Nota sobre las confluencias

Algunos criterios generales.

1.Federación o coalición de partidos o organizaciones o fusión de partido o partido-movimiento.

No hay un modelo mejor que otro. La Federación o coalición permite mantener la identidad de la organización, la adhesión de la militancia y de la base electoral sólida, puede expresar sus valores más específicos. Pero supone crear y mantener equilibrios de ideas, proyectos y liderazgos. En todos los niveles de la federación o coalición todos deben sentirse representados, en los órganos de dirección, en las listas electorales y cargos públicos, a todos los niveles (nacionales, regionales, locales). Si las cosas van mal, bien por conflictos internos y posiciones políticas contradictorias o por malos resultados electorales, es más fácil el divorcio o separación que en el caso de la fusión.

La fusión supone un proceso, que puede durar meses (preferible) o algunos años incluso. Por ejemplo se inicia como coalición electoral y desemboca en fusión. La fusión es casi inevitable que algunos sectores o colectivos de las organizaciones fusionantes la rechacen y se mantengan fuera o que una parte de militantes o votantes se marginen individualmente (se van a su casa). Pero la fusión puede tener un valor multiplicador, la nueva fuerza puede aparecer como más sólida y con más vocación ganadora. Es muy conveniente que la fusión no se haga únicamente entre las cúpulas, es necesario que se realice en paralelo desde la base, no como una decisión tomada y ejecutada por la nueva dirección fusionada. Hay que ir gradualmente fusionando las estructuras territoriales y sectoriales (sindicatos y empresas, medio ambiente, sectores de la cultura, mujeres/feminismo, universidades, sanidad, enseñanza, etc). En estos frentes de lucha, desarrollo de la organización y de las campañas y de elaboración de políticas específicas, deben estar representados militantes de todas las procedencias o sensibilidades.

2.Reducir la ideología a valores básicos compartidos. Un movimiento o partido políticos no deben sentar doctrina sobre lo divino y lo humano.

Los partidos políticos de izquierdas (y algunos de derechas como) tienden a tener una base doctrinal que en muchos casos deriva en ideología dogmática considerada por los adherentes como la única verdad. Es el caso de partidos marxista-leninistas o maoístas, o que se autocalifican de católicos, o ecologistas. No nos referimos a todos, por ejemplo los que tienen valores cristianos o ideas marxistas pero respetan otras posiciones. Nos referimos a los que invaden terrenos más allá de la política, como es la existencia o no de dios, cuestiones de orientación sexual o derechos de la mujer (como el aborto), etc que entran en el terreno de la ciencia, de la cultura o de los derechos individuales.

Obviamente los partidos, dirigentes o militantes, se apoyan en teorías sociales o filosóficas, en la historia propia del país o de su clase social, en experiencias colectivas pero no se trata de proclamar las teorías o los grandes principios sino aplicar los valores y los conocimientos teóricos al análisis de la realidad y a las propuestas de acción políticas. Las organizaciones políticas deben compartir valores básicos muy elementales (por ejemplo los derechos humanos, no a la condena a muerte, la igualdad mujer-hombre, el combate a las desigualdades, el respeto a la naturaleza y a la sostenibilidad de los recursos, etc) y es lícito y respetable que hayan posiciones políticas concretas aunque sean minoritarias (con frecuencia las minorías con el tiempo tienen razón o razones). Lo cual no impide que las líneas principales de la política aprobadas por la mayoría deben ser asumidas en la práctica.

3.Los programas se desarrollan como proceso y con flexibilidad

Los programas no se inventan, no pueden dar respuesta a todo, no deben exponer un mundo ideal. Con frecuencia los programas tienden a satisfacer a la militancia más o menos ideologizada, expresan las aspiraciones máximas, generan ilusiones y luego vienen las frustraciones. Los programas deben satisfacer a los militantes y simpatizantes, a los votantes que ya nos votaban y a los que se quiere conquistar y también deben concretar lo que podría hacer si estuvieran en el Parlamento y/o en el gobierno. Es casi la cuadratura del círculo.

En un proceso de confluencia, sean desarrollar coaliciones o fusiones, la elaboración de programas pueden ser objeto de confusiones y conflictos. El lenguaje es una fuente de trampas, hay que desconfiar de las palabras. Para unos tienen un significado, para otros lo entienden de otra manera. Para unos hay conceptos míticos, intocables, otros tienen palabras que forman parte de sus genes. Hay que aclarar muy bien lo que se entiende y en muchos casos descubrirán que el sentido es similar. Si hay contradicciones entre los programas de unos u otros hay que buscar conceptos flexibles o integradores que puedan ser admitdos por todos. Por ejemplo crecimiento versus sostenibilidad, o economía industrialista versus ecología respetable para el medio natural. Se pueden proponer políticas sostenibles generadores de empleos y de bienes o servicios de interés general.

Propongo hay formas de superar los escollos de las diferencias programáticas. Una, plantear las diferencias no como oposiciones sino como diversidades y si es necesario dejar el tema abierto indicando alternativas distintas y si es posible complementarias. Una segunda fórmula es plantear la cuestión como tema de debate abierto con aportaciones desde posiciones distintas de expertos, movimientos sociales, colectivos implicados, etc. En todo caso nunca hay que plantear la cuestión como conflicto y desde posiciones cerradas que pretendan imponer una opción y negar la otra.

Los programas deben ser elaborados como un proceso social y cultural y no como las tablas de Moisés como si fueran una revelación iluminadora de las dirigencias. Los programas no son verdades abstractas sino objetivos a conseguir, acciones que vayan en esta dirección e instrumentos para movilizar a los sectores activos, plantear propuestas ante las instituciones políticas y conseguir un relativo consenso en la sociedad o partes de ella. A veces los programas y manifiestos proponen futuros deseables lo cual es deseable pero debe acompañarse de acciones a corto plazo y objetivos que vayan en la buena dirección, que en muchos casos es plantear las contradicciones del sistema y las demandas consideradas legítimas por la mayoría social. Por ejemplo el derecho a la vivienda o un salario mínimo decente. Tampoco conviene enfatizar los males que afectan a gran parte de la sociedad o a colectivos sociales específicos, los afectados ya lo saben. La denuncia debe ir unida a propuestas concretas y acciones visibles.

En resumen, la confluencias son oportunidades de actualizar los programas y hacerlos entendibles y movilizables, que lleguen a la mayoría de la población, con un lenguaje directo y sin el lastre doctrinal que la ciudadanía rechaza más que asume.

Por último ante los conflictos irreconciliables sobre ideas, propuestas o formas de acción las fuerzas con vocación confluencial deben meditar conjuntamente lo que pueden perder todos si hay confrontación abierta o incluso ruptura. Conviene poner en la lista todo lo que une y el beneficio de la confluencia y en otra lista aquello que separa o no se acepta. Se verá que la unión tiene mucho más valor que la división. Aquello que separa o bien se deja de lado para más adelante, o se busca un acuerdo aceptable para la gran mayoría o se adopta una posición mayoritaria y la contraria se replantea más tarde. Cuando hay un proceso de confluencia no se puede ni se debe hacer marcha atrás. Es un suicidio.

4. Respetar y valorar las memorias colectivas de cada una de los actores políticos, sus culturas, sus orígenes y sus militantes.

La confluencia irá construyendo una cultura política propia, integradora, innovadora y común, pero no será un proceso más o menos largo. Durante un período que puede durar algunos años las procedencias, el lenguaje, los referentes personales, estarán presentes en muchos militantes y simpatizantes, incluso entre los dirigentes y cargos públicos. Conviene que las sensibilidades estén representadas en todos los niveles y se valoren lo que tuvo e hizo cada uno. El factor más integrador sin embargo serán los éxitos políticos que se consigan.

No hay que desmoralizarse si hay colectivos o personalidades que se sientan marginados, o que no aceptan las formas o los objetivos que no les son propios, o simplemente que no se sienten bien en la nueva “casa grande”. Es un coste inevitable pero si se plantea con vocación integradora y con iniciativas políticas hacia la sociedad y las instituciones la gran mayoría se sumará y, sobretodo, sectores de la población se acercarán a esta nueva opción.

5.La confluencia en Catalunya.

Hay en Catalunya una cierta tradición de unificación de las izquierdas. En los inicios de la República que se proclamó en 1931 emergieron diversos partidos y grupos de carácter republicano y catalanista, de izquierda democrática liberal-progresista, no socialista ni marxista, pero con influencia en los sectores populares y en parte del sindicalismo. Se unieron organizaciones y colectivos unos de procedencia liberal, otros independentistas, otros de orientación sociademocrática, incluso revolucionaria. Fue Esquerra Republicana de Catalunya. Y al cabo de pocos meses se convirtieron en el partido hegemónico en el periódo republicano hasta el inicio de la guerra civil.

En 1936, pocos días de comenzar la guerra civil, se unieron 4 partidos, la Federación catalana del PSOE, Unió Socialista de Catalunya (claramente socialdemocrática y el partido más fuerte que los otros juntos), el Partit Proletari Catalá (nacionalismo radical e izquierdista) y el Partido Comunista. Fue el Partit Socialista Unificat de Catalunya. A lo largo de la guerra el nuevo partido se hizo hegemónico en Catalunya y se comunistizó. En el largo periódo de la dictadura franquista el PSUC se convirtió con diferencia la fuerza hegemónica de la resistencia (1939-1975).

En el marco de la democracia limitada que se constituyó al final de la dictadura emergieron nuevas fuerzas políticas. Los grupos de la derecha y de centro bastante diversos, formaron un partido-conglomerado con un lider carismático. Se encontraron liberales y neoliberales, católicos conservadores y cristianos progresistas, catalanistas muy moderados y colectivos independentistas, franquistas sociológicos que se adaptaron a la dictadura y sectores que se definían socialdemócratas en lo social. Fue el partido hegemónico desde 1980 hasta el inicio de la segunda década de este siglo, fue Convergencia democrática, cuyo lider fuer Jordi Pujol. Aunque en competencia con el nuevo Partido socialista catalán (PSC).

El PSC fue una nueva confluencia entre el socialismo catalanista, representado por dos partidos. Uno orientado a la unión de las izquierdas y el otro más hacia la alianza con el centro derecha, ambos muy diferenciados del socialismo español, el PSOE. Se unieron, un matrimonio de interés, y disputaron la hegemonia al centro-derecha y conquistaron las ciudades grandes y medias y en muchas ocasiones han sido el partido más votado en las elecciones españolas. Mientras tanto el PSUC inicialmente el tercero en discordia explotó a inicios de los años 80, arrastrado por sus contradicciones acumuladas en su pasado y por la dificultad de adaptarse a la nueva época, la democracia en España y el desmoronamiento del comunismo soviético, a pesar de que se había desvinculado de ésta desde los años 60.
Conclusión: en tiempos de crisis los partidos deben renovarse, reconstruirse y reagruparse. Es el caso de Podemos en España y En común en Catalunya. Podemos no ha nacido de la nada sino de los desencantados de los partidos institucionalizados, unos habiendo militando en ellos y otros, los jóvenes, los indignados que ocuparon las plazas en la mayoría de las ciudades españolas. En Catalunya, en una sociedad políticamente más estructurada, la confluencia se ha dado entre partidos políticos, plataformas políticas emergentes y movimientos sociales.

La confluencia en Catalunya fue primero una iniciativa municipalista. Los activistas de los movimientos sociales de base territorial (barrios o pueblos) o de luchas populares internacionalistas (globalización, deuda ilegítima en manos del sistema financiero mundial, solidaridades múltiples, etc) promovieron candidaturas municipales, principalmente en Barcelona y ciudades de la región metropolitana. Ganaron en Barcelona y en otras ciudades, con una líder carismática, hoy alcaldesa de Barcelona (Ada Colau). La candidatura fue sin embargo una coalición, entre los activistas sociales en su mayoría jóvenes (es decir de menos de 45 años) y los procedentes de partidos o colectivos a la izquierda del socialismo. El principal aliado de la nueva fuerza política fueron los partidos procedentes del comunismo democrático (eurocomunismo) que fue el PSUC y hoy representado por Iniciativa por Catalunya (hoy ecosocialista pero hoy heredera formal del PSUC) e Izquierda Unida (más próxima al comunismo occidental). A esta coalición se sumaron diversos grupos y plataformas muy heterogéneos y la organización de Podemos de Catalunya. A las elecciones municipales (mayo 2015) siguieron elecciones en Catalunya (setiembre 2015) y en España (diciembre 2015). En estas últimas elecciones la candidatura de este bloque de izquierdas fue ganadora, lo cual repitió en las nuevas elecciones españolas (junio 2016).

La confluencia reúne tres conjuntos ya de por sí heterogéneos. Los colectivos de activistas muy concentrados en Barcelona y su entorno, con el indiscutible liderazgo de Ada Colau. La coalición electoral preexistente de Iniciativa por Catalunya y Verdes con Izquierda Unida y alternativa (ICV-EUiA) implantada en Catalunya y con una base electoral minoritaria (entre el 6 y el 8 %) pero estable y presente en las instituciones. Y Podemos con cierto caudal de votantes atomizados y por ahora pocos cuadros políticos pero en proceso de formación práctica. A ellos se añaden muchos colectivos locales o sectoriales (por temas específicos) y viejos y nuevos militantes que se integran en las asambleas o agrupaciones conjuntas que se han ido reuniendo por localidades o por problemáticas.

La confluencia se ha iniciado a lo largo del años 2016 y el proceso culminará probablemente a mediados de 2017. Las estructuras locales y sectoriales van integrando militantes de los distintos actores políticos existentes (En Común, ICV-EUiA, Podemos) y otros procedentes de plataformas, colectivos o exmilitantes de partidos o grupos de izquierdas. En paralelo las dirigencias de las fuerzas principales han iniciado un proceso unificador que se balancea entre la fusión y la coalición.

En los últimas semanas el proceso se ha acelerado el proceso de confluencia. Se está construyendo una cultura política común mediante una diversidad de grupos mixtos, procedentes de todos las organizaciones políticas o por libres y se expresa una gran vocación unificadora. A pesar de los lenguajes y de las experiencias distintas la elaboración de políticas y de ideas básicas se elaboran con mayor o menor calidad pero con voluntad de entendimiento. Lo cual se manifiesta también en las cúpulas, por ahora. Por ahora los socialistas no se acercan ni son llamados (aunque en el gobierno de Barcelona se han aliado con la confluencia) pero en el futuro será indispensables.

¿Cúal es el secreto? Simplemente dos argumentos. Se está creando algo nuevo con elementos viejos, otros nuevos y otros recién llegados. Y los primeros éxitos, electorales y en la escena pública, son el principal estímulo a construir algo sólido para convertirse uno de los principales actores de la política y con capacidad de promover cambios políticos y sociales. Algo así como una segunda transición. La primera, a la muerte del dictador y de su régimen, fue en gran parte relativamente frustrante, muy frustrante para lo gente de izquierdas. Aparece una nueva opoertunidad. Es muy excitante.

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