Espacio público, test de la ciudad democrática.

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Plaza Sol, Madrid. Mayo de 2011

1. La ciudad es espacio público

Hay muchas formas de definir la ciudad. Muchas de ellas son válidas o útiles como la del sociólogo Wirth que expone las tres condiciones que califican a la ciudad: tamaño, densidad, heterogeneidad. Otras definiciones caracterizan la por su status político-jurídico: municipio o alguna forma de autogobierno. O por generar unas pautas de comportamiento que posibilitan la convivencia y que las hace expresar una cultura o una identidad específicas, como encontramos en Mumford. Los geógrafos han definido en muchos casos la ciudad por sus funciones, principalmente por su capacidad de generar excedente y concentrar el intercambio en un ámbito territorial (hinterland) siguiendo al antropólogo Gordon Childe. Los economistas, como Marshall, enfatizan las “economías de aglomeración” que nos presentan la ciudad como un gran centro de producción. Marx y Engels proporcionan pistas para analizar la ciudad como ámbito de “acumulación de capital” como ha analizado recientemente Harvey. La ciudad también se ha concebido como el lugar de la creatividad, de la innovación, del cambio, como expuso muy bien Ascher. Lefevbre por su parte afirmó que la ciudad es la representación física de la sociedad. Y Habermas, refiriéndose al espacio público ciudadano, dijo que era donde la sociedad se representaba a sí misma.

Hay otras definiciones muy pobres, reduccionistas a una sola dimensión, como las que enfatizan el tamaño, o la continuidad de lo construído, o la presencia del poder político o religioso. Algunas definiciones que alcanzan el grado de ridículas como la que perpetró una ministra de vivienda del gobierno español en los inicios de nuestro siglo: “la ciudad es una vivienda al lado de otra”, dijo la buena pero no muy inteligente señora.

Oriol Bohigas escribió en el prólogo del libro “Espacio público: ciudad y ciudadanía” declara “el espacio público es la ciudad” y afirma que la importancia y utilidad del libro citado es que parte de esta posición clara y radical. Si el espacio público es la ciudad, la calidad del espacio público condiciona la calidad de la ciudad.

La ventaja que, a nuestro parecer, priorizar el espacio público como instrumento de análisis y de intervención sobre la ciudad. Nos permite relacionar todas las dimensiones propias de la ciudad, nos proporciona un hilo interpretativo sobre su historia y las dinámicas existentes, hace emerger a los agentes actuantes, nos muestra sus déficits, sus omisiones, sus exclusiones y sus contradicciones. El espacio público es revelador de lo que es la ciudad.

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Campamento. Zócalo DF. Profesores CNTE CC by-sa Razi Marysol Machay / Flickr

2. Ciudad, espacio público y poder

El espacio público es históricamente el espacio del poder, político, militar, religioso, económico. En muchos casos eran espacios reservados y excluyentes, ostentosos y controlados. Grandes plazas y avenidas cuya toponimia ya indicaba quienes tenían o tuvieron el poder. El espacio público del poder era a la vez metáfora o símbolo del poder y ámbito donde éste se ejercía y se expresa: concentraciones plebiscitarias y represión social, desfiles militares y procesiones de la Iglesia y ejecuciones reales o simbólicas de los desviantes o opositores. La dictadura franquista solamente permitía cualquier actividad en el espacio público, incluso una charla entre más de 3 personas, si estaba autorizada por la policía. Incluso muerto Franco el ministro del Interior y hasta su reciente desaparición presidente del PP, actual partido gobernante, declaró “La calle es mía”. Para el poder político el espacio público debe ser extremadamente controlado.

El espacio público es también un espacio económico, donde se realiza el comercio y la publicidad, donde se sitúan y se exponen los empresas y se hace negocio inmobiliario. El espacio público cualifica los entornos construidos y los valoriza. La ciudad cuánto más compleja más facilita la circulación del capital, más oportunidades se crean para la especulación. Actualmente, bajo la influencia determinante del capital financiero, la ciudad ha devenido una de las principales fuentes de acumulación de capital. El espacio público deviene mercancía, se privatiza como Times Square en manos del grupo Disney. O se diluye entre torres y vías más o menos rápidas, o se pierde en las pefiriferias. El comercio, el mercado, contribuyó decisivamente a que emergiera un espacio público como espacio de uso colectivo. Actualmente el carácter especulativo del capitalismo financiero cuya lógica cortoplacista es producir dinero por medio de dinero degrada y miserabiliza el espacio público y a la larga conlleva la progresiva disolución de la misma como el ámbito más real de la democracia.

El espacio público es también, y ante todo, espacio de uso colectivo, libre, heterogéneo, multifuncional, convivencial, integrador, cargado de sentido, de memoria, de identidad. Proporciona bienes y servicios a los ciudadanos y permite promover la redistribución social mediante formas de salario indirecto. En el espacio público los ciudadanos se reconocen mutuamente como tale, sujetos de derechos, libres e iguales. En este espacio se afirma a la vez la individualidad de cada uno y la existencia de una comunidad de personas que mantienen a la vez lazos solidarios e intereses y valores contradictorios. El espacio público es el ámbito de expresión política, a favor o en contra de los poderes existentes.

La lógica del poder político es el control del espacio público para regular el funcionamiento de la ciudad y para pautar el comportamiento de la ciudadanía. Es una lógica de someter a los ciudadanos al poder político. La lógica de los poderes económicos es sacar el mayor beneficio del espacio público como elemento de valorización, como potencial privatizador, como medio de excluir a las poblaciones y las actividades que no sean rentables, como convertir en mercancía todo lo que bulle en el espacio público. En consecuencia el espacio público ciudadano es un espacio de conquista permanente. La ocupación del espacio público a veces puede ser una concesión del poder político, pues de debe a sus electores. En otros casos puede ser resultado de un pacto con el poder económico en el que participan poderes públicos y colectivos ciudadanos. Pero casi siempre hay momentos de iniciativa popular, de acción colectiva conquistadora, de uso social de un espacio para hacer que devenga público. El espacio público se conquista.

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São Paulo «O povo acordou» CC by Carlos Valera / Flickr

3. La responsabilidad de los urbanistas y el espacio público

El espacio público tiene funciones urbanísticas específicas, es elemento principal de ordenación del entorno inmediato que debe ofrecer además bienestar a la ciudadanía , elementos significantes, ambientes amables. Es, a una escala mayor, la articulación de los microespacios con el espacio ciudadano mediante ejes físicos y referentes simbólicos y favoreciendo las movilidades y las centralidades, la accesibilidad y la visibilidad de todas las poblaciones y zonas de la ciudad. Los espacios públicos deben ser polivalentes y evolutivos, abiertos a toda la ciudadanía, deben permitir la expresión de los colectivos sociales en todas sus dimensiones.

Los urbanistas deben ser también voces críticas, que denuncien los muros que cierran calles y barrios, la privatización de los espacios públicos, la exclusión de colectivos sociales, las arquitecturas que de facto niegan la posibilidad de espacios públicos como los conjuntos de torres en medio de la nada o los complejos especializados. Como deben denunciar las periferias que se pierden en tierras de nadie, los guetos sociales, los espacios lacónicos. Y no ser cómplices de operaciones que proponen rehabilitación de zonas deficitarias pero que persiguen expulsar a una población para que ocupen el lugar colectivos más solventes. Ni de los grandes proyectos urbanos, con arquitecturas de firma mediática, que son grandes operaciones especulativas y que generan zonas exclusivas para los negocios, las centralidades de alto standing y la residencia para los sectores de altos ingresos.

Como lamentablemente los urbanistas en su mayoría no se plantean estas cuestiones, unos por afán de lucrarse en las operaciones perversas citadas, la mayoría por no haber tenido una formación más integral, que combine el diseño formal y los efectos sociales, la cualificación del entorno urbano con el sentido que ello tengo para la ciudadanía, la funcionalidad urbanística con la expresión política. El urbanismo no puede olvidar que no es solamente una técnica y un arte, es también un instrumento de intervención social y un ejercicio de responsabilidad política.

Jordi Borja, septiembre 2013.

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