La realidad y el deseo

Con el permiso de Luis Cernuda utilizo el título de su obra poética, la realidad y el deseo. Me refiero a la extraña situación que se vive en España y en Catalunya. Todos hablan pero no se hablan. Estamos ante una crisis política grave, no una cuestión de disputa jurídica. Los discursos contradictorios mezclan confusamente realidad y deseo. Lo cual puede llevarles, a unos y otros, al desastre. El gobierno español parte de posiciones que considera tan objetivas como indiscutibles Es su realidad dogmática. Uno de sus principios fundamentales: la Constitución afirma que España es indisoluble. Una completa memez para cualquier persona con sentido común y con un mínimo de conocimientos filológicos. Así mismo se da por natural el carácter inmutable de la legislación, interpretada pro domo. Lo que lleva consigo negar cualquier cambio y ningún diálogo. Su discurso repetitivo pretende ser una evidencia pero no deja de ser una “realidad mítica” que solo puede derivar en una locura desesperada. El diálogo es casi imposible. Por dogmatismo inasequible al desaliento. Y también por lo aburrido que es tratar con tanta miserable pobreza intelectual.

El discurso independentista también se basa en dos realidades subjetivas que se han convertido en mitos movilizadores. Se identifica un proyecto político con un amplio consenso social. Pero la sociedad catalana dista mucho de ser homogénea. Sobre esta cuestión como en todo. Es cierto que no hay un proyecto alternativo que pueda competir con el independentismo en la calle. Pero una parte de la sociedad lo apoya o se mantiene neutral debido al descrédito del gobierno español. Los gobernantes del PP han sido los mayores estímulantes de la movilización masiva por el derecho a decidir y de la independencia. El autor, a priori no independentista, votó Sí-Sí en la consulta no legal. Un nuevo gobierno en España, si propusiera un diálogo y un pacto específico para Catalunya, facilitaría la emergencia de posiciones intermedias. El proceso independentista se ha acelerado, sin la prudencia política de esperar, y si es posible facilitar, un cambio de gobierno en España. Algunos liderazgos presentan el fruto prohibido como al alcance de la mano. Nos lo ofrecen en 18 meses o nueve incluso. Se confunde la realidad con el deseo. Una aventura frustrante y peligrosa.

Al margen de los discursos románticos de unos y los principios metafísicos de otros, todos saben que sus objetivos son mucho más a corto plazo. El gobierno del PP sabe que, a pesar de una publicidad exagerada sobre la reactivación económica, es poco probable que gane las elecciones por mayoría y lo difícil que pueda construir alianzas. El desafío independentista, estimulado por el propio PP, es utilizado no como un problema político a resolver, sino como un instrumento para excitar el patrioterismo español, el de la rabia y la idea. Se utiliza el deseo no como un medio para mejorar la realidad, en este caso la convivencia democrática sino como un acicate de las emociones negativas, el anticatalanismo irracional, la confrontación amigo-enemigo. Ganar las elecciones a cualquier precio, por vil que sea. Este afán provocador solo se complementa por una creciente voluntad represora. Se manipulan sentimientos elementales para modificar una realidad que les es adversa.

El gobierno catalán ha planteado a su vez unas elecciones “plebiscitarias” que tienen algo de trampa. No me refiero al hecho de convocar unas elecciones autonómicas como alternativa a una consulta reprimida por el gobierno y la judicatura del Estado español. Es legítimo buscar un medio legal para consultar a los ciudadanos. Pero ha sido un planteamiento partidista que solo puede servir para mantener la alianza entre Convergencia y Esquerra republicana y pretender ganar las elecciones. Aún suponiendo que la candidatura promovida por estos dos partidos obtuvieran la mayoría parlamentaria no podrían ir más allá de una declaración retórica a favor de la independencia y de continuar creando esbozos de estructuras de Estado sin serlo. Por cierto estos dos partidos, actualmente independentistas no lo fueron en un pasado reciente. Convergencia es un converso de última hora y ERC no fue independentista ni antes de la dictadura ni en los primeros años de la democracia. En fin, sea cual sean los deseos de la pretendida candidatura por la independencia si ganará solo servirá para garantizarles cuatro años de gobierno. Si antes no se provoca un choque de trenes. Espero que sus líderes no quieran identificarse con el general Della Rovere.

El escenario hubiera podido ser otro. Crear algo parecido como la Asamblea de Catalunya de los años 70. Buscar un gran denominador común como fue la autodeterminación o el derecho a decidir, que probablemente comparte el 80% de la ciudadanía. Con un programa similar a los de los Consejos de Resistencia de Francia e Italia, con fuerte contenido social. Un programa común que no es obstáculo para que se presentaran una pluralidad de listas. Pero se ha preferido dejar fuera a gran parte de las izquierdas. Ha sido una opción que no beneficia a nadie. Se debilita ahora a las otras alternativas y una candidatura heterogénea, si consigue gobernar, inevitablemente implosionará. El 11 de setiembre corre el riesgo no ser un acto unitario, sería empezar mal esta nueva etapa. A menos que la convocante Asamblea Nacional Catalana amplié los contenidos e invite a participar a las fuerzas políticas y sociales que asumen la autodeterminación.

La amenaza no es el independentismo de unos y el afán represor de los otros. La gran amenaza es que se pierda el control de las dinámicas en curso. La tensión se acentúa cada día. Los liderazgos son débiles, las escaladas de unos y otros pueden derivar en el egocentrismo de cada parte, las emociones colectivas pueden desbordarse . Los gobernantes españoles pueden ser empujados por los demonios que han desatado y algunos líderes catalanes parecen tentados por aventuras sin otro futuro que una regresión democrática. España no se merece el coste de la involución autoritaria. Y Catalunya debe contribuir a liquidar el régimen actual y forzar un pacto sobre la base de contar con grandes mayorías sociales en casa y potentes aliados en España y en Europa.
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