El desorden establecido

Prefiero la injusticia al desorden”. Goethe se podría haber ahorrado esta afirmación muy poco simpática, más propia de un privilegiado egoísta que de un gran escritor humanista. Una alternativa absurda pues el “desorden” es un factor multiplicador de la injusticia. Pero ocurre a veces que los que se rebelan no son causantes de los desordenes que aquejan al conjunto de la sociedad. Lo hacen contra “el desorden establecido”, expresión afortunada del fundador de Esprit, Mounier. Y los responsables de este desorden, político y económico, están encantados en encontrar (o generar) ocasiones para transferir el desorden a sus víctimas, si se rebelan contra ellos. Como ha ocurrido estos días a raíz de la poco afortunada iniciativa de impedir la entrada en el Parlament a los diputados que debían debatir el proyecto de presupuesto.

Creo que no vale la pena insistir mucho en ello. Un movimiento masivo y prestigiado ante la mayoría de la ciudadanía (así lo dicen las encuestas) se dejó llevar por una propuesta aparentemente audaz y en realidad bastante infantil. En política es indispensable evaluar la relación de fuerzas: ¿era realista suponer que podrían impedir que se reuniera el Parlament? Y también el impacto social de la acción que pretendes realizar: si ya una parte importante del 15 M no estaba muy convencida por la iniciativa (y muchos de ello no fueron) era fácil suponer que muchos ciudadanos simpatizantes no comprendieran que se pretendiera menospreciar algo tan fundamental de la democracia como es el sufragio universal.

Pero se priorizó lo más primario, la voluntad de “expresarse” de los sectores más radicales, en lugar del razonamiento de cómo hacer progresar el movimiento. Una iniciativa fácilmente manipulable pues aunque la voluntad de los concentrados en la Ciutadella fuera ejercer una presión pacífica pero destinada a impedir el ingreso en el Parlament era inevitable que emergieran brotes de violencia. Fue la ocasión de que aparecieran los colectivos más o menos ideologizados partidarios de la confrontación sistemática y que habían estado ausentes de Plaza Catalunya además de los provocadores públicos y privados habituales y de gentes que se dejaran llevar por la presión ambiental. El acompañamiento musical de insultos y gritos ya no era tan minoritaria, aunque injusta o contraproducente, pero expresaba la enorme distancia que se ha creado entre la gran parte de la juventud y la política recluida en las instituciones. Un escenario donde todos pareces iguales, aunque no lo sean, privilegiados, cómplices o sicarios de los poderes fácticos (el sector financiero y las grandes empresas), o subalternos. Todos incapaces de proponerles soluciones de presente e ilusiones de futuro a unos jóvenes que no conocieron la dictadura pero si la frustración de sus expectativas personales y colectivas.

La reacción del “establishment” ha sido desproporcionada y deshonesta. Un president histérico, con el miedo propio de alguien protegido por sus privilegios, denunciando a todos los “indignados”, a sabiendas que la gran mayoría no son ni delincuentes ni violentos, son víctimas del sistema al que sirve el señorito. Y mejor no nombrar al “conseller” de turno, su aspecto de secundario malvado de un spaghetti western expresa muy bien la calidad del personaje. La mayoría de los medios de comunicación han participado del linchamiento, grandes titulares criminalizadores de los “indignados” como agresores, enemigos de la democracia, golpistas como los del 23 F, imitadores de los nazis. Con excepciones, El País, Público y otros que distinguieron los “violentos” del “conjunto indignado”. Y también espectáculos patéticos, como los “tertulianos” de un conocido programa televisivo matinal que el 15 J reunía a algunos pavos reales y una señora “insignificante por excesiva” (cita de Talleyrand) que se explayaron en la denuncia de estos “peligrosos enemigos de la democracia que asaltan al Estado de derecho”.

¿A qué se debe una reacción tan fuera de lugar? Es evidente que se trata de una operación política por parte de los gobernantes y de los medios de comunicación y económicos que les marcan la línea a seguir. Afirmar su poder, criminalizar y perseguir a un movimiento que les pone en cuestión y que puede convertirse en un obstáculo para aplicar políticas cada vez más antiigualitarias. El plus histérico corresponde seguramente a la sensibilidad o la cobardía propias de gentes que viven en un mundo encerrado sobre sí mismo, en el que se sienten cómodos y seguros y temen que ven que puede tambalearse. El 15 M les provoca miedos. No tanto por la fuerza de éste sino por su significado. Indica un malestar profundo, moviliza energías de muchas más personas de las que se han concentrado en la Plaza Catalunya o en la Ciutadella, descubre que lo que nos venden como democracia es en muchos aspectos un poder oligárquico de carácter político-económico. Una democracia formal imperfecta, limitada, excluyente, y una democracia real falsa, en la que las políticas públicas que dan sentido a la democracia política, las que reducen desigualdades y hacen efectivos los derechos de todos, han sido abandonadas por parte de gobiernos que se alternan sin que ninguno proponga alternativas.

El triunfo del 15 M es éste: resocializar la política desde la calle, dar miedo a poderes menos legítimos que legales, decir NO. Algo se ha puesto en marcha que representa futuros posibles. Y algo aparece hoy como caduco, las elites políticas y financieras que nos han llevado al borde del precipicio y al colmo de la injusticia. Democracia y Estado de derecho si… para todos.

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