El posible inicio de un nuevo escenario político

El posible inicio de un nuevo escenario político. Jordi Borja, dic 2015
Algo ha cambiado ya. El bipartidismo inmobilista que nació para consolidar y desarrollar los derechos se convirtió en un corsé que los redujo a procedimientos formalistas. El marco jurídico-político inicialmente nos libera, luego nos oprime. Por una parte el PP (Partido Popular), una derecha que integra a la extrema derecha y que se autoproclama de centro pero con ideas y políticas entre conservadoras y reaccionarias: ultraneoliberalismo al servicio de los grandes grupos económicos, catolicismo preconciliar y españolismo rancio, tendencias autoritarias. Por otra parte el PSOE (Partido Socialista), de centro-izquierda, social-liberal, centralista e institucionalista, con vocación reproductiva en los aparatos del Estado. Ambos coinciden en no ir más allá de cambios siempre que nada cambie, o lo mínimo y que les mantenga en la cómoda alternancia. Pero ya no parece posible. Tres actores nuevos, o por lo menos con una fuerza mucho mayor que en el pasado, indican un cambio en el escenario político.

Primero: la emergencia generacional que se expresó entre los jóvenes indignados del mayo de 1911. Fue un movimiento de socialización política masiva. No se puede entender este esbozo de cambio sin la indignación que ocupó las plazas y se esparció por todo el país. Ha dejado un poso activo con vocación democratizadora de una democracia “representativa” que se había aislado de la ciudadanía y gobernó para una minoría de privilegiado. No es necesario que nos extendamos más

Segundo: dos partidos nuevos, Podemos y Ciudadanos, los primeros podrían calificarse de “nueva izquierda” y los segundos de conservadores liberales, ambos movilizan una parte significativa de jóvenes y tambíen de exabstencionistas. Ambos partidos han disputado PP y PSOE los primeros lugares en las recientes elecciones generales. Con más éxito Podemos que Ciudadanos. Hay que contar además con los movimientos y plataformas ciudadana como En Comù (Catalunya) y las izquierdas nacionalistas de la periferia (País Valenciano, Galicia, País Vasco, etc).

Tercero: la movilización catalana frente al modelo de Estado uniformista que ha llevado al 80% de la población a exigir una consulta o referendum en la que se plantea una posible independencia (actualmente el independentismo se situa entre el 40 y el 50% de los electores). El movimiento popular catalán ha contribuido mucho a la crisis política del gobierno del PP y del modelo de Estado.

El resultado de las elecciones puede significar el inicio de un futuro cambio político estructural que afectaría a las políticas públicas, a la relación con la oligarquía financiera y grandes empresas de servicios, a la participación de la ciudadanía y a la reorganización territorial del Estado. Las elecciones municipales (mayo 2015) ya iban en esta línea: las victorias de las candidaturas ciudadanas y de orientación progresista y popular en Madrid, Barcelona, Valencia, las tres ciudades mayores y muchas otras medias y pequeñas. El PP ha ganado las elecciones pero no es nada seguro que pueda liderar el gobierno. Una de sus características es su incapacidad de hacer pactos y por ahora todos los otros partidos le rechazan los apoyos. Y menos ahora que aparece como opción decadente: en las elecciones anteriores (2011) obtuvo el 44,6 de votos y ahora el 28,7%. Algo parecido ocurre con el PSOE, obtuvo 44% (2008), 29% (2011) y ahora bajó a 22%.

Podemos alcanzó casi al PSOE, con el 20’7% y Ciudadanos el 14%. Ambos se presentaban por primera vez a las elecciones generales y tienen fuertes opciones para el futuro inmediato. Ciudadanos, la opción neoconservadora, no alcanza a formar mayoría con el PP, pero por su parte lo dejaría gobernar solo y presionarle luego desde el Parlamento para apoyarle y debilitarle a la vez. Podemos en cambio podría formar mayoría con el PSOE y algunos nacionalistas (vascos y catalanes) pero a pesar de algunos gestos en este sentido del líder socialista encuentra una muy fuerte oposición de los dirigentes regionales encabezados por la líder andaluza, caracterizada por su sectarismo de aparato y su españolismo primario. Podemos posee una ambición urgente de poder y una vpero no puede subordinarse al PSOE ni renunciar a su diferencia como es la regeneración política y la plurinacionalidad del Estado, lo cual incluye el derecho de autodeterminación, lo cual rechaza del todo el PSOE.

El PSOE mira más al centro que a la izquierda, pero la mayoría de su electorado y de sus militantes son republicanos y socializantes. Los poderes fácticos (económicos y mediáticos) le presionarán para que pacte con el PP como hará seguramene Ciudadanos. Por ahora el PSOE rechaza un acuerdo de gobierno con el PP y votarà en contra cuando Rajoy presentes su candidatura a jefe de gobierno. Aunque si es preciso más adelante puede abstenerse para evitar nuevas elecciones. Para el PSOE apoyar ahora al PP sería un suicidio, sería una traición a sus electores y perdería una gran cuota de confianza. A pesar de haber practicado políticas económicas de austeridad y de regresión social asi como políticas internacionales y centralistas muy similares a las del PP aún representa una opción más democràtica que las derechas españolas.
El PP parece condenado a intentar gobernar en minoría y precariamente. Su etapa de gobierno será un via crucis y las siguientes elecciones es muy posible que no deberá avanzarlas y las perderá. Su potencial aliado, Ciudadanos, pretende substituirlo pero las elecciones han demostrado sus límites. Solamente un enorme desgaste del PP podría darle opciones en las siguientes elecciones a liderar un gobierno, quizás con el apoyo del PSOE. Ciudadanos genera muchos anticuerpos, especialmente en las nacionalidades históricas (Catalunya, País Vasco, Galicia) y este matrimonio de interés sería también contra natura. No es imposible pero poco probable. Hay que tener en cuenta sin embargo que PSOE y Ciudadanos coinciden con el PP respecto a la cuestión catalana: los tres rechazan absolutamente la consulta, no reconocen la especificidad de las naciones históricas y defienden un neocentralismo con regiones dependientes y uniformadas. Lo cual, si la tensión Estado-Catalunya se acentúa, pueden armar un pacto entre los tres.

Podemos y sus aliados son ahora la única fuerza política que significa un cambio real. Puede protagonizar una segunda transición pues la primera fue frenada por el intento de golpe de Estado de 1981 y que asumió el gobierno del PSOE al año siguiente. Para ello Podemos debe aplicar al conjunto de España los pactos y las consiguientes coaliciones como hizo en las municipales con los otras fuerzas de la izquierda y como hizo ahora solo en Catalunya (venció con el 25%), Valencia y Galicia. También fue la fuerza más votada en el País Vasco y obtuvo buenos resultados, casi siempre como segunda fuerza, en Asturias, Navarra, Islas Baleares y Canarias. Y quizás pudo haberlo sido en Madrid si se hubiera coaligado con Izquierda Unida (IU, herederos del PCE). En las recientes elecciones si Podemos y IU se hubieran unido en todo el país ya se hubiera realizado el “sorpasso” ante el PSOE: hubiera obtenido más del 24 % de los votos frente a los 22% de los socialistas. Sobre la base de superar en votos al PSOE deberá atraerle sobre un programa de políticas sociales y regeneradores que requieren la democratización pendiente PSOE. Y abrir un díalogo con las fuerzas políticas catalanas sin a priori esencialismos.

La cuestión catalana es uno de los elementos basícos de la complejidad del escenario político. En estas elecciones se ha demostrado una vez más la fuerza del independentismo, a pesar de las interpretaciones interesadas de los medios. En unas elecciones generales, que siempre son mucho más favorables a los partidos estatales, los partidos que se declaran independentistas han obtenido el 31 % de los votos, como ya tenían en las anteriores elecciones sumados el centro derecha de Convegencia y el centro izquierda de Esquerra Republicana. Habría que añadir los votos de la CUP (que no se presentó a las elecciones “españolas”), lo cual les aproximaría al 40% . Se debería tener en cuenta además que la mitad de los votos de la coalición de izquierdas (En Común, Podemos, Iniciativa, IU), vencedora de las elecciones generales, son potencialmente independentistas en caso de referendum. Pero el independentismo no supera por ahora el 50%.

El bloque “unionista”, PP y Ciudadanos (derecha española) y el socialismo catalán, han sumado el 40%. En un referendum los indicadores nos dicen que hay un empate en el 50%. De las cuatro grandes fuerzas políticas de ámbito estatal solamente Podemos acepta un referéndum en Catalunya. Sin embargo un gobierno español dialogante y pactista que aceptase la consulta probablemente conseguiría 55 o 60 % de un no a la independencia siempre que hubiera una alternativa que reconociera la plurinacionalidad del Estado. El éxito de Podemos en las recientes elecciones ha sido en Catalunya y en las nacionalidades històricas, País Vasco y Galicia. Lo cual confirma su apoyo al referendúm y la inclusiçon de laplurinacionalidad del Estado en la Constitución.

El PSOE y con muchas reticencias el PP y Ciudadanos proponen una reforma de la Constitución que incluiría una reforma electoral y una reorganización territorial que podría convertir el Senado en la Cámara de las “regiones y nacionalidades”. Pero pretenden mantener el caràcter uniformista de la organización del Estado y la legislación “bàsica” en todas las materias competenciales. No parece que sea el mejor camino, más bien todo lo contrario para resolver el conflicto catalán. Habría una solución más simple y que podría ser aceptable para todos una una disposición adicional a la Constitución que reconociera la especificidad de la nacionalidad catalana, que ya consta en texto constitucional, y en consecuencia se le atribuiría a Catalunya las competencias exclusivas en lengua, educación y cultura y se le facilitaria la proyección internacional. La cuestión fiscal podría ser objeto de una reforma legislativa que revisara el deficit fiscal excesivo que afecta a diversas autonomías.

Por ahora las posiciones están confrontadas, sin diálogos ni bases mínimas de acuerdo. El inmobilismo del gobierno del PP por un lado y el independentismo a ultranza por parte de los gobernantes de Catalunya nos lleva a un camino sin salida, una tensión permanente y un riesgo que las aguas se desborden del marco legal y pacífico que aún subsiste. Sería a la vez una brutal regresión democràtica en España y la peor exaltación de nacionalismo rancio y una frustración de la mayoría de los catalanes y la supresión, o casi, de las instituciones catalanas actuales. No es lo más probable, esperemos que así sea.

El PP, aunque pueda alcanzar el gobierno, está muy debilitado. Y Ciudadanos no está ni en el gobierno ni en la oposición. El PSOE, o algunos des sus dirigentes, está más abierto al diálogo, más por necesidad que por gusto. Los socialistas catalanes defendieron hasta hace un par de años el derecho a decidir y Felipe González y los dirigentes del PSOE defendieron la autodeterminación de vascos y catalanes en los años de la transición (hasta finales de los 70). Los partidos independentistas catalanes también están debilitados y fragmentados, desde el centro derecha hasta la ultraizquierda de CUP. Y es muy difícil que se mantengan aliados mucho tiempo, lo cual abre un gran espacio al bloque de izquierdas que ha ganado las elecciones. El movimiento popular catalán que emergió en 2011 aparece ahora algo desorientado y necesita una representación política más realista y que supere el impasse del independentismo a ultranza. La alianza de Podemos con el movimiento liderado por la actual alcaldesa de Barcelona Ada Colau (una líder que ya tiene una fuerte presencia a nivel del Estado y que puede competir con el líder de Podemos), Izquierda Unida y una fuerza minoritaria pero sólida como Iniciativa por Catalunya (los herederos del prestigioso PSUC eurocomunista) ha ganado con rotundidad las elecciones generales, con el 25% de los votos. Los dos partidos independentistas y los socialistas obtuvieron cada uno alrededor de 15% y Ciudadanos y el PP, los dos partidos más “españolistas” obtuvieron 13 y 11%, los menos votados de todos. La coalición de izquierdas ha hecho del “derecho a decidir”, el referéndum, su objetivo catalán, una posición intermedia que es a la vez movilizadora, ampliamente mayoritaria en Catalunya, relativamente comprensible en el resto de España y que permite un díalogo y llegara a acuerdos entre las fuerzas políticas, culturales y sociales españolas y catalanas. El cambio, o la segunda transición, se realizará en las siguientes elecciones, en el caso que gane Podemos y sus aliados.

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