Transiciones, ilusiones, frustraciones y esperanzas

I.De la resistencia a la transición, entre la realidad y la ilusión, entre el miedo y la esperanza.

La resistencia es tener esperanza” escribió René Char1. En España hubo siempre resistencia, a pesar de la derrota militar y la masacre represora iniciada con la guerra. El terror represor se aplicó desde los primeros días de la guerra, simplemente la “no adhesión” al alzamiento” era suficiente para matar con o sin juicio.2 La década de los 40 y 50 fueron años no solo de postguerra y de miseria, también de terror, se forjó un Estado totalitario que implantó los fusilamientos, las largas condenas de cárcel y las torturas ante los atisbos de propaganda contraria al régimen político, cualquier acto de oposición o de apoyo a los resistentes o cualquier intento de conflicto social, eran suficientes para ser detenidos y condenados. El miedo colectivo y el refugio en la privacidad fue la principal característica de la sociedad española. Y sin embargo hubo resistencia, armada incluso en los años 40, o social e intelectual en los 50. Los comunistas obviamente, también anarquistas, sindicalistas, núcleos católicos y nacionalistas, incluso disidentes de la dictadura. Pero fueron minorías activas con difícil arraigo en la sociedad y con apoyos precarios. Una parte importante de la población media y amplios sectores populares no eran favorables, incluso muy contrarios a la dictadura estaban paralizados por el autoritarismo represor. El temor al Estado, al gobierno y a los militares, se implantó en los genes de los españoles. En los años 60 y 70 el totalitarismo se resquebrajó, perdió el rígido control sobre una sociedad cambiante, pero quedó latente la marca del terror, de la guerra civil y de la violencia política.

Las minorías activas antifranquistas y de izquierdas imaginaron sin embargo un derrumbe de la dictadura, una insurrección popular pacífica y una promesa democrática ideal. Una democracia como antesala de transformación social, un avance hacia el socialismo. La resistencia civil confrontada a la dureza del franquismo generaba esperanzas consoladoras, algo parecido a los exiliados que cada año brindaban por el próximo regreso a una España democrática.3 La realidad era más compleja. Ciertamente a partir de los años 60 la sociedad se fue quitando la losa fascistoide y del nacional catolicismo de las dos primeras décadas de la postguerra. Se abrieron brechas en la cotidianidad, en las culturas identitarias, en la vida universitaria y en la intelectualidad, con muchas limitaciones en la producción de libros y publicaciones en las asociaciones ciudadanas y barriales, en la Iglesia de base… y especialmente en las fábricas, en las minas, incluso en el campo se fue forjando un importante movimiento sindical, muy lentamente en los 50 en el marco oficial y luego en los 60 y más rápidamente luego y con plena autonomía con las Comisiones Obreras. La sociedad iba creando espacios de libertad pero el Estado dictatorial mantenía su gran capacidad represora y controlaba las cúpulas y principales mandos de los aparatos politicos o parapolíticos como el conjunto de las Administraciones públicas, la Judicatura, las Fuerzas Armadas y los cuerpos policiales, la Iglesia, los grandes medios de comunicación, las elites empresariales, etc. La relación de fuerzas no hacía posible un cambio político radical, de la dictadura a la democracia, la vuelta de la tortilla no iba a ser fácil ni del todo. La sociedad empezaba a expresarse y este potencial movilizador se fue desarrollando en la década de los 70. Pero la fuerza del Estado mantenía su fuerza coactiva que no toleraba que se cuestionara el sistema político derivado de la guerra civil.

Esta era la realidad. La sociedad no podía demoler el Estado vigente pero tampoco éste podía regular la sociedad. Se enfrentaban un modelo de Estado inmobilista y sin otra legitimación que la fuerza del miedo y la represión contra las fuerzas resistentes, crecientes pero minoritarias y portadoras de una utopía democrática y social. La sociedad en gran parte era el “público”, aspiraba a una democracia tranquila, sin pagar costes. Las mayorías sociales tenían arraigado el genes del miedo y de la violencia, se sentían ajenos o impotentes ante la “política”, tendían al “consenso pasivo” gramsciano, con aspiraciones más liberales que republicanas, muy europeístas y muy poco o nada revolucionarias. La esperanza democrática iba arraigando en la sociedad española aunque mezclada de miedos ante la hipotética violencia, el vacío político una vez muerto el dictador, las (dudosas) iniciativas revolucionarias. Hay que tener en cuenta que las izquierdas resistentes estaban hegemonizadas por los comunistas que representaban no solo su horizonte futuro revolucionario también eran identificados con el otro bando de la guerra civil. Los comunistas no eran suficientemente fuertes para liderar un antifranquismo mayoritario pero eran suficientemente fuertes como para generar temor en las mayorías pasivas e incluso el antifranquismo moderado, incluida la cúpula socialista.

II. Esperanza, frustración y los mitos de la transición

La esperanza democrática se concretó o pareció posible a la muerte del dictador. Una esperanza que conllevaba temores más o menos explícitos. Las cúpulas políticas del franquismo no tenían liderazgos fuertes ni cohesión interna pero estaban insertos en todos los aparatos del Estado. Los sectores empresariales necesitaban integrarse en Europa lo cual precisaba inventar un marco de democracia formal pero eran especialmente sensibles a la conflictividad social y al debilitamiento del “orden establecido”. Las clases medias y populares, especialmente las generaciones que conocieron a guerra o la larga postguerra de los años 40 y 50 tenían arraigado el temor a la violencia y a la represión. La movilización social se multiplicaba muy pacíficamente, conscientes los líderes y cuadros de los partidos antifranquistas y de las organizaciones sociales que se estaba en el filo de la navaja.4 La presión democratizadora era a la larga imbatible pero los aparatos del Estado vigentes solo podían ser desmontados en sus aspectos más visibles si se hacía pacíficamente, si se neutralizaban desde dentro, lo cual exigía pactos más o menos explícitos o tácitos. Y así fue. La ley de reforma política no aceptable por parte del antifranquismo pero fue aprobada por el 90 % de la ciudadanía, mediante referéndum, en unas circunstancias discutibles pues fueron convocadas por el gobierno sin que la oposición, aún no legalizada, pudiera hacerse sentir por la mayoría de la población. Solo los comunistas y la extrema izquierda hicieron campaña en contra. Se inició la transición.

Se abrió la compuerta al proceso democratizador, la Constitución y los avatares del proceso. Al inicio se planteó una fórmula a medias o de democracia muy limitada, con una monarquía heredera de la dictadura, con escasos contenidos sociales, entre partidos que se alternaran por medio de elecciones sin cuestionar las bases políticas pactadas y la economía capitalista y con muchos reparos a reconocer las nacionalidades históricas. ¿La otra alternativa era una democracia con vocación transformadora, republicana, que creara el Estado del bienestar, que concediera el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades, que promoviera una democracia a todos los niveles de la sociedad? Está era la alternativa deseada del antifranquismo activo, resistente y difícilmente renunciables. Pero ni la “reforma” limitada era aceptable por el antifranquismo ni la ruptura deseable era posible por las múltiples resistencias y temores. El resultado lógico fue buscar caminos intermedios. El dilema era un avance democratizador o una regresión autoritaria.5

El primer resultado pactista fueron los Acuedos de la Moncloa, que fue un pacto con partidas de austeridad inmediatas y compromisos a medio plazo en gran parte incumplidos.6 Pero el cambio político institucional fue algo más que un maquilaje de la dictadura, fue un inicio real democratizador, con limitaciones y ambigüedades pero se abría un proceso hacia la democracia. Se legalizaron los partidos, incluido el comunista7, una cuestión clave. Se celebraron elecciones libres y con sufragio universal. Se elaboró y se aprobó una Constitución que tenía un potencial desarrollo democratizador, pero con frenos y posibles marcha atrás.8 Sin embargo la transición se puso en marcha, con más resistencias conservadoras que iniciativas democratizadoras

La transición iniciada, pactada y pacífica, vivió un sobresalto que tuvo consecuencia: el golpe militar fallido de febrero de 1981. Consolidó la Monarquía impuesta y legitimada ante la opinión pública (a pesar de las ambigüedades del Jefe de Estado). El miedo volvió a amplios sectores de la sociedad (si es que se había ido) y de la “clase política”. A ello se añadía la acción terrorista de ETA y la guerra sucia del gobierno. El centro-derecha dialogante se fue disolviendo y Súarez fue eliminado del juego por su propio partido. Emergió la derecha conservadora vinculada a la cúpula de la Iglesia, del Ejército y de la alta administración del Estado y del empresariado duro. Un PSOE asustado pero con vocación de poder vió su oportunidad. A cambio de reinterpretar la transición. La LOAPA estaba destinada a reducir a mínimos las autonomías9. Las políticas neoliberales se expandieron bajo el gobierno de Calvo Sotelo. La derecha en proceso de reconstrucción no tenía posibilidades de ganar las elecciones, el PSOE aparecía como el partido dispuesto para desarrollar y limitar la transición según los intereses de los poderes fácticos.10

El Partido Comunista fue a la vez victorioso y derrotado a la vez. Fue la columna vertebral de la resistencia antifranquista, el partido de los movimientos y organizaciones sociales, el adalid de las políticas unitarias, de la reconciliación nacional, de la defensa de la democracia política, de la convergencia entre las fuerzas del trabajo y de la cultura, del derecho de las nacionalidades y ante todo de la voluntad constructiva y pacífica de un bloque social y política de la gran mayoría para acabar con la dictadura y crear una democracia progresista. En la transición asumió los compromisos y los pactos para hacer posible el inicio demoratizador. Pero fue marginado y su presencia en las instituciones centrales fue mínima, casi simbólica. Ayudó a ello el sistema electoral.11 Solo tuvo acceso a los gobiernos locales y en algunos pocos casos en gobiernos autonómicos. La militancia del PCE y del PSUC, con un fuerte arraigo entre las clases trabajadoras y también en los medios intelectuales y profesionales, quedó frustrada y con frecuencia buscaron chivos expiatorios en el eurocomunismo o en la dirigencia. Ambos partidos fueron atacados desde dentro y desde fuera, a veces directamente, otras veces de forma indirecta, por parte de los socialistas y de la derecha, de los poderes fácticos y los medios de comunicación. Y también por los soviéticos que veían en el “eurocomunismo” (comunismo democrático) un enemigo que deslegitimaba el sistema autoritario de la URSS y que se sentía denunciada por el sometimiento de los pueblos del bloque soviético. La suma de las esperanzas frustradas y el incumplimiento de las expectativas de la militancia, que los mismos dirigentes estimularon para mantener el ánimo, provocaron conflictos internos, rupturas y escisiones. Aparecieron nuevos partidos gropusculares que se autodefinían como comunistas o revolucionarios y acabaron en confundir a los votantes. El electorado en gran parte se inclinó hacia el voto útil del PSOE o se abstuvieron. Su influencia en las décadas 80 y 90 fue escasa excepto en bastantes gobiernos locales, en el sindicalismo de CC.OO. y en algunos sectores intelectuales y profesionales. O en algunos movimientos socio-políticos (barriales, ecológicos, feministas, nacionalistas de la periferia)12.

Los gobiernos del PSOE (1982-1996) hegemonizaron la postransición. Hubiera podido ser la segunda transición o democratizar la incipiente democracia que se había acartonado como una superestructura formal que permitía respirar a la sociedad pero no facilitaba la participación política y la reducción de las desigualdades. Se reconocieron gradualmente derechos individuales y se desarrollaron políticas sociales (educación, sanidad, protección social, estatuto de los trabajadores). Pero se optó por la desindustrialización, las privatizaciones y dejaron las riendas sueltas al sistema financiero. El neoliberalismo impregnó las políticas económicas. La clase política socialista y sus entornos se acostumbraron a frecuentar los poderes fácticos económicos y la alta burocracia. Se censuró la memoria histórica y se substituyó la cultura política de la omnipotencia del Estado represor y del nacional catolicismo por el afán de ganar dinero como fuera y la exaltación del consumo y del individualismo. El PSOE, la izquierda institucional, creó una imagen de democracia conservadora y oligárquica, cómplice o sometida a los poderes fácticos. Asi la fueron viendo amplios sectores populares y de los jóvenes, incluso muchos que votaron al PSOE. Pero se había perdido una gran oportunidad, la segunda transición, la democratización de una democracia iniciada y rápidamente pervertida.13

Los mitos de la transición. Es muy sabido que hubo una mitificación de la transición, una irritante falsificación histórica que se difundió en todo el mundo. El mensaje fue que todo se pactó entre elites políticas del franquismo y de la oposición (en su mayoría que no combatió el franquismo en vida del dictador). Mientras tanto los ciudadanos se limitaron a ser espectadores pasivos. Sin embargo hubo movilizaciones sociales y políticas y centenares de muertos y, sobretodo, un capital democrático extraordinario acumulado a lo largo de muchos años de lucha antifranquista. En años recientes se fue se construyendo el contra mito de la transición que se acentuó con el tiempo, por la degeneración del PSOE y especialmente por los gobiernos del PP. Intelectuales radicales, jóvenes movimentistas y militantes decepcionados denunciaron la transición. Lo consideraron una trampa, un retorno al pasado o si prefieren el continuismo sin Franco, el freno y marcha atrás de la incipiente democracia formal, una farsa. Y la traición de los líderes de las izquierdas.14 Fue una reacción a la mitificación de la transición, el tránsito pacífico, el olvido de las luchas y de las represiones, la democracia reducida a los procedimientos de representación limitada. La “clase política” con muy pocas excepciones, los medios de comunicación y numerosos intelectuales y académicos mitificaron la transición considerada como pacífica, rigurosa, que promovió el desarrollo del país y estableció las libertades deseadas.15 Los protagonistas fueron mitificados a su vez, el Rey principalmente y los líderes políticos. Es la imagen que se dio en el resto del mundo y que acabó de consolidar internamente el mito. 16 El contra mito por su parte se resumió como un acuerdo entre un pequeño grupo de personajes desligados o traidores del “pueblo”. En ésto coincidían con los portadores del mito angelical. Pero se prescindía de la movilización social que fue en aumento en la década de los 70 y que hizo extremadamente difícil intentar mantener el sistema político del franquismo únicamente maquillado. El contra mito fue considerar la transición como casi continuismo del franquismo en la economía, el deficiente trato a los sectores populares y a las nacionalidades, la estrecha vinculación con la cúpula de la Iglesia, el mantenimiento de una Judicatura17 en gran parte procedente de la dictadura, el no reconocimiento de las luchas sociales y democráticas antifranquistas ni las feroces represiones contra los republicanos en la guerra y en la larga postguerra. Lo cual en parte es así pero no todo es así.

Fue un proceso democratizador iniciado, limitado y frustrado. Pero aceptado por la mayoría de la sociedad. Sería falsear la realidad establecer una continuidad con el franquismo, pero si que hay una cultura política muy impregnada de reaccionarismo tradicionalista, franquista y tecnoburocrático. Se construyó una estructura representativa mediante el sufragio universal pero el voto individual no es igualitario, no solamente debido a la legislación electoral, sino que además y es más importante, los ciudadanos individualizados no son iguales unos de otros, los hay “más iguales que otros”, por información, capacidad de utilizar los medios más o menos manipuladores de la publicidad, la comunicación o la financiación de las candidaturas, las vinculaciones entre el poder económico y los partidos políticos, etc.18 La democracia no se limita a las elecciones, hay otros formas complementarias de participar en la política como el rendimiento de cuentas, la iniciativa legislativa popular, la consulta o el referéndum, la gestión cívica, etc. La democratización supone transformar estructuras sociales y económicas lo cual requiere diversas formas de incidir en los procesos políticos por parte de la ciudadanía para que todos tiendan a ser ciudadanos cada vez más “igualibres”19.

III. Mitos y contra mitos a la búsqueda de nuevas utopías por caminos más reales que míticos.

Del mito angelical al mito demonizado

El mito de una transición angelical pretendió que la democracia iniciada fue ejemplar. A pesar de las imposiciones anacrónicas y autoritarias: monarquía, exigencias militares, privilegios eclesiales, impunidad de los facinerosos de la dictadura y de los que abusaron del poder para enriquecerse. Se difundió el mito que la democracia fue alumbrada por el rey acompañado por personajes herederos del sistema anterior y opositores blandos y respetuosos con el orden establecido. A los cuales se añadieron partidos opositores muy poco presentes en el antifranquismo y candidatos a líderes con una audacia para acceder al poder que no tuvieron durante la dictadura, algunos liberales y republicanos y bastantes socialistas la mayoría de nuevo cuño. Este mito arraigó en la sociedad y en la opinión internacional. El PCE fue marginado, se pretendió no legalizarlo, pero su digno pasado resistente, su capacidad de movilización pacífica en la calle y su moderación democrática podía hacerlo más peligroso fuera que dentro del sistema político.

¿Podían hacer algo más las organizaciones de izquierda que combatieron frente a frente a la dictadura? La única fuerza que hubiera podido promover una movilización insurreccional era el PCE-PSUC. En Madrid, Barcelona y en grandes ciudades y zonas industriales y en bastantes pueblos es probable que se hubieran ocupado ayuntamientos y quizás fábricas y universidades. Pero las otras fuerzas políticas, desde los continuistas del franquismo y los reformistas procedentes de la dictadura hasta los socialistas, por activa o por pasiva, lo hubieran considerado una tentativa de “golpe de Estado” comunista y apoyarían la reacción represora, o mirarían para otro lado. Hubiera sido un suicidio político. Las izquierdas militantes, con hegemonía comunista, no eran obviamente suficientemente fuertes para imponer una transición democrática como la que se dio en Francia o Italia en 1945, pero eran lo suficientemente fuertes para dar miedo al bloque “occidental” y a una sociedad más temerosa que rebelde. Las estructuras de la izquierda militante hubieran sido liquidadas o marginadas para bastantes años. La fuerza material del Estado estaba intacta y además actuaría sobre una base de “legitimidad” internacional y nacional. Además no hay que olvidar que en el consciente o inconsciente colectivos estaba presente la vocación represiva de los aparatos del Estado.20

¿La transición fue una farsa? En parte sí, fue el mito angelical de considerar como el triunfo de la democracia cuando solo fue una democracia limitada, más heredera del pasado que constructora del futuro. La monarquía fue impuesta pues un referéndum probablemente hubiera ganado la república (como el mismo Súarez, jefe de gobierno, lo reconoció más tarde)… El carácter “indisoluble” de España es una concepción metafísica, fue una exigencia de la monarquía y de las Fuerzas Armadas. Se redujo la democracia a un conjunto de procedimientos de representatividad oligárquica. No se planteó en ningún momento la dimensión social y económica de la democracia. Y no hubo reconocimiento de la República de 1931, ni de la lucha y masacre del pueblo republicano ni de la lucha antifranquista.

Pero tampoco fue una farsa. Se construyó un modelo de Estado mediante la Constitución de 1978 que restablecía los principios básicos de la democracia liberal, promovía los derechos individuales y la igualdad político-jurídica de los ciudadanos y ciudadanas, reconocía las nacionalidades históricas y dejaba abierta la posibilidad de transformaciones sociales y económicas. Era una base de partida que podía avanzar tanto respecto a los derechos sociales como a los nacionales. Sin embargo hubo más regresiones que progresos, principalmente como reacción a la tentativa de golpe de Estado (1981) y cuando gobernó el PP a partir de mediados de los años 90. A principios de este siglo el gobierno socialista de Zapatero inició una segunda transición que fue frustrada por la crisis económica y la debilidad del PSOE.

La invención de un contra mito fue inicialmente la frustración de la militancia que luchó contra la dictadura y que esperaba grandes cambios políticos y sociales. Pero fue sobretodo la emergencia de nuevas generaciones que se desarrollaron a partir de la transición o más tarde los que asumieron el contra mito, más radicalizado, más ideológico, más primario y más basado en prejuicios que en conocimientos. Lo positivo de la transición y de las políticas públicas sociales y culturales se daba como banal, era considerado como natural. Pero la indignación, expresada en el 15 M y más que justificada, su realidad presente no les ofrecía esperanza, una realidad que aparecía como escandalosa, la corrupción, los enriquecimientos especulativos, la ostentación de la riqueza. Las generaciones jóvenes no se sentían representados por el sistema de partidos, los privilegios de los cargos públicos y sus complicidades con los poderes económicos, la desocupación, la formación adquirida pero no válida para entrar en el mercado de trabajo, el sentirse sin futuro a diferencia de las generaciones anteriores, la crisis económica gestionada con los poderes fácticos. Se construyó el mito negativo de la transición como continuismo de la dictadura, se identificaba el Estado presente con el de la dictadura, se devaluaba hasta la negación total de los elementos propios aunque limitados de la democracia, se confundía la opresión del franquismo con las injusticias reales que sufrían los sectores populares en especial las minorías allegadas de otros países. En resumen: se rechazaban las actuales in instituciones. En vez de descubrir las contradicciones del sistema político-económico se impuso una “nueva política” muy primaria (que luego se ha matizado y se ha conectado con lo positivo de la resistencia antifranquista) que condenaba absolutamente una realidad negra, cuando era gris.21 El contra mito fue una construcción idealizada, más inventada que analizada, más prejuiciosa que rigurosa. El contra mito oscurecía el mundo real el cual está hecho de conflictos, conquistas, regresiones, esperanzas, fracasos y progresos. 22.

La denuncia generalizada de la confusa “clase política” no solo resulta inoperante (¿qué ocurre si se consigue “que se vayan todos”) también puede resultar equivocada e injusta. Se ha demonizado a todos los partidos políticos de la perversa transición. Se acusó a la clase política, incluida no solo la dirigencia socialista, también la comunista, de “traidores”23, de protagonistas de un modelo de Estado y de economía al servicio del “gran capital” y cómplices de los aparatos herederos del estado anterior. Pero para la gran mayoría de la sociedad consideraba que España tenía una democracia joven, no desarrollada, con muchos residuos autoritarios y con una “clase política” poco educada, pero similar a los países de la Unión Europea. Las mayorías sociales no consideraban el sistema político como mero continuismo franquista, aceptaron con relativa paciencia la democracia inmadura y subdesarrollada. Pero con el paso de lo años la pobreza de la vida política y la pésima gestión de crisis económica de inicio de siglo se generalizó el malestar, la indignación social y el rechazo de la clase política. El contra mito renació y arraigó especialmente entre las generaciones posteriores a la transición. Fue un punto de apoyo para promover “la nueva política” y dio lugar a una nueva y modesta utopía movilizadora. Sin embargo faltaba el proyecto político, la estrategia que se confronte con la realidad y la organización que arraigue en la sociedad y en las instituciones.

IV. Inmovilismo político y el posible nuevo horizonte en busca de la política real y una estrategia que acerque a la utopía.

La irrupción de las nuevas fuerzas políticas, Podemos, Mareas, Comunes, Compromís, etcétera han removido al agua estancada de la política institucional española. En este escenario continúan agitándose los partidos políticos gobernantes, que lo son o lo han sido, en especial la troika conservadora, las dos derechas y en la que chapotean los actuales dirigentes socialistas. Puras palabras, nada cambia, prometen pero no cumplen, salen en los medios pero cada vez hay menos ciudadanos se los creen. Aunque solo sea el simple hecho de lanzar piedras en forma de denuncias y propuestas que conectan con la ciudadanía y hacen sentir algo de sensibilidad y convicciones es suficiente para que los instalados en las instituciones manifiesten miedos y rechazos. Por ésto amenazan con leyes mordazas, anuncian catástrofes si llegaran al poder político las nuevas fuerzas políticas y se unen para atrincherarse en los aparatos blindados del Estado. “No les une el amor sino el espanto” parafraseando a Borges. 24

La transición y su contra mito fue una de sus razones de ser. Sin embargo la irrupción de los jóvenes indignados no proceden del antifranquismo, no lo vivieron y lo han conocido poco o nada. Y la transición a penas pueden entenderla. Los hechos son conocidos. Pero las relaciones de fuerza, las amenazas más o menos explícitas o la quietud de gran parte de la sociedad difícilmente son difíciles de adivinar o imaginar. Sin embargo estas generaciones tuvieron y tienen razones para denunciar lo que se hizo o no se hizo en la transición. Lo que se hizo de positivo se lo encontraron hecho, formó parte de su entorno “natural”. Y lo que no se hizo o se quedó a medias ahora pagan los costes de ello. El resultado de la transición no fue el esperado, fue pervertido por la monarquía, las cúpulas politicas gobernantes, la judicatura, la alta administración y en general todos los que de una forma u otra han disfrutado de cuotas de poder y de privilegios.25 En consecuencia la transición no fue lo que pudo ser. No hubo una segunda transición pues si bien se desarrollaron políticas sociales y se promovieron algunos derechos políticos y civiles individuales hubo una interpretación regresiva respecto a las nacionalidades, al control público democrático de la actividad económica y la recuperación de la memoria histórica. La frustración de las generaciones adultas en la transición tuvieron costes y también beneficios, conquistaron derechos pero en parte fueron más formales que otra cosa. Las generaciones posteriores han vivido un presente gris y se les propone un futuro peor que el de sus padres. La transición fue lo que se hizo y como se desarrolló es posible que no fue lo que pudo ser. No tiene sentido ahora pelear por el pasado, ni plantear “otra transición”, ahora hay otra realidad que afecta no solo a las generaciones jóvenes, también al conjunto de la sociedad. Se trata de democratizar la democracia limitada y pervertida.26

¿Una nueva transición, o mejor dicho democratización promovida por las nuevas generaciones? Si, pero no solamente, aunque éstas deben asumir el protagonismo. Hay otros actores en presencia, en muchos casos intergeneracionales. Y ya no se trata solamente de recuperar lo que pareció pero no fue, democratizar a todos los niveles el país y sus instituciones, el reconocimiento de las nacionalidades, la recuperación de la memoria democrática y el acceso real a la democracia para los sectores populares. Es también combatir la economía especulativa, las desigualdades crecientes, la corrupción política, la degradación de los derechos laborales, la progresiva disolución de la ciudad sumergida por la dispersión urbanizadora donde se pierde la ciudadanía. Lo que no se hizo en el pasado y lo que a nos debemos confrontor lo que se ha degradado en el presente se entremezclan, como ocurre con las generaciones.

Un desafío democrático lo expresa el movimiento catalán. La impresionante movilización que se ha mantenido resultado de la provocadora, absurda e innecesaria sentencia del Tribunal Constitucional (2010) que ha derivado incluso hacia el independentismo asumido por casi la mitad de la ciudadanía. La movilización catalana ha puesto en jaque al régimen político pero al mismo tiempo la fuerza del independentismo dificulta una alianza o convergencia con los procesos democratizadores en España. Hay que tener en cuenta que los gobiernos españoles y la troika “constitucionalista” (PP, C’s y PSOE), incapaces de dialogar, que se oponen a cualquier consulta, multiplican amenazas y menosprecian la plurinacionalidad del país, han contribuido mucho al crecimiento acelerado del independentismo. La existencia de Podemos y de los movimientos políticos en los países periféricos del Estado español puede contribuir a un acercamiento con el movimiento catalán. El reconocimiento por parte de Podemos de la pluralidad nacional siendo una fuerza política de ámbito español y potencial alternativa a la derecha. La emergencia de los movimientos políticos de afirmación nacional identitaria son más plurinacionales que independentistas, pero todos con vocación democratizadora y pactista. Han aparecido o renovado fuerzas políticas especialmente en el País Valencià, en Galicia, en el País Vasco, incluso Aragón y Navarra, que representan la mitad de la población española. ye no son que se radicalizaron como el independentismo catalán que representa ya a la mitad de la población.

Hay un desafío relativamente nuevo que puede ser un factor democratizador o no, por su complejidad y contradicciones. Nos referimos a las clases trabajadoras, cuya base histórica principal ha sido del movimiento obrero y la afluencia de población inmigrante que llega de otros continentes. La relativa debilidad sindical y la dispersión de su orientación política impide por ahora que haya un bloque socio-político que se exprese en el conflicto social y en el escenario político. Las clases trabajadoras votan a la izquierda y a la derecha, y muchos se abstienen. La población mal denominada “inmigrante”, en realidad son residentes, a veces con nacionalidad, otros con status legal y otros “sin papeles” en gran parte precariado, baja integración sindical y casi nula participación activa en la vida política. Si bien no hay una atracción fatal hacia la extrema derecha tampoco hay una atracción masiva de estos sectores populare hacia las nuevas o renovadas izquierdas. Las perdió hace tiempo el PCE cuando se rompió y las ha ido perdiendo luego el PSOE a través del penoso camino que ha discurrido de la izquierda moderada al centrismo demagógico y conservador. Podemos y sus aliados (incluidos tanto los “indignados” como los postcomunistas) representan fuerzas políticas con indiscutibles orientaciones progresistas pero su base militante y electoral es más de clases medias que populares y obreras. Su desafío es llegar a estas clases, lo cual requiere paciencia, organización y propuestas políticas que les generen mucha confianza y algo de entusiasmo.

El inmovilismo de la troika liderada por el PP de Rajoy y con la actual y lamentable dirigencia del PSOE por una parte y la persistencia de la crisis económica aunque haya un relativo dinamismo en algunos sectores exportadores y turisticos ofrece una oportunidad a las nuevas fuerzas politicas tanto en las clases medias como populares.). La crisis económica iniciada en los años 2007-2008 y las políticas bárbaras de austeridad neoliberal generó fuertes movimientos sociales como “las mareas” de la sanidad y de otros servicios públicos privatizados; la plataforma de los desahuciados que obtuvo un apoyo por parte de la gran mayoría de la ciudadanía; las movilizaciones contra los bancos y entidades financieras; las huelgas de trabajadores contra los despidos, las reformas laborales, la reducción de los salarios. A pesar del creciente precariado y las altas tasas de paro hay no solo algo de reactivación económica y también sindical. Lo cual puede reforzarse con la presencia de las nuevas fuerzas políticas. Las resistencias populares generan amenazas y actuaciones represoras, políticas y judiciales, cuya expresión más explícita que se hace presente ante todo tipo de protestas, huelgas, campañas. O controles policiales ilegales. La expresión más evidente ha sido la “ley mordaza”.27 A ello se añade la corrupción que afecta principalmente al PP y a las derechas en su conjunto y también al PSOE (y al centro derecha catalán.
En ésta ultima década se han multiplicado los escándalos de las elites privilegiadas precisamente cuando una gran parte de la población se empobrecía, quebraban las pymes (pequeñas y medias empresas), cerraban sus oficinas muchos profesionales y la desocupación de asalariados alcanzaba el 25 % de la población activa. La evasión fiscal, las grandes fortunas de origen desconocido (en muchos casos vinculadas a la corrupción y a la especulación), los salarios y otros emolumentos de directivos de las entidades financieras y grandes empresas podían ser 100 veces más que un trabajador medio. La corrupción alcanzó a la Casa Real y al conjunto del partido gobernante, el PP, y en general ha afectado a las cúpulas económicas como políticas. Los jóvenes percibieron que estaban “fuera de juego”, se consideraban al margen de las instituciones y l.os partidos políticos. No tenían ni confianza y ni esperanza. Y los mayores añoraban aquellos tiempos en que aún se creía en el futuro. La aparición de nuevos movimientos políticos ha abierto nuevas esperanzas. Sin embargo la corrupción provoca por ahora más desmoralización social que reacción política. Pero este enorme malestar pueden encontrar en las fuerzas políticas renovadas una reacción ciudadana que rompa el siniestro

En conclusión, la esperanza es la renovación política que rompa el inmovilismo siniestro de los últimos 20 años. El movimiento de los “indignados fue algo más que un momento de efervescencia, fue un proceso acelerado de socialización política de las generaciones nacidas y desarrolladas a partir de los años 80 y 90. Han vivido en un marco en que lo bueno ya estaba conquistado y estaba deteriorándose y lo malo crecía y les afectaba especialmente. Aunque no eran los únicos ni mucho menos, otros lo han vivido y lo viven ahora en peores condiciones: los inmigrantes, la gente mayor, los desocupados y que en muchos casos nunca más encontraran ocupación. La base social y cultural de Podemos y sus confluencias, disponen de unas capacidades de resistencia, movilización y elaboración de alternativas por su formación, apoyo familiar y sin miedos acumulados. Sean procedentes de clases medias o de familias de trabajadores cualificados y en muchos casos con pasados combativos. Pero éstos colectivos adolecen de tres limitaciones. Una, el desconocimiento y con frecuencia el desinterés del pasado. Existe en ellos un cierto sentido adanista, como si la historia empezara con ello, hay una cierta negatividad respecto a las prácticas políticas y sociales como si todo fuera desechable. Una segunda limitación es la heterogeneidad y coherencia de su cultura política. Denuncian los efectos de la vida política y económica, se escandalizan de los privilegios y de las exclusiones, pero no solo poseen bases comunes interpretativas (como lo fueron el liberalismo o el marxismo), también desconocen los mecanismos de la política, de los partidos y de las instituciones. Les resulta difícil concretar proyectos politicos posibles y confiables. Para reformar, pues nadie se plantea algo parecido a una revolución clásica, hay que incidir en los sistemas políticos y económicos existentes. Finalmente, otra tercera limitación, es su experiencia organizativa es propia de los movimientos sociales emergentes, en muchos casos minoritarios y discontinuos. Se funciona por asambleas y por portavoces, lo cual corresponde a los nuevos movimientos sociales pero no a las organizaciones de masas (sindicales, cívicas o profesionales), tampoco los partidos y desconocen aún más el funcionamiento de las instituciones, los pactos, el uso del marco político-jurídico y financiero, el uso de las elecciones y , sobretodo, de las reelecciones, etc. No se trata de una crítica sino que hay que dejar que estos movimientos deben madurar, estructurarse para la política a gran escala, no fabricar prototipos que no se generalizan.

La novedad positiva es el liderazgo y la iniciativa ha correspondido principalmente a los “jóvenes”, es decir a los de menos de 40 años, o que por lo menos lo parecen o se consideran jóvenes.28 Poseen imaginación, lenguaje fresco, iniciativas… pero olvidan las resistencias de la realidad. Una resistencia se da en gran parte de la ciudadanía, de las clases medias y populares. Por razones diversas hay en estas mayorías sociales una preocupación por la seguridad y la estabilidad, temor a grandes cambios y a los conflictos. Hay un poso conservador, miedos lejanos, presentes tranquilos y si es posible futuros ciertos. Las alternativas deben conllevar una cuota de seguridad. Demostrar que la inseguridad, la incertidumbre y el malestar serán crecientes con las actuales políticas y los mismos actores. Los “viejos” partidos políticos no tenían nada que ofrecer que no fuera más de lo mismo. Por ello surgieron nuevas fuerzas políticas, pero las “viejas” (que por cierto no tienen más que tres o cuatro décadas), están muy presentes en la sociedad y muy implantadas en las instituciones. Unos son rechazables, otros pueden ser opositores decentes o aliados más o menos confiables. Solo falta un detalle, hay que conseguir arraigo social, hegemonía cultural y construir una fuerza política capaz de ganar elecciones. Ni más ni menos.

Transiciones, ilusiones, frustraciones y esperanzas.J. Borja, Rev,Debats, abril 2017
Ver a continuación una biografía y una bibliografía (versión reducida).

Reseña biográfica del autor

Jordi Borja (Barcelona, 1941) es geógrafo urbanista. Estudios de Derecho en Barcelona (1958-1962) y en Paris, licenciado en Sociología, Postgrado en Geografía Humana, Master en Urbanismo y curso de doctorado. (1962-1968). Doctor en Geografía Urbana por la Universidad de Barcelona.

Actualmente ejerzo de Profesor emérito de la Universitat Oberta de Catalunya.
Anteriormente fue profesor en la Universitat de Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona, Universitat Politècnica de Catalunya y también del Institut Français d’Urbanisme (Paris), y en las Universidades de Londres, Lisboa, Roma, Venezia, Ciudad de México, Sao Paulo, Rio de Janeiro, Buenos Aires, Córdoba, Santiago de Chile, Flacso (Quito), Pratt Institut y NYU (New York), Berkeley, etc.

Ex militante y luego dirigente del PSUC y del PCE. Ingresé en el partido en 1960 y hasta finales de finales de los años 80 por la progresiva disolución del PCE y del PSUC. Sentí que “el partido” nos dejó más que yo lo dejara. Fueron substituidos por Izquierda Unida e Iniciativa por Catalunya y el PCC, no era lo mismo, he sido luego compañero de viaje. Actualmente participo en la confluencia, “Los Comunes” y he sido elegido miembro de la Coordinadora y asesoro a las entidades metropolitanas de Barcelona.

En los años 70 fui miembro del Comité Ejecutivo y Central del PSUC y del Comité Central del PCE. Fuí responsable de Movimientos populares y Políticas municipales en el PSUC y colaboré con la Comisión del Comité Central encargada de esta cuestión en el PCE. Anteriormente estuve exiliado desde 1961 a 1968, fui separado de la organización en 1965 por mantener ideas similares a las que representó Claudín. Fundador de Bandera Roja y reingresé en el partido en 1974 (los años en BR fueron considerados por el “partido” como si hubiéramos mantenido la militancia en él).
Miembro del gobierno de Barcelona (1983-95) y diputado del Parlament de Catalunya (1980-84) como electo de la candidatura del PSUC.

Desde finales de 1968 hasta ahora he mantenido colaboración con los movimientos populares, vecinales y ciudadanos, principalmente con la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona pero también con AA.VV. y similares tanto de España como de diversos países latinoamericanos.

En 1972 fundador del CEU, luego CEUMT (Centro de Estudios Urbanos, Municipales y Territoriales). Publicó una revista mensual, una colección de libros (entre ellos los Manuales de Gestión municipal), analizó críticamente las políticas urbanas, apoyó los movimientos vecinales y ciudadanos, formó técnicos para colaborar con las AA.VV y elaboró programas municipales para las eleccions de 1979 y 1983.

Presidente del Observatorio de Derechos económicos, sociales y culturales (DESC) del 2011 a finales de 2016.
A inicios de 1995, al dejar los cargos públicos, creó una oficina profesional, Urban Technology Consulting, Ha trabajado como profesional en Barcelona y ciudades españolas como sobre temáticas urbanísticas, sobre organización política y administrativa territorial y sobre participación y movilización social y también en Francia, América latina y con las organizaciones internacionales (Naciones Unidas/PNUD y Habitat, Unión europea y organizaciones de ciudades). A titulo de ejemplo citaremos en Francia con el Ministère de l’Equipément y como miembro de uno de los equipos seleccionados por el “Gran Paris”. Informes para Eurociudades, Habitat y la Comisíón Europea (sobre política regional y ciudades). En Argentina planeamiento estratégico, descentralización y plan de urbanismo de Buenos Aires, Cördoba y otras ciudades. En Chile en la reconversión del puerto de Valparaíso y en el plan del Centro de Santiago. En Sao Paulo plan de reorganización político-administrativa y en Rio el plan estratégico. En Colombia planes estratégicos de Bogotá, Medellín y Cartagena. En Ecuador la descentralización del Estado y de las ciudades. En Mexico planeamiento de Coyoacan, proyecto ejecutado de la democratización del Distrito Federal, asesoría urbanistica para la Ciudad de México. En Cuba asesoría al centro histórico de La Habana.
Mantengo las relaciones profesionales con Francia y con América latina.

Bibliografía | Libros recientes

“Ciudades para cambiar la vida” (eds con Fernando Carrión y Marcelo Corti, coautor, 2016).
“Revolución urbana y derechos ciudadanos (2013),
“Cartes de lluny i de prop” (2013)
“Ciudades, una ecuación imposible” (eds con Mireia Belil y Marcelo Corti, 2012)
y “Luces y sombras del urbanismo de Barcelona” (2010).
Otros libros, destacan “Espacio público, ciudad y ciudadanía” (2005), con la colaboración de Zaida Muxí); “La ciudad conquistada” (2003, 2005, 2010, 2016); El urbanismo de las grandes ciudades españolas (2002), eds con Zaida Muxí); “La ciudadanía europea (2001) en colaboración con Valerie Peugeot; “Local y global” (1997) y “Las grandes ciudades en la década de los noventa (1990) con Manuel Castells; “Estado y ciudad” (1988), “Descentralización política y participación ciudadana” (1987), Manuales de Gestión Municipal (1987, 1983, 1979); Por una política municipal democratica (1977) con la colaboración del equipo del CEUMT; Movimientos urbanos y cambio político (1981); Qué son las Asociaciones de Vecinos (1975); Movimientos sociales urbanos (1975) y La Gran Barcelona (1971 y 1973), en colaboración.
Parece lógico que cite la contribución “El movimiento ciudadano en busca de la ciudad futura” en el libro promovido por la Federación de Asociaciones de Vecinos de Madrid, “Memoria ciudadana y movimiento vecinal” (Ed.La Catarata, 2008)
Los textos políticos se han publicado casi siempre en libros colectivos o en revistas y periódicos como Leviatán, Argumenos, Zona libre, Taula de Canvi, Pensamiento latinoamericano, L’Avenç, Nous Horitzons, La Maleta, Viejo Topo, El Carrer, La Vanguardia, El País, Público, Eldiario.es, Treball, Sin Permiso, etc.
Citaremos solamente algunos libros del autor individualmente y otros colectivos como Reflexiones ante el neocapitalismo (1967), Revolució cultural a Framça (1968), Partits polítics per una Catalunya emocràtica (1976)), Qué Socialismo, qué Europa. A Esquerda e a democracia (1976) ¿Porqué son necesarios los partidos? (1977), Descentralización y democracia en América latina (1989), Hegémonia y alternativas políticas en América latina (1985), Cartes de lluny i de prop. (2013).
No citamos los libros o los artículos publicados en América latina, Francia, Italia, Portugal, Estados Unidos, Reino Unido y la mayor parte de los países de América latina para no extender esta nota sintética y por desconocer o no tener a disposición muchas de las publicaciones extranjeras. En la mayoría de los casos se trata de revistas de urbanismo, geografía urbana y ciencias sociales y menos frecuentemente de política.

Notas

1  René Char (1907-1988), uno de los grandes poetas y destacado combatiente contra la ocupación alemana (fue jefe de grupo en el “maquis”). Dos libros suyos fueron escritos durante la Resistencia, Seuls demeurent y Feuillets d’Hypnos. Inicialmente participó en la fundación del surrealismo, con Aragon y Eluard (posteriormente comunistas) y Breton (próximo al troskismo). Char, republicano y de izquierdas, después de la guerra se manifestó contrario al comunismo stalinista.

2 La gran pequeña joya que es Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, lo sintetiza en el inicio del libro. El oficial del Ejército franquista “se rinde” a los republicanos el día anterior al final de la guerra. Prendido junto éstos por los franquistas es juzgado por traición y declara “Preguntado acerca si son las gloriosas gestas del Ejército Nacional la razón para traicionar a la Patria, responde que no, que la verdadera razon es que no quisimos ganar la guerra al Frente Popular. Preguntado que si no queríamos ganar la Gloriosa Cruzada, qué es lo que queríamos, el procesado responde: queríamos matarlos.”

3 Recuerdo en Paris los años 60 como al llegar a las Navidades exiliados e incluso dirigentes comunistas o anarquistas brindaban “el año que viene todos a Madrid” o a su pueblo. Retenía mi escepticismo. Es el fondo metafísico del pensamiento revolucionario. Como diría Marx “la religión es el opio del pueblo” pero también “el suspiro del oprimido”. Es la esperanza más o menos utópica lo que da ánimo para resistir a la enorme superioridad de las fuerzas represoras.

4 El asesinato de los 7 miembros del principal colectivo de abogados laboralistas, vinculados a Comisiones Obreras ( CC.OO) enero 1977) generó un enorme impacto electoral en todo el país. Los asesinos eran de una red de extrema derecha vinculada abiertamente con los sectores más inmovilistas de los aparatos del Estado, políticos y militares. CC.OO y el PCE tuvieron la inteligencia de organizar una extraordinaria manifestación que ocupó todo el centro de Madrid, sin gritos ni pancartas, con un servicio de orden disciplinado, en un impresionante silencio, sin ningún atisbo de violencia. Una demostración de fuerza pero también una voluntad de declarar una transición pacífica, de facto pactada.

5 En el período que va de la muerte de Franco (1975) hasta las elecciones que ganó el PSOE (1982) había una impresión generalizada tanto en las elites políticas y económicas como en el conjunto de la sociedad española que en cualquier momento podía darse un golpe de estado político-militar autoritario y represivo. La legalización del PCE, la ofensiva terrorista, el renacimiento de las nacionalidades, el temor a represalias por los múltiples fechorías de los aparatos franquistas, la ideología de las cúpulas militares, de la judicatura y una parte de los medios y de la Iglesia que despreciaban la democracia… lo hacía posible. Si bien los gobiernos europeos tendían a favorecer la democratización española, aunque muy discretamente, el gobierno de los Estados Unidos, por medio del Secretario de Estado (de hecho el número dos del gobierno) cuando supo el intento de golpe de Estado con los parlamentarios secuestrados por la Guardia Civil i fuerzas militares (1981) se limitó a una declaración que consideraba que era una cuestión interna del Estado español.

6 Los acuerdos de austeridad favorables a los sectores empresariales y afectaron a los trabajadores (desocupación, inflación sin aumentos salariales). Las contrapartidas como las políticas públicas reindustrializadoras y generadoras de empleo y el control de los bancos y empresas que se liberalizaron y recibieron ayudas en gran parte no se cumplieron.

7 El PCE tuvo que pagar un duro peaje simbólico: aceptar la monarquía, la bandera y el himno que fueron del franquismo y de la España negra. La legalización fue una decisión audaz por parte de Súarez mientras que el PSOE presionaba a Carrillo para que asumieran la no legalización y que constituyeran una asociación más amplia y sin referencias al PCE. Carrillo se opuso, el PCE fue la columna vertebral de la resistencia a la dictadura y había demostrado su vocación democrática. El gobierno reconoció finalmente la legalización del partido in extremis, a punto de celebrarse las primeras elecciones (1977), a cambio del peaje citado. Al líder del PCE le impusieron un ultimátum casi de horas de plazo para pagar el peaje para legalizarlo o no.

8 Un ejemplo de la ambivalencia de la Constitución respecto a las nacionalidades. Se las reconoce un status especial que podría incluso derivar en una federalización o confederalizacion, pero al mismo tiempo se proclama que España es indisoluble, se limitan considerablemente las competencias a conveniencia de los gobiernos centrales los cuales pueden incluso forzar a los gobiernos autonómicas a obedecer a sus requerimientos.

9 La LOAPA fue recortada en su casi totalidad por el Tribunal Constitucional (TC) pero el abuso de la legislación “básica”, las sentencias del TC debidamente modificado y la resistencia a transferir competencias y recursos, recortaron el desarrollo autonómico.

10 Los gobiernos del PSOE realizaron avances respecto a los derechos individuales y sociales (educación y sanidad) y se aprobó el “estatuto de los trabajadores” pero las grandes centrales sindicales, UGT y CCOO, promovieron importantes huelgas debido a la falta de políticas públicas de generación de empleo y de aumento de los salarios más bajos. El PSOE renunció a promover la memoria histórica democrática y del antifranqusimo y frenó el desarrollo de las autonomías y de las nacionalidades.

11 La suma de la circunscripción provincial y la ley d’Hondt favorecen a los dos partidos más votados. El PCE (y luego Izquierda Unida) que fue la tercera fuerza política quedó como fuerza residual. Si hubiera un sistema proporcional hubiera obtenido una fuerza capaz de competir para ser candidato a gobernar, con la mitad de los votos puede a penas puede alcanzar diez veces menos diputados. Incluso un partido de base regional o de nacionalidad con diez veces menos votos pueden duplicar sus diputados.

12 Véanse los artículos del autor “Los comunistas y la democracia” (El Viejo Topo, enero 2011) y “Revolución 1917, comunismo soviético y contradicciones de los comunistas europeos”, abril 2017).

13 La bibliografía sobre el PSOE, la transición y los gobiernos socialistas, es muy numerosa. Ver las obras de Carmen Molinero y Pere Ysàs, Santos Julià, Borja de Riquer, etc. Véase el original trabajo de Juan Antonio Andrade Blanco “El PSOE y el PCE en la transición” (2012). Ver también la contribución de Antonio Gutiérrez Vegara “Salir del fiasco socio-liberal para revitalizar el socialismo” en la obra colectiva “¿Tiene porvenir el socialismo”, eds.Mario Bunge y Carlos Gabetta (Eudeba, 2013). Es significativo el contenido crítico del texto de A.Gutiérrez Vegara, pues lo escribió cuando acababa de terminar su mandato de diputado del PSOC, con cargos de responsabilidad y anteriormente fue secretario general de Comisiones obreras.

14 La acusación de traición de los líderes políticos del PSOE y del PCE por parte de dirigentes políticos posteriores como Juan Carlos Monedero y Julio Anguita (Díalogos de Editorial Icaria, 2013) pues saben, o deberían saber, cuales eran las circunstancias de aquel momento. Felipe Gonzalez nunca pretendió otra cosa que promover un bipartidismo moderado y Santiago Carrillo consideraba que el cambio político que seguiría al franquismo no podría ir más allá de la democracia occidental.

15 El PSOE se colocó en una posición centrista y con vocación de gobernar ya. Aceptó la democracia limitada, el discurso de Felipe González de su campaña electoral que le llevó a la jefatura del gobierno (1982) sintetizó su programa “que España funcione”. Un año y medio antes hubo el fallido golpe de Estado asustó a gran parte de la clase política y de la sociedad. El proceso democratizador avanzó en algunos aspectos de carácter social pero no políticos ni económicos. De facto se aplicó algo parecido a los dos demonios de Argentina (guerrillas revolucionarias y masacres militares). En España se silenciaron las víctimas republicanas y posteriormente los militantes resistentes y se pasó página de las aberraciones de la dictadura y de sus cómplices (militares y policias, Iglesia, corporaciones, etc).

16 El diario “El País” se hizo portavoz de la transición y de su mitificación. Contribuyó a difundir el mito y a legitimar el largo proceso regresivo en los últimos 20 años. Ver “La desfachatez intelectual” de Ignacio Sánchez-Cuenca, Libros de la Catarata, 2016.

17 Un caso curioso, derivado de la tentativa del golpe de Estado de 1981, es el silencio respecto a la política de las cúpulas militares. La represión la promueven los gobiernos y las legitima la Judicatura, como la “ley mordaza” y tantas otras felonías. Los golpistas militares quedaron fuera de juego después del 81 o están silenciados. Formalmente los jefes militares se declaran profesionales y la mayoría constitucionalistas. Aunque ante la cuestión de las nacionalidades o la plurinacionalidad son muy susceptibles.

18 El sufragio universal es una conquista democrática indiscutible e indispensable pero tiene sus limitaciones. Los ciudadanos votan individualizados, “serializados” como escribió Sartre (artículo en Temps Modernes, 1971), no en el marco de su entorno social y político, en su ámbito orgánico como ciudadano activo o miembro de su clase social.

19 Etienne Balibar, Ciudadanía, Ed.A.Hidalgo, 2013 y La proposition de l’égaliberté, 2010.

20 Me permito ejemplificar el dilema de la militancia resistente entre actuar en el tortuoso proceso de la transición o forzar rupturas que pudieran superar los límites del pactismo a medio camino entre reforma o ruptura. En la década de los años 70 fui responsable de los movimientos populares (ciudadanos) y de las políticas municipales en la direccirón del PSUC (también colaboraba estrechamente con la dirección del PCE en estos ámbitos). Las primeras elecciones generales (1977) las ganaron los “centristas” (UCD), amalgama de postfranquistas (reformistas o evolucionistas) y opositores conservadores o moderados. Pero socialistas y comunistas ganaron en muchas ciudades grandes y medianas. EL gobierno centrista no tenía ninguna prisa en convocar elecciones municipales pues no disponían de estructuras locales y los ayuntamientos eran casi todos gobernados por personajes residuales del franquismo o derechistas sin color político ni reconocimiento social. La dirección del PSUC me pidió un informe al respecto. Expuse que se había creado comisiones cívicas en muchas ciudades de Catalunya, con los partidos políticos democráticos y organizaciones sociales. Era muy viable ocupar los Ayuntamientos y suplantar a los gobernantes con mínima o nula legitimidad. Inicialmente la gran mayoría de la dirección optó por esta iniciativa. Sin embargo hubo la oposición del secretario general y la mía. El primero consideró que el proceso democratizador se había puesto en marcha y nos hubieran denunciado como antidemocráticos y golpistas y nos hubieran marginado de entrada. Por mi parte argumenté que en los ayuntamientos se produciría un caos, muchos altos funcionarios no reconocerían a las nuevas autoridades y muy pronto los otros partidos se retirarían (socialistas incluidos) y nos quedaríamos solamente acompañados por algunas organizaciones sociales o ciudadanas. El costo mínimo más probable sería que llegaríamos a las elecciones nos responsabilizarían de la parálisis del ayuntamiento y perderíamos probablemente parte importante de apoyo social. El PCE creo que ni tan solo se lo plantéo. En cambio formamos comisiones cívicas de control de la gestión municipal y en las primeres elecciones locales (1979) las izquierdas ganaron en la mayoría de ciudades grandes y medianas (en Catalunya y en otras zonas de España).

21 Un ejemplo sobre la naturaleza ambivalente de las instituciones son los gobiernos locales y autonómicos. En muchos casos, especialmente en el ámbito local, se han desarrollado numerosas experiencias políticas de carácter social, ambiental, cultural, urbanístico, de regeneración económica, de participación ciudadana, etc. Precisamente los colectivos jóvenes han podido experimentar las posibilidades de conquistar los gobiernos locales e implementar políticas innovadoras.

22 Los fundamentos teórico-políticos de la nueva política eran tan simpáticos como simples. En vez de analizar las contradicciones y las distintas formas de conflictividad la política se basaba en el “empoderamiento” elemental de colectivos en situaciones límite que se expresan mediante movimientos sociales intermitentes y la oferta abstracta de “modelos” alternativos aderezados con la metafísica radical de Laclau o de Negri. Una mezcla de anarquismo soft y neoliberalismo angelical.

23 Véase por ejemplo el libro-diálogo ya citado entre dos personajes serios, y que no son ni izquierdistas sin experiencia política ni jóvenes radicales como Julio Anguita y J.C.Monedero, el primero exsecretario general del PCE y el segundo fundador de Podemos y uno de sus principales líderes los primeros años. JCM empieza el libro acusando al PSOE y al PCE de “traidores” e insiste hasta que Anguita acepta este calificativo. Recientemente el líder de Izquierda Unida, Alberto Garzón, sorprendió en una entrevista en El País y sin que viniera a cuenta hizo unas declaraciones similares e utilizó la acusación infamante de “traición” de la dirección del PCE. Garzón ha sido y es, a mi parecer, un político honesto y sensato, pero sus declaraciones solo se explican por oportunismo infantil.

24 Borges escribió “No nos une el amor sino el espanto”, del libro Fervor de Buenos Aires. El poeta se refería a los porteños.

25 Un ejemplo es el de la Constitución y sus ambivalencias. Se reconocen las nacionalidades pero empezamos mal con el absurdo art.2 que declara algo tan metafísico que “la unidad indisoluble de la Nación española y patria común de todos los españoles”. A lo que se añade una distribución de competencias pero el pode central acumula todas aquellas que considera de “interés nacional” o puede desarrollar “leyes básicas” que en la práctica anulan las competencias decisorias. Por otra parte nunca se aplica el art.9, punto 2, que legitima todas aquellas transformaciones sociales y políticas que pueden “remover los obstáculos que impiden o dificulten la plenitud (de la libertad e igualdad) y faciliten la participación en la vida política, económica, cultural y social”.

26 Hubo un inicio de democratización y también procesos de desdemocratización. LA redemocratización cuestionar el régimen politico. Hay momentos históricos en los que la democracia se confronta con el marco político-jurídico existente. Ver de J.Borja “Democracia, insurrección ciudadana y Estado de derecho, La Maleta de Port Bou (julio 2015) y el libro “Ciudades para vivir” (Editorial UOC, 2017).

27 Ley promovida por el ministro del Interior que evitaba las sanciones por vía administrativa sin intervención de la Judicatura. Las multas exorbitantes simplemente por haber firmado una declaración política y una convocatoria de una concentración o manifestación podían dejar endeudado al firmante por muchos años. El ministro del Interior ha utilizado a jueces o policias como cómplices de “guerra sucia” contra sus adversarios políticos o activistas o intelectuales críticos.

28 Esta “joven” generación política ha mitificado la “nueva política” y rompe con la “vieja política. Hay algo de cierto si nos referimos a los partidos políticos encerrados en las cárceles de cristal que son los parlamentos y otras instituciones tan o más opacas e inaccesibles. La frescura del lenguaje y la cultura asambleistita es propio de los movimientos sociales. Pero cuando se plantean intervenir en otras dimensiones de la política y entonces deben ampliar mucho su cultura política y organizativa. Nos referimos a las organizaciones de masas (como sindicatos, gremios, asociaciones ciudadanas, etc) que se deben a sus miembros; a los partidos políticos que se presentan a las elecciones y deben convencer a sectores diversos y a veces con intereses o ideologías bastante distintos de los militantes; y el funcionamiento de las instituciones que oponen resistencias burocráticas y de las otras fuerzas políticas les impelen a modificar comportamientos inerciales y poco transparentes. Sobretodo, se requieren pactos para tomar decisiones, aprobar normas o impulsar iniciativas. Hay que asumir también las limitaciones que imponen los marcos legales y financieros, la opinión pública, las presiones de colectivos sociales o gremiales, etc.

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