¿Ciudades versus Estados?

Las Ciudades son cálidas, sensuales, se ven y se frotan los unos con los otros. Los Estados son frígidos, incluso la democracia (representativa) según escribió un personaje tan frio y distante como Dahrendorf, un liberal clásico. Las Ciudades son naturalmente democráticas, nacieron míticamente con la torre de Babel, son heterogéneas, conviven en la diversidad, el aire de la ciudad les hace libres y como ciudadanos aspiran a la igualdad. El gobierno de la ciudad puede ser corrupto y arbitrario, pero la ciudadanía puede sublevarse. Las ciudades son concretas, los Estados son abstractos pero disponen de la fuerza. Los Estados tienden al autoritarismo, se crearon para ejercer el poder por medio del ejercicio legítimo de la violencia, sea policial, jurídica o administrativa. El Estado democrático se supone que se autorregula mediante el Derecho pero su aplicación es fácilmente pervertirse sea por la clase “político-burocrática” o por las fuerzas de facto, sean económicas, militares o mediáticas. “El Derecho libera primero pero luego el Estado de derecho oprime” ha sido un lema de los juristas más avanzados.

Las Ciudades han sido desposesionadas de sus competencias y recursos a partir del siglo XIX y XX. Se les impuso el uniformismo político-administrativomunicipalista; estuvieron controlados por las Administraciones centrales por medio de gobiernos civiles o prefectos y funcionarios del Estado al interior de los Ayuntamientos o gobiernos locales; las finanzas municipales, dependientes del Estado, son muy inferiores a las demandas básicas de lo ciudadanos. Es una paradoja que llega al absurdo. Los gobiernos locales son los que conocen las necesidades, los que pueden actuar directamente in situ, los que están más presionados por la ciudadanía.

¿Hay que dar la vuelta a gran parte de las competencias y los recursos estén en manos de los gobiernos de proximidad? Sí, por descontado. Pero para ello hay que reorganizar el gobierno del territorio. Vivimos en un mundo urbanizado, por lo menos en Europa y en América y en gran parte también en Asia pero sin menor tradición de cultura política municipal. La resistencia a reestructurar el mapa institucional se ha llegado al absurdo. Se multiplican las instituciones en el territorio pero las competencias y lo recursos continúan siendo los mismo y más que articulación hay confusión.

Los Estados y su gobierno central debieran limitarse con un mínimo de competencias y una pequeña parte del presupuesto público. Los países relativamente grandes como la mayoría de europeos y americanos deben reforzar las estructuras regionales entendidas como de ciudad de ciudades que a su vez sean ciudades plurimunicipales, como son de facto las ciudades metropolitanas. Las ciudades de ciudades y las ciudades metropolitanas o plurimuniciales son el ámbito adecuado para todo aquello que se refiere a la reproducción social (vivienda, servicios básicos, enseñanza, sanidad, cultura, protección social, migraciones, etc), la seguridad, la movilidad, el desarrollo económico, la sostenibilidad ambiental, las infraestructuras y la organización interna del territorio.

Los Estados decimonónicos son hoy anacrónicos. Deben establecer normas generales, participar en los organismos internacionales (sin excluir a las entidades nacionales en Estados plurinacionales, comunidades, regiones o ciudades de ciudades) y garantizar los reequilibrios y la reducción de las desigualdades. Los ámbitos territoriales expuestos asumen la concreción de las políticas públicas, tanto en la planificación como en la ejecución, el debate asambleario electo y lo gobiernos locales, y los controles, la participación ciudadana y la cogestión de los bienes y servicios de interés general.

Simplemente, se trata de reorganizar el territorio para hacerlo más democrático, más eficaz y más participativo.

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