un plazo no muy lejano la separación de catalanes y vascos será inevitable21.

Pero el laberinto tiene aún otras dimensiones. La transición frustrada requiere una segunda transición. Las últimas décadas, en parte desde los años 80 y 90 y de forma más acentuada en los últimos años han sido de “desdemocratización”. La regeneración democrática exige no solo reconstruir los vestigios políticos y culturales del franquismo, también confrontarse con la oligarquización de la política, la corrupción y la incompetencia de las elites políticas y el abismo que separa las instituciones con la ciudadanía. La democracia no se reduce a los derechos formales y de representación política puesto que las desigualdades sociales, económicas, culturales por una parte y la colusión entre las instituciones representativas y los poderes fácticos, especialmente los económicos, pervierten los marcos político-jurídicos. Más aún en el caso de España que por una parte el lastre del pasado en cuánto a desigualdad, miedos acumulados y oligarquización de la política desde los inicios de la transición (excepto en el ámbito local). A lo que se han añadido las dinámicas centralizadoras y la hegemonía de las políticas neoliberales que han generado nuevas desigualdades y exclusiones. España y también las nacionalidades exigen una redemocratización.

La redemocratización supone replantear el marco jurídico-político con aspectos herederos de la dictadura y otros pervertidos por el mal uso de la Constitución22. La participación política no esta reducida a las elecciones. Existe una crítica de la ciudadanía activa respecto al sistema electoral y la falta o inoperancia de otros instrumentos de participación, de control y de gestión cívica. El sistema electoral está hecho para favorecer el voto conservador de las circunscripciones de poblaciones envejecidas, territorios mucho menos pobladas y sin grandes ciudades. Se favorece el bipartidismo y de facto se excluye a los partidos menores y a los de nueva creación. Las otras formas de participación son proscritas o inoperantes como las consultas o referéndums, la revocación de los electos, el rendimiento de cuentas, el acceso universal a la información y la comunicación, la gestión social o cívica de equipamientos y servicios, la participación de los actores implicados en la elaboración de normas y programas y por descontado las iniciativas legislativas populares23.

Hay otra dimensión de la democracia, la social, o si prefieren, la reducción de las desigualdades. La Constitución establece un artículo, inspirado por la Constitución italiana, sobre la obligación de los gobiernos de actuar para superar los obstáculos legales, sociales y económicos, para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanas y reducir o suprimir las desigualdades y las exclusiones. También establece la función social de la propiedad. Pero el desarrollo legislativo y las políticas económico-sociales de los gobiernos españoles han sido contrarias a la igualdad de derechos: privatizaciones de servicios públicos, reformas laborales contrarias a los trabajadores, excluir a colectivos enteros de derechos políticos y sociales o dejarlos desprotegidos, privilegiar los intereses de los bancos y de las grandes empresas de servicios en perjuicio de la población de bajos ingresos, facilitar los despidos masivos de trabajadores, considerar la vivienda como mercancía y tolerar o ser cómplices el auge de la especulación urbana, etc. No hay democracia política sin democracia económico-social, no hay libertades sin igualdades, o por lo menos sin privilegios ni grandes diferencias de ingresos y de acceso a los bienes y servicios materiales y culturales. El conservadurismo se aferra al Estado de Derecho y momifica el marco político-jurídico, Como es sabido en muchos casos “el derecho primero libera y luego oprime”. En estos casos la legítima democracia dinámica choca con el marco legal estático.

El inmovilismo político se debe a la apropiación de las instituciones democráticas por parte de los partidos políticos separados de la sociedad y cómplices de las elites socio-económicas, incluidas la Casa Real, el conjunto del sistema financiero y los poderes mediáticos. No podemos salir del laberinto mientras el mal llamado “bloque constitucionalista” está bloqueado no por representar intereses y valores contrapuestos. Se disputan por ocupar las instituciones y aparatos del Estado. Para ello necesitan apoyo electoral. Aspiran simplemente mantenerse en las instituciones lo mejor posible, es decir vivir de los presupuestos del Estado El PP representa el conservadorismo a ultranza y seguridad de que todo seguirá igual. Ciudadanos intentan aportar seguridad como el PP y buscan apoyarlo ahora para debilitarlo luego y como son nuevos en la plaza se les supone manos limpias y algunas ideas novedosas, lo cual está por ver. Podrían haber sido también una fuerza de cambio, han optado por compartir la poltrona con el PP. El PSOE promete algo de sensibilidad social y caras nuevas. Esperan, por ahora en vano, que pueden representar un cambio de imagen para que nada estructural cambie. Sin embargo tanto el PSOE como el PP y en menor grado C’s tienen una cuota electoral de las clases populares y que necesitan cambios reales. El PSOE puede recuperar el apoyo social y electoral de estos sectores pero no imitando a la derecha como ha hecho hasta ahora sino con propuestas dirigidas a ellos, a los excluidos de la política y de la distribución económica y cultural. En vez de competir PSOE y Podemos para ver “quien mata a quien” deberían construir un bloque alternativo, desde posiciones e identidades distintas, que abriera esperanzas del laberinto inmovilizador políticamente y regresivo socialmente.

Por ahora todos, los tres, el autodenominado bloque constitucionalista, quieren todos lo mismo, o casi, pero todos no caben en palacio. Se bloquean los unos a los otros. Hay ebullición pero todo lo que es política sólida se disuelve en el aire. Parece que todo se mueve pero nada avanza. Todos prometen cambio para que nada cambie. Solo ha emergido una fuerza política que si que ha planteado una alternativa, ha movido el tablero y ha generado esperanzas: Podemos y sus confluencias. Pero es más un proyecto que una realidad. Es un bloque de izquierdas en proceso de construcción. El electorado así lo ha percibido. La heterogeneidad de dirigentes, cuadros (o que quisieran serlo), militantes bisoños o procedentes de organizaciones o culturas muy diversas pueden cansar a los que se han incorporado más o menos activamente (si han encontrardo como hacerlo) y a los electores esperanzados e impacientes que se desmoralizaran si no hay éxitos pronto o no perciban su fuerza y su coherencia. Su virtud es la frescura, no son como los otros, los de siempre. Los líderes de Podemos tienen urgencia de ganar elecciones y gobernar pero la precipitación les hace cometer errores. Su oportunidad aún no ha llegado. Necesitan tiempo para consolidarse y precisan llegar a acuerdos con los socialistas que a su vez deberán recuperar su cultura reformadora, distanciarse de la inmoralidad del dinero24 y arraigarse en el tejido social popular en vez de fomentar el clientelismo.

Para salir del laberinto hay que dar una salida al problema catalán. La propaganda de “españolismo rancio” que practican los tres partidos “constitucionalistas” limitan el desarrollo de Podemos en sectores populares y medios de gran parte de España. Muchos españoles se consideran menospreciados por los independentistas, pero el contencioso no es con los pueblos de España sino con el Estado central. El dilema de Podemos es que si se distancian del “derecho a decidir” o autodeterminación, si no defienden la consulta catalana pierden un electorado fundamental para aspirar a ganar unas futuras elecciones. Los socialistas ya han sufrido esta experiencia: las izquierdas no ganan en España si no ganan en Catalunya. El PSOE debiera escuchar algunas voces de socialistas catalanes que defienden la consulta. Lo cual no solo facilitaría acuerdo entre socialistas y podemitas. También podrían hacerse acuerdos con los nacionalistas catalanes y vascos. No es algo que pueda resolverse a corto plazo. Pero la lógica política y las ganas de gobernar a la larga deben imponerse. El nacionalismo catalán es hoy por hoy la única utopia disponible y movilizadora (según Marina Subirats), pero su heterogeneidad y su dificultad de ir más allá por ahora de la expresividad limitan mucho su capacidad de generar un espacio político que fuerce el conflicto y la negociación.

En conclusión a corto plazo lo más probable es que nos mantengamos en el laberinto sin salir de él. Un gobierno del PP con el apoyo del PSOE y/o Ciudadanos será tan inestable como las hojas en otoño, o caen del árbol o se las lleva el viento. Más pronto que tarde unos u otros procurarán acuchillar a los otros. La lógica teórica o la alternativa (por ahora utópica) se formará una oposición de facto del resto (Podemos, nacionalistas y, esperemos, el PSOE). El PP conseguirá gobernar unos años, aunque es dudoso que cumpla los cuatro años de rigor. Por entonces es posible que se hayan desbloqueado algunas relaciones entre fuerzas políticas con vocación democratizadora y pueda aparecer una alternativa real. Pero mejor no explayarse haciendo previsiones. En cuestiones políticas y sociales anunciar futuribles es la mejor manera de equivocarse. La segunda transición está pendiente.

Reseña biográfica

Jordi Borja (Barcelona, 1941) es geógrafo urbanista. Formado en Barcelona y en Paris (1962-1968).
Estudios de Derecho en Barcelona (1958-1962) y en Paris, licenciado en Sociología, Postgrado en Geografía Humana, Master en Urbanismo y curso de doctorado. (1962-1968). Doctor en Geografía Urbana por la Universidad de Barcelona.

Ex militante y luego dirigente del PSUC y del PCE. Dejó la militancia partidaria a finales de los años 80 por la progresiva disolución del PCE y del PSUC (fueron substituidos por Izquierda Unida e Iniciativa por Catalunya). En los años 70 fue responsable de Políticas municipales y movimientos populares en el PSUC y PCE. Miembro del gobierno de Barcelona (1983-95) y diputado del Parlament de Catalunya (1980-84). Actualmente participa en la confluencia En Comù-Iniciativa/Esquerra Unida-Podem en Catalunya.

Profesor emérito de la Universitat Oberta de Catalunya. Anteriormente fue profesor en la Universitat de Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona, Universitat Politècnica de Catalunya y también del Institut Français d’Urbanisme (Paris), Lisboa, Roma, Universidades de México, Brasil, Buenos Aires, Santiago de Chile, Flacso (Quito), Pratt Institut y NYU (New York), etc.
Presidente del Observatorio de Derechos económicos, sociales y culturales (DESC)
Ha trabajado en Barcelona y ciudades españolas como profesional y en Francia, América latina y en las organizaciones internacionales (Naciones Unidas, Unión europea y organizaciones de ciudades).

Libros recientes
“Ciudades para cambiar la vida” (eds con Fernando Carrión y Marcelo Corti, coautor, 2016).
“Revolución urbana y derechos ciudadanos (2013),
“Cartes de lluny i de prop” (2013)
“Ciudades, una ecuación imposible” (eds con Mireia Belil y Marcelo Corti, 2012)
y “Luces y sombras del urbanismo de Barcelona” (2010).

Y entre los libros anteriores destacan “Espacio público, ciudad y ciudadanía” (2005), con la colaboración de Zaida Muxí); “La ciudad conquistada” (2003, 2005, 2010, 2016); El urbanismo de las grandes ciudades españolas (2002), eds con Zaida Muxí); “La ciudadanía europea (2001) en colaboración con Valerie Peugeot; “Local y global” (1997) y “Las grandes ciudades en la década de los noventa (1990) con Manuel Castells; “Estado y ciudad” (1988) y “Descentralización política y participación ciudadana” (1987).

Los textos políticos se han publicado en libros colectivos o en revistas y periódicos como L’Avenç, Nous Horitzons, La Maleta, Viejo Topo, La Vanguardia, El País, Público, Eldiario.es, Treball, etc.

Notas

1 René Char (1907-1988), uno de los grandes poetas y destacado combatiente contra la ocupación alemana (fue jefe de grupo en el “maquis”). Dos libros suyos fueron escritos durante la Resistencia, Seuls demeurent y Feuillets d’Hypnos. Inicialmente participó en la fundación del surrealismo, con Aragon y Eluard (posteriormente comunistas) y Breton (próximo al troskismo). Char, republicano y de izquierdas, después de la guerra se manifestó contrario al comunismo stalinista.

2 Recuerdo en Paris los años 60 como al llegar a las Navidades exiliados e incluso dirigentes comunistas o anarquistas brindaban “el año que viene todos a Madrid” o a su pueblo. Retenía mi escepticismo. Es el fondo metafísico del pensamiento revolucionario. Como diría Marx “la religión es el opio del pueblo” pero también “el suspiro del oprimido”, es la esperanza.

3 El asesinato de los 7 miembros del principal colectivo de abogados laboralistas, vinculados a Comisiones Obreras ( CC.OO) enero 1977) generó un enorme impacto electoral en todo el país. Los asesinos eran de una red de extrema derecha vinculada abiertamente con los sectores más inmovilistas de los aparatos del Estado, políticos y militares. CC.OO y el PCE tuvieron la inteligencia de organizar una extraordinaria manifestación que ocupó todo el centro de Madrid, sin gritos ni pancartas, con un servicio de orden disciplinado, en un impresionante silencio, sin ningún atisbo de violencia. Una demostración de fuerza pero también una voluntad de declarar una transición pacífica, de facto pactada.

4 El PCE tuvo que pagar un duro peaje simbólico: aceptar la monarquía, la bandera y el himno que fueron del franquismo y de la España negra. La legalización fue una decisión audaz por parte de Súarez mientras que el PSOE presionaba a Carrillo para que asumieran la no legalización y que constituyeran una asociación más amplia y sin referencias al PCE. Carrillo se opuso, el PCE fue la columna vertebral de la resistencia a la dictadura y había demostrado su vocación democrática. El gobierno reconoció legalización del partido in extremis, a punto de celebrarse las primeras elecciones (1977), a cambio del peaje citado. Al líder del PCE le pusieron solo 24 horas de plazo para legalizarlo o no.

5 La LOAPA fue recortada en su casi totalidad por el Tribunal Constitucional (TC) pero el abuso de la legislación “básica”, las sentencias del TC debidamente modificado y la resistencia a transferir competencias y recursos, recortaron el desarrollo autonómico.

6 Los gobiernos del PSOE realizaron avances respecto a los derechos individuales y sociales (educación y sanidad), pero no respecto a los derechos laborales (UGT y CCOO promovieron importantes huelgas), la memoria histórica y el progreso de las autonomías y de las nacionalidades.

7 Ya nos hemos referido al PCE. El PSOE se colocó en una posición centrista y con vocación de gobernar ya. Aceptó la democracia limitada, el discurso de Felipe González de su campaña electoral que le llevó a la jefatura del gobierno (1982) sintetizó su programa “que España funcione”. Un año y medio antes hubo el fallido golpe de Estado asustó a gran parte de la clase política y de la sociedad. El proceso democratizador avanzó en algunos aspectos de carácter social pero no políticos ni económicos. De facto se aplicó algo parecido a los dos demonios de Argentina (guerrillas revolucionarias y masacres militares). En España se silenciaron las víctimas republicanas y posteriormente los militantes resistentes y se pasó página de las aberraciones de la dictadura y de sus cómplices (militares y policias, Iglesia, corporaciones, etc).

8 El diario “El País” se hizo portavoz de la transición y de su mitificación. Contribuyó a difundir el mito y a legitimar el largo proceso regresivo en los últimos 20 años. Ver “La desfachatez intelectual” de Ignacio Sánchez-Cuenca, Libros de la Catarata, 2016.

9 Un caso curioso, derivado de la tentativa del golpe de Estado de 1981, es el silencio respecto a la política de las cúpulas militares. La represión la promueven los gobiernos y las legitima la Judicatura, como la “ley mordaza” y tantas otras felonías. Los golpistas militares quedaron fuera de juego después del 81 o están silenciados. Formalmente los jefes militares se declaran profesionales y la mayoría constitucionalistas.

10 Etienne Balibar, Ciudadanía, Ed.A.Hidalgo, 2013 y La proposition de l’égaliberté, 2010

11 Un ejemplo sobre la naturaleza ambivalente de las instituciones son los gobiernos locales y autonómicos. En muchos casos, especialmente en el ámbito local, se han desarrollado numerosas experiencias políticas de carácter social, ambiental, cultural, urbanístico, de regeneración económica, de participación ciudadana, etc. Precisamente los colectivos jóvenes han podido experimentar las posibilidades de conquistar los gobiernos locales e implementar políticas innovadoras.

12 Véase por ejemplo el libro-diálogo (Icaria, 2013) entre dos personajes serios, y que no son ni izquierdistas sin experiencia política ni jóvenes radicales como Julio Anguita y J.C.Monedero, el primero exsecretario general del PCE y el segundo fundador de Podemos y uno de sus principales líderes los primeros años. JCM empieza el libro acusando al PSOE y al PCE de “traidores” e insiste hasta que Anguita acepta este calificativo.

13 Ley promovida por el ministro del Interior que evitaba las sanciones por vía administrativa sin intervención de la Judicatura. Las multas exorbitantes simplemente por haber firmado una declaración política y una convocatoria de una concentración o manifestación podían dejar endeudado al firmante por muchos años. El ministro del Interior ha utilizado a jueces o policias como cómplices de “guerra sucia” contra sus adversarios políticos o activistas o intelectuales críticos.

14 Esta “joven” generación política ha mitificado la “nueva política” y rompe con la “vieja política. Hay algo de cierto si nos referimos a los partidos políticos encerrados en las cárceles de cristal que son los parlamentos y otras instituciones tan o más opacas e inaccesibles. La frescura del lenguaje y la cultura asambleistita es propio de los movimientos sociales. Pero cuando se plantean intervenir en otras dimensiones de la política y entonces deben ampliar mucho su cultura política y organizativa. Nos referimos a las organizaciones de masas (como sindicatos, gremios, asociaciones ciudadanas, etc) que se deben a sus miembros; a los partidos políticos que se presentan a las elecciones y deben convencer a sectores diversos y a veces con intereses o ideologías bastante distintos de los militantes; y el funcionamiento de las instituciones que oponen resistencias burocráticas y de otras fuerzas políticas a modificar los comportamientos inerciales y poco transparentes. Sobretodo, se requieren pactos para tomar decisiones, aprobar normas o impulsar iniciativas. Hay que asumir también las limitaciones que imponen los marcos legales y financieros, la opinión pública, las presiones de colectivos sociales o gremiales, etc.

15 Ciudadanos propone en el Pacto con el PP un plus a los salarios más bajos. Es un plus a los empresarios pues les permite imponer recortes a los salarios.

16 Como escribió Borges “no nos une el amor sino el espanto” (del libro Fervor de Buenos Aires)

17 Recientemente, a finales de agosto, varios centenares de intelectuales, artistas, políticos, sindicalistas, profesionales, etc han promovido un Manifiesto “Por un Gobierno de Progreso. Por un acuerdo de PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos”. Este manifiesto ha sido apoyado por periódico El País. No parece probable pues Ciudadanos y Unidos Podemos son incompatibles. Para Unidos-Podemos sería un probable suicidio y en todo caso sería un gobierno muy inestable. Pero como dijo el lider conservador Fraga Iribarne “la política hace posible extraños compañeros de cama”.

18 Recuerda a Nanni Moretti cuando en la película “Abril” ve a d’Alema líder del exPCI (Partido democrático de la izquierda) en la televisión y explota: “di alguna cosa de izquierda, por favor, di algunas palabras de izquierda, dílo… di algo, alguna cosa, lo que sea…”.

19 “Si aquellas aguas trajeron estos lodos volver a las mismas aguas nos traerán los mismos lodos”, otro sentencia de Juan de Mairena y su creador, el ya citado Antonio Machado.

20 Los tres partidos que se autodefinen como “constitucionalistas”, es decir inmovilistas, identifican Estado con “nación” que es demos, pueblo, comunidad que se reconoce a sí misma. Pero si bien las cúpulas politicas en su mayoría no pasarían un test de cultura básica han encontrado un conjunto de “intelectuales” cuyos discursos políticos son propios de esbirros venales. Ver el muy interesante libro “La desfachatez intelectual” de Ignacio Sánchez Cuenca (2016), una crítica feroz y argumentada de los “pensadores orgánicos” del periódico El País y sus entornos.

21 Como dijo un independentista de origen no catalán, el periodista y ahora político, Antonio Baños, dijo con humor, algo así como “es lógico que los catalanes quieren salir de España, en realidad todos los españoles deberían hacer lo mismo”.

22 La Constitución declara que España es indisoluble y atribuye su garantía a las Fuerzas armadas. Lo primero, la indisolubilidad, es una majadería metafísica. Supeditar el posible derecho de autodeterminación de una nacionalidad a una intervención militar es legitimar el golpismo.

23 En España existe la figura de ILP (iniciativa legislativa popular) pero es inoperante. No solo se precisan un número muy alto de ciudadanos sino que una vez llega a la Mesa del Congreso de diputados ésta puede aceptarla y tramitarla o no. Así ocurrió con la ILP de protección a los afectados por los desahucios de su vivienda familiar que recogía la legislación europea. El gobierno del PP acordó que elaboraría una ley que asumiría los contenidos de la ILP y los ampliaría. Resultado negativo, se hizo una normativa que dejaba sin protección al 90% de los afectados.

24 En un encuentro en Catalunya de Varoufakis con dirigentes de la confluencia Iniciativa/Ezquerra Unida, Podemos, y En Comú, se mostró muy escéptico respecto a los actuales dirigentes socialistas. Lo sintetizó con una frase: “están acostumbrados a ir a comer con los financieros y los burócratas de alto nivel”.

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