Mahoma no estuvo en Paris

Todos los autores de los atentados criminales de Estado Islámico (EI) del mes de noviembre eran franceses. Jóvenes nacidos acá, la mayoría conversos, de segunda o tercera generación, en familias poco o nada practicantes. Incluso un 25% de los que parten a “combatir” los “infieles” son conversos recientes. Se trata de un “nihilismo generacional” en palabras de Olivier Roy, uno de los máximos expertos franceses en el Islam. Una franja de la juventud, en parte de origen árabe o musulmán, se radicalizó especialmente en las dos últimas décadas. También hay europeos autóctonos que se convierten al islamismo o simplemente se hacen “combatientes” para encontrar un sentido a la vida o simplemente mercenarios. Buscan una oferta de acción, incluso de heroísmo, luego asumen una doctrina primaria que poco tiene que ver con la religión musulmana.

La intervención militar occidental en el Próximo Oriente a inicios de los 90 en Irak y luego en otros países (Afganistán, Libia, Siria, etc) fue la chispa que incendió esta radicalización entre jóvenes excluídos y frustrados. Hay diversidad de causas: crisis económica y desocupación, sentimiento de exclusión social y de no reconocimiento (“la sociedad del desprecio” escribió Honneth), falta de proyecto vital y atomización en el entorno (no hay grandes “comunidades musulmanas”). Pero también hay jóvenes procedentes de sectores medios y profesionales. Esta franja nihilista encontró una “utopia disponible” (afortunada expresión en otro contexto de la socióloga Marina Subirats) en el islamismo. Algo que diera sentido y legitimación a su rebeldía violenta.

No se trata pues de la “vocación totalitaria y violenta” de la religión islámica, es más bien lo contrario. La violencia djihadista se “islamizó” a posteriori y su base social va más allá de la población de origen árabe y también más allá de los barrios marginales. Su religiosidad es reciente, sobrevenida, fanática y elemental. A penas si conocen algunas fórmulas del Corán. Las principales autoridades de los musulmanes de Francia han rechazado rotundamente a organizaciones como EI. Ningún colectivo musulmán ha expresado algún tipo de “comprensión” hacia ellas. Incluso muchos de los que optan por un compromiso mayor al trasladarse a Siria o a otro país musulmán para combatir contra las potencias occidentales o los gobiernos cómplices ni conocen el Corán ni hablan árabe. Son desesperados o mercenarios, pero han nacido muy cerca de nosotros.

Es una minoria pero creciente. La reacción militarista occidental no solo reduce el ejercicio de los derechos de los europeos y acento el control social. También arremete a las poblaciones civiles árabes y musulmanas, aunque no sea el objetivo explícito. Es la población civil la que sufre gran parte de las víctimas, se destruyen las viviendas, las escuelas y los hospitales y el patrimonio histórico y hasta los cimientos de los estados se derrumban como Irak y Siria. Esta juventud que se siente marginada y sin futuro encuentra una causa global. Movimientos como Al-Qaïda o EI son atractivos y accesibles. La confrontación militar puede liquidar las bases territoriales de estos movimientos pero no el sustrato en el que se genera la violencia. Las poblaciones locales del Próximo Oriente o los jóvenes nihilistas europeos, multiplicarán múltiples formas de acción violentas y la dinámica infernal crecerá indefinidamente.

La población de origen musulmán está integrada, en gran parte, en la sociedad francesa y los que fueron inmigrantes ahora son abuelos o padres de gente adulta. Tienen la nacionalidad francesa, la mayoría no son practicantes, tienen un comportamiento político similar a los franceses autóctonos y no quieren saber nada del “terrorismo djihadista”. Una parte son hoy “clases medias”, otros forman parte de las clases populares, viven muchas veces en barrios más homogéneos, con ingresos más bajos y más desocupación. En todos los atentados mueren víctimas de origen musulmán, incluso soldados o policías. Nada hay que justifique la paranoia de muchos medios de comunicación, de líderes políticos e importantes sectores de la ciudadanía europea. Se está creando un ambiente propicio a los “progroms” antisemitas de hace un siglo.

Son las poblaciones locales los que pueden aislar y derrotar in situ a los grupos criminales como EI. Pero que sus gobiernos sean éso: suyos. Es decir democráticos y no los clanes criminales disfrazados de monarquías como la saudí, los emiratos o las dictaduras militares. Los gobiernos “amigos” de occidente son casi todos impresentables. Los súbditos no se movilizarán liderados por unos gobernantes autoritarios y corruptos. Y en Europa la única solución es ir disolviendo el sustrato que genera el violento nihilismo: reconocer a los ciudadanos de origen musulmán como ciudadanos de pleno derecho y con sus diferencias culturales. Y, sobretodo, mediante acciones positivas que reduzcan sus desigualdades sociales.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *