Elecciones para iniciar una nueva época

Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” afirmó, según cuentan, Arquímedes. Las elecciones municipales en España probablemente no moverán el mundo pero si a muchos cargos públicos de sus sillones de platea, no únicamente alcaldes y concejales. Pueden ser el fin de un sistema político carcomido y desacreditado y una renovación de la política y de la mayoría de sus representantes institucionales actuales. Según cual sea el resultado de esta selecciones las siguientes, las generales, serán simplemente la puntilla. No plantearlo así no solamente sería perder una oportunidad de iniciar un proceso de “salud pública”, también frustrar las esperanzas latentes de una ciudadanía que vive en un estado de malestar permanente. “Resistir es tener esperanza” (René Char). Ahora las esperanzas están en las próximas elecciones municipales.

Por lo tanto hay que “socializar políticamente las elecciones”. Expresar el rechazo del sistema electoral, el bipartidismo, el gobierno del PP, la reducción de la política a la delegación electorial, la partitocracia, la miseria de los instrumentos participativos, etc. El adversario principal es el PP. Hacer de las elecciones municipales la derrota aplastante del PP y de sus cómplices (en cada ciudad o comunidad autónoma los hay). Se trata de democratizar una democracia interrupta y a la vez degenerada. El discurso político democratizador del ámbito local hay elevarlo al conjunto del Estado.

Estamos en un cambio de época. El capitalismo financiero global condiciona las economías locales. Triunfan la especulación sobre la producción y todo es mercancía, los valores de cambio se imponen los de uso. No hace falta leer a Piketty para observar como crecen las desigualdades y exclusions sociales en nuestras ciudades. Un indicador nada sospechoso de “izquierdista” coloca a Madrid y Barcelona entre las ciudades de menos “cohesión social”.1 Las ciudades “centrales” españolas se recalificaron en las dos décadas que siguieron a las primeras elecciones municipales democráticas post dictadura (1979). Pero las ciudades, a mediados de los 90, el boom immobiliario primero y la posterior crisis luego las han hecho gradualmente excluyentes: han expulsado a sectores populares, jóvenes e inmigrantes hacia las periferias “Dónde la ciudad cambia de nombre”, título de la novela-documento de Paco Candel. El paisaje de “chabolas verticales” ahora es peor, más lejos de la ciudad.

No es cierto que la gran mayoría de la población vive en ciudades. La mitad por lo menos vive en zonas urbanizadas pero al margen de la ciudad. Hoy el hecho territorial más potente y negativo es la urbanización sin ciudad.2 Hay que replantearse la ciudad metropolitana (plurimunicpal): la base económica (economía productiva, social y verde), la unificación fiscal y politica y un proyecto urbanístico integrador. Lo cual requiere grandes proyectos, sin miedo a la palabra a veces pervertida. Hay que evitar de caer del lado del “socialismo reaccionario”3. Se trata de “hacer ciudad”.

Es urgente reorganizar el mapa territorial. Sin entrar en el tema de las nacionalidades en España sobran muchos municipios, sobran las provincias y cualquier otra entidad intermedia. Incluso sobran bastantes comunidades autónomas. Excepto en algunas zonas rurales y de baja urbanización es necesario organizar el territorio en entidades urbanas o metropolitanas, graviten sobre una ciudad central o tiendan a polarizarse por una red de ciudades intermedias. La cobardía y los intereses corporativos de la actual clase política ante reformas estructurales (y electorales), las prebendas que genera la multiplicación de instituciones y entidades territoriales y la consiguiente ineficacia y opacidad de las mismas representa un alto coste económico y político. Estas entidades metropolitanas tendrán gran parte de las municipales, las de las provincias y parte de las autonómicas. Los actuales municipios serán circunscripción electoral (sin perjuicio de una estricta proporcionalidad) y entes descentralizados con funcions de ejecución, gestión, cooperación e iniciativa. Hay que adaptar la institucionalidad política y financiera a las realidades económicas y sociales. Lo cual hace posible una fiscalidad más justa.

Las izquierdas o las fuerzas progresistas cuando llegan a ocupar los gobiernos locales tienden a actuar en tres direcciones: actuaciones sociales de urgencia en barrios deficitarios y para poblaciones vulnerables; mejora de los servicios públicos de uso colectivo y de mejora ambiental y cultural; y finalmente intervencions urbanísticas, espacio público, equipamientos, vivienda protegida o social y en algunos casos de generación de empleo. Nada que oponer, las intenciones son buenas y los resultados immediatos acostumbran a ser positivos pero limitados. Sería un gran error no acentuar estas actuaciones, especialmente referidas a la pobreza, la vivienda, el empleo y la protección social.

Pero precisamente ante las actuaciones más potentes, las referidas al urbanismo, las intevenciones en el tejido urbano o los desarrollos nuevo, hay que preguntarse ¿para quién?. No discutiremos los beneficios que reciben los afectados por estas actuaciones. Pero ¿y después? Hay que tener en cuenta los efectos perversos de las buenas acciones urbanísticas. Se mejora la ciudad, se multiplican los precios del suelo y de la vivienda y el mercado acaba expulsando a los sectores populares y a veces medios. Son substituidos por población de mayores ingresos, comercios y oficinas y usos turísticos. Se trata de intevenir en los procesos causales excluyentes: control del suelo y recuperación de plusvalias, bancos de suelo y hipotecarios de gestión pública y cívica, operaciones públicas o de economía social de vivienda, compacidad de la ciudad y continuidad del tejido urbano, policentrismo, mixtura social y funcional de los proyectos urbanos. Y ante todo yugular la especulación mediante políticas fiscales y urbanísticas (que a la larga acaben socializando el suelo urbano y urbanizable). Es preciso cuestionar la concepción legal del derecho de “propiedad privada” cuando se trata de bienes vocacionalmente comunes como el suelo, el agua, el aire y la energía. No vamos a ser menos que los griegos antiguos.

Para terminar, veamos esta nueva palabra “passepartout”, como el Cantinflas de La vuelta al mundo en 80 días. Me refiero a la “nueva política”. Desconfiad de las palabras leí en un enorme grafiti en el barrio parisino de Belleville (por cierto muy cerca de la librería Le Genre Urbain, especializado en temàtica urbana). Nació como marca de una actitud política crítica, gente indignada que quería que se la tuviera en cuenta, sentimiento que los representantes institucionales no te representaban, conquistar derechos reales y no meramente formales. Se ha convertido en una marca. Ha circulado mucho, demasiado, ha dado vueltas y vueltas, el círculo se ha hecho vicioso. La marca existe, el producto aún no. Los portavoces de la nueva política se presentan a las elecciones, veremos cuando lleguen al gobierno lo que proponen y lo que hacen después. No es una crítica, es lógico que sea así, hay que ver como actúan cuando se enfrenten con la resistencia de la realidad. Ya es mucho que existan, que hayan sabido presentarse exitosamente en el escenario político y mediático y que tengan opciones de gobernar tanto a nivel local, autonómico y estatal. Pero por ahora sobretodo es una marca. Y la marca también se ha convertido en producto.

Pero ¿cúal es el producto? El contenido específico de la “nueva política” es la participación, la iniciativa popular, la movilización social. La propaganda es legítima y necesaria pero con más o menos apoyos los gobernantes deben saber qué quieren ellos y que quieren los ciudadanos, cuales son las prioridades y los instrumentos y cual es la estrategia para alcanzar resultados a medio y largo plazo, no solo lo inmediato. Los ciudadanos tienen la expectativa que los gobernantes, los nuevos, van a enfrentarse con los problemas y aportarán algunas soluciones. Tienen derecho a participar, criticar, proponer, apoyar y controlar pero no el deber. Las tareas de elaborar y ejecutar las políticas públicas es el deber de los gobernantes y de los funcionarios y profesionales, no del conjunto de la ciudadanía. Los llamados a priori a la movilización son actos retóricos. Cuando llega el moment y hay condiciones concretas que lo exigen se hace pero no se proclama de antemano. Y no olvidemos que las movilizaciones también se pueden volver contra los nuevos gobernantes. Ni los unos ni los otros no siempre tienen razón, pero siempre tienen razones.

Una última consideración sobre el tiempo. Políticas ciudadanas que dejen huellas, que dificílmente sean reversibles, que modifiquen la relación de fuerzas entre la acumulación especulativa de capital y la mejora significativa del salario indirecto o ciudadano (o reproducción social) y que suponen una dinàmica profunda que reoriente las tendencias perversas actuales requiere tiempo. Cuando la nueva política, con su honesta y necesaria ambición transformadora, inicie su travesía en las instituciones de gobierno debe tener muy claro cual es su objetivo prioritario: mantenerse en el poder, ganar las siguientes elecciones y las siguientes. Los grandes cambios requieren en muchos casos 10 o 15 años de poder político con apoyo e iniciativa populares.

Hay que partir de la base que las elecciones se ganan porque los que gobiernan las pierden, como decía Popper (en ésto creo que tenía razón)4. Para ganar las próximas elecciones no es necesario tener un programa concreto, ni una respuesta para todo. Como decía una inscripción en un muro de Lima: No queremos hechos, queremos ilusiones. Transmitir ilusión y esperanza , sinceridad y seriedad, es la clave. Pero hay que saber lo que se va a hacer en los primeros 6 meses, lo cual supone tener una idea de los objetivos y de los instrumentos. Lo que no se plantea al inicio del mandato difícilmente se va a realizar más tarde.

Notas

1 IESE. Business School, Centro de Globalización y Estrategia. Indice “Cities in Motion”, 2015. Como es sabido el IESE está estrechamente ligado al Opus Dei. Patrocinan el estudio Schneider Electric, Telefónica e IBM. En el ranking de cohesión social, entre 148 grandes ciudades del mundo, Barcelona se sitúa en el número 129 y Madrid en el 124 . En cambio en el ranking global (incluye además capital humano, economía, gestión pública, gobernanza, movilidad, medio ambiente, planificación urbana, proyeccción internacional y tecnología) Barcelona se sitúa en el lugar 34 y Madrid en el 35. Los indicadores utilizados son el índice de desigualdad de Gini, el precio de la vivienda en relación al ingreso, la tasa de desempleo, índices de sanidad, de criminalidad y ratio de muertes por 100.habs. Estos indicadores son discutibles pero la comparación es útil.

2. La “urbanización sin ciudad” es lo urbano sin ciudadanía, sin derechos. El informe del Banco Mundial de 2009, en plena crisis del sector immobiliario, consideraba como uno de los principales indicadores del “desarrollo” es el número de km cuadrados de urbanizaciones periféricas y diseminadas, segregación y exclusión sociales, barrios cerrados, suelos expectantes para especular, conjuntos de viviendas de calidad ínfima, etc. Todo ello con altos costes sociales y ambientales. Los organismos internacionales apostaron por la especulación.

3 Crítica de Marx y Engels a Sismondi y otros cientistas sociales que escandalizados por la expulsión de los campesinos y la miseria urbana y laboral de los trabajadores de la industria mitificaron el pasado precapitalista.

4 Popper aducía un argumento simple. Los ciudadanos votan principalmente porque no quieren que los que gobiernan sigan, quieren echarlos. Votan a otros sin saber muy bien que harán pero al menos para probarlo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *