Economía Ciudadana. Autor Roger Sunyer – Prólogo de Jordi Borja

La economía ciudadana no es únicamente economía de la ciudad o urbana. Es también una economía vinculada a los derechos ciudadanos: la economía es la actividad productora de bienes y servicios para el bienestar de la población. Una actividad que atribuye a cada persona un sentido a la vida, le hace sentirse útil, desarrolla sus habilidades y conocimientos y afirma su dignidad ante sus conciudadanos. La economía ciudadana es otra cara del urbanismo ciudadano como expone Roger Sunyer al inicio de su obra.1 Por lo tanto en esta obra no encontrarán los tópicos de una literatura económica ideologizada, que utiliza indicadores estadísticos dudosos (como el PIB), que reduce la desocupación a números, que no analiza a fondo las desigualdes de una mayoría y los privilegios de una minoría, que vende como productos rigurosos y necesarios cuando solo sirven a legitimar las políticas anticiudadanas como la competitividad del territorio, el consumismo despilfarrador o el uso indefinido de energías no renovables.
La obra que prologamos parte de un buen punto de partida: la economía globalizada y sus efectos sobre los territorios identificados como Estados. La llamada “economía nacional” es hoy casi una anacronía. El comercio y las finanzas no están regulados, o muy poco, ni por los gobiernos nacionales ni por gobiernos supraestatales en los continentes en procesos de integración (Unión Europea es el ejemplo más formalizado). Por otra parte las “regiones económicas” reales para la mayoría de actores y vivida por la ciudadanía son las regiones urbanas, las grandes metrópolis y sus entornos, las redes de ciudes que estructuran una región. El territorio pertinente para el análisis y la intervención es el local, que obviamente va más allá del municipio. Una cuestión pendiente: la inadecuación de las instituciones políticas territoriales respecto a los procesos sociales y económicos que se dan en áreas urbanas plurimunicipales.
El autor, como el mismo reconoce, no es simplemente un “describidor” de la realidad. Es un actor comprometido. Pretende con sus análisis, con una necesaria dosis crítica, expone líneas de intervención. Para lo cual barre el el lenguaje confesionario y propone estrategias ciudadanas. Y se apoya en tres tipos de capital: el capital social e intelectual acumulado, la educación y la formación permanente y las infraestructuras del territorio y que han sido y pueden ser los soportes de la actividad productiva. Es decir nos ofrece una estrategia económica y financiera antiespeculativa. Su conocimiento de la “banca ética” le permite exponer de forma clara que hay un mundo en el que la actividad económica no se confunde con la codicia, el despilfarro y el engaño.
El libro es pues más que un trabajo de economía urbana, pero también es ésto. Explica muy bien como nuestra sociedad es hoy totalmente urbanizada y las ciudades centrales, compactas y heterogéneas son a la vez el motor de desarrollo e innovación y potencialmente de redistribución social y de gobernabilidad democrática. Sin embargo las dinámicas actuales, impulsadas por la economía especulativa, tienden a la disolución de la ciudad compacta y a la urbanización difusa. El beneficio privado inmediato produce el despilfarro de los recursos básicos (suelo, agua, energía, etc), la segregación y exclusión sociales, el desgobierno transparente y coherente del territorio y altos costes ambientales que hacen insostenible el crecimiento. Las ciudades a su vez especializadas (terciario superior, turismo, zonas residenciales monoclasistas, etc) pierden su valor innovador que requiere mixtura social, cultural y funcional. Los últimos capitulos del libro dedicados al urbanismo ciudadano, a la iniciativa económica y a la ciudad colaborativa son probablemente los más originales y estimulantes.
¿Smart City o Ciudad Colaborativa? Es obvio que la revolución de los medios de información y comunicación puede considerarse la tercera revolución tecnológica moderna o industrial, el vapor a inicios del siglo XIX, la electricidad a finales de este siglo y la actual que se denominó postindustrial o informacional. La primera revolución produjo las grandes ciudades, compactas y de alta densidad. La segunda desarrolló las periferias merced a los transportes urbanos y la comunicación a distancia (teléfono). Se acentuó incluso la densidad mediante la construcción en altura (ascensor) pero también la separación entre las clases sociales. La tercera revolución, la actual, iniciada en el último tercio del siglo XX ha promovido la difusión urbana pero también la concentración del poder económico y político en las ciudades centrales. El uso publicitario de Smart City, promovido por IBM2, ha servido para concentrar la información en las cúpulas del poder político y económico y para controlar a la ciudadanía.
No se trata de tirar el niño con el agua sucia. Smart city, como palabra, ha sido pervertido, se identifica con poder, negocio y publicidad. Pero la realidad a la que se refiere es importante. Los progresos tecnológicos tienen vocación socializadora pero su uso puede ser democratizador, redistributivo y cohesionador o bien lo contrario. Los progresos en el transporte han facilitado la exclusión territorial y la segregación social pero los medios de transporte pueden facilitar el derecho de toda la ciudadanía a la movilidad. Es interesante la reflexión del geógrafo británico Michael Batty que contrapone a Smart City a Data City.3 El punto de partida de Batty es su observación de la enorme cantidad de datos sobre la movilidad urbana y regional sin que se establezca una relación con los datos relativos al precio del suelo. La información segmentada de empresas y administraciones, de buen fe o no, no permiten entender la realidad de los ciudadanos, que no viven fraccionado sino que son sujetos multidimensionales. Por otra parte la no relación entre estos datos evita conocer una realidad negativa: la acción pública actúa al servicio de la especulación urbana con altos costes sociales y ambientales.
La Data City parte de la producción de información desde la sociedad y accesibilidad universal a la información acumulada por administraciones y empresas. Lo cual facilita la economía colaborativa (como se expone en la última parte del libro) y que es algo más que economía: es una coconstrucción de la ciudad por los ciudadanos. O mejor dicho los conciudadanos, pues la ciudadanía se base en la relación no en los individuos aislados.4
La ciudad colaborativa se apoya en tres ejes principales. Primero la agrupación de los ciudadanos en el territorio para defender y desarrollar los derechos vinculados a la reproducción social. En las obras del prologuista citadas al inicio se plantea las dos dimensiones que marcan la ciudad como espacio socio-económico: la acumulación de capital y la reproducción social. Los ciudadanos resisten y reivindican los derechos que se integran en el derecho a la ciudad: vivienda, espacio público, equipamientos y servicios, centralidad, movilidad, formación continuada, educación, protección social, sanidad, identidad cultural, gobierno del territorio real (metropolitano), status jurídico-político igual para todos los residentes, etc. Pero la ciudad colaborativa hoy va más allá de la reivindicación. Se trata de desarrollar alternativas de economía urbana colaborativa. Como por ejemplo el coconsumo (transporte, trueque, cooperativas, etc) o la coprodrucción (por ejemplo: energía o intranet). La ciudad colaborativa genera a su vez espacios comunes de construcción y gestión de la ciudad y el desarrollo colectivo de cultura ciudadana. La ciudadanía no se alcanza plenamente cuando los ciudadanos son protagonistas de la ciudad. El libro de Roger Sunyer es una valiosa aportación al conocimiento de la ciudad y a la construcción de la ciudadanía.

1 El autor del prólogo ha desarrollado el concepto de urbanismo ciudadano en diversas obras, La ciudad conquistada (2003), Luces y sombras del urbanismo de Barcelona (2010) y especialmente en La revolución urbana y los derechos ciudadanos (2013). Ver también el libro colectivo Ciudades, la ecuación imposible (2012) editado por Belil, Borja y Corti.

2 El programa Intelligent Operation Center for Smarter Cities de IBM (2011) está destinado principalmente a las administraciones públicas y a grandes empresas de servicios urbanos o que operan en territorios altamente urbanizadas. Ofrecen una multitud de datos, distribuidos en 11 grandes ejes, que producen las administraciones y empresas y que se concentran en manos de los poderes económicos y políticos. Los ciudadanos no son tenidos en cuenta como productores de datos y tienen un acceso limitado a las informaciones.

3 Ver Valerie Peugeot: Collaborative ou intelligente? La ville entre deux imaginaires (2013). En este trabajo cita y resume el trabajo de Batty : Big Data, Smart Cities and city planning, Dialogues in Human Geography, 2013.

4 La conciudadaníes es un concepto que ha desarrollado el filósofo político Étienne Balibar. Ver “Ciudadanía”, AH Editora, Argentina, 2013.

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