La agonía de la universidad y la responsabilidad de los intelectuales hoy

“Hemos llegado a una época tan pusilánime que ni tan siquiera tolera las historias de otros tiempos cuando los hombres estaban dispuestos a enfrentarse con las leyes injustas, eran menos obedientes a las autoridades si eran arbitrarias, estaban menos dispuestos a pensar igual que las mayorías silenciosas… eran menos simplistas, más contradictorios, intentaban ser justos y, como dijo Borges, nunca se arrepentían de haber tenido momentos de coraje…”
– J. Borja, a partir de fragmentos de frases de Borges y alguno de sus exegetas con algunas frases de cosecha propia.

“Las ideas filosóficas son actualmente un verdadero aparato del Estado. Como la Justicia. La Policía. El Ejército. Son un producto de la Universidad… Acaban constituyendo un clericalismo laico comparable al de la Iglesia, cuando era junto al Ejército el principal sostén del Estado.”
– Paul Nizan, Chiens de garde (1932)

Hay algo más importante que la lógica, es la imaginación.
– Alfred Hitchcock

El texto que sigue está escrito con la cabeza y también con el estómago, pretende ser furiosamente racional. Cualquier gran verdad expresada sin pasión es una gran mentira.

Cualificar de agónica la actual Universidad (me refiero a mi universidad y también a las que conozco, en especial las barcelonesas y en general las españolas) no pretende ser una fórmula provocadora, catastrofista, exageradamente pesimista. Es una prueba de optimismo. Es suponer que en ella hay fuerzas activas que quieren y pueden insuflarle vitalidad. Recuerden el famoso título de Unamuno referente al cristianismo, agonía es luchar por vivir. Creo que en las Universidades actuales de Catalunya hay un gran número de profesores e investigadores valiosos, departamentos que pueden competir con los de cualquier universidad europea o americana, investigaciones o programas docentes que en algunos casos pueden considerarse de vanguardia y personas y equipos que mantienen una capacidad crítica respecto al entorno político y económico. Pero me temo que la “cultura dominante” de influencia mal recibida de EE.UU. y las formas de gestión que se han impuesto con la excusa del Plan Bologna tienden a convertir a las Universidades en máquinas productoras de robots especializados y de saberes deshumanizados. O en una simple continuación del bachillerato con la esperanza de colocarse mejor en el mercado de trabajo para dedicarse a cualquier actividad que tendrá poco que ver con su “formación” específica.

Las siguientes reflexiones personales no proceden, a diferencia del conjunto de este trabajo, de una larga experiencia profesional, académica y política. En primer lugar hay que advertir que me refiero exclusivamente a las ciencias sociales. En segundo lugar reconozco que mi conocimiento de la Universidad a lo largo de la última década, a la que me refiero en este texto, ha sido marginal, no he participado en juntas de gobierno, ni en claustros, ni en comisiones. He trabajado siempre con un pequeño equipo que ya colaboraba conmigo antes de reintegrarme a la Universidad. Y en tercer lugar asumo que intento escribir con la cabeza fría, pero con una profunda irritación por la irresponsabilidad social, el oportunismo político y el falseamiento de la realidad que a mi parecer predominan en las cúpulas académicas, en las normas legitimadoras y en la inutilidad de gran parte de los trabajos que se producen.

Como se ha podido comprobar lo escrito hasta ahora procedía más de la actividad práctica que del estudio de textos, pues las lecturas que podían haberme influido habían sido digeridas e integradas en mis propias reflexiones. Por esta razón he evitado explicitar referencias o hacer citas de autores. En estas conclusiones relativas a la Universidad debo reconocer que en los más de 30 años de actividad universitaria no presté mucha atención ni a la docencia o la investigación que se producía en las universidades, ni en las formas de organización y gestión de las mismas. Pero en los últimos años, de dedicación principal a la Universidad, he contemplado con estupor creciente como cada disciplina se encerraba en sí misma, se hacía autorreferencial, se valorizaba en nombre de la objetividad y del “cientificismo” académico un saber acrítico y con frecuencia artificioso, perdía sentido la función social, la vocación innovadora, la voluntad de intervenir en los procesos transformadores de un mundo injusto y caótico. Lo cual me ha llevado a una reflexión sobre la Universidad que hasta ahora nunca me había planteado.

Consciente, sin embargo, de mis limitaciones debido a conocimientos muy superficiales y parciales, he procurado contrastar mis ideas críticas sobre la Universidad con algunos textos recientes y con el recuerdo de algunas lecturas antiguas. Lo cual me ha permitido comprobar que otros más expertos habían llegado a conclusiones parecidas y me aportaban nuevos argumentos críticos. Me parece obligado citar el excelente libro de Jordi Llobet Adéu a la Universitat. (2011). También otras obras recientes: Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita las humanidades de Martha C.Nussbaum, La sociedad de la ignorancia de G.Mayo y A.Brey (eds.) que incluye textos de Marina Subirats, Daniel Innerarity y otros y La logique de la creativité de Geoffroy de Lagasnerie. Ver también los artículos que han hecho famoso a Alan Sokal (ver en especial algunos de los textos recogidos en Beyond the Hoax, traducido al castellano con el título: Más allá de las imposturas intelectuales). Y de las lecturas antiguas he releído el estimulante libro de Wright Mills, La imaginación sociológica, y he rememorado lecturas juveniles de Paul Baran (El compromiso del intelectual, además de sus libros de economía) y de Nizan, Sartre y Camus, y de Gramsci, sobre el compromiso y la responsabilidad de los intelectuales. Textos relativamente más recientes de Edward Said, Frederic Jameson, Russell Jacoby o Noam Chomsky. Y más actuales como los artículos de Roger Bartra que se encuentran en libros recientes: Oficio mexicano y La sangre y la tinta.

Por descontado la fuente principal de conocimiento crítico sobre la Universidad actual han sido los colegas de Barcelona, de Madrid, de Paris y de Roma y de algunas Universidades americanas, del norte y del sur. Sus reflexiones, comentarios y ejemplos me han sido muy útiles, pero los he utilizado con mi lenguaje, a veces voluntariamente subjetivo, casi siempre más contundente de lo que se acostumbra en el medio universitario, pero en ciertos casos para que te oigan hay que gritar. Especialmente debo destacar los comentarios y las discusiones con Marina Subirats, colega y sin embargo amiga querida.

No es posible en este texto hacer una relación de los colegas-amigos catalanes de los que he aprendido a lo largo de más de medio siglo. La mayoría de amigos de mis primeros años de Universidad lo son aún ahora y lógicamente se han añadido otros después. Algunos nombres han salido en distintas partes del texto y habrá ocasión de citar a muchos otros que faltan cuando deba adecuar este trabajo para su publicación. Me limitaré a citar los principales colectivos. Ante todo considero que mi principal aprendizaje lo hice en la actividad política y social. En el PSUC-PCE principalmente, a partir de 1960, incluído el intermedio de Bandera Roja (1968-74). Fueron más de 25 años de militancia, en ciertas épocas muy intensa. Aprendí de mis compañeros (no todos miitantes del partido) universitarios, de los dirigentes y de los militantes del movimiento obrero y de los movimientos populares ciudadanos. El CEUMT fue otro lugar de aprendizaje, en aquel marco nos encontramos profesionales progresistas y dirigentes del movimiento ciudadano. Por descontado también aprendí en la gestión pública y en la consultoría profesional. Y en los viajes y estadías en otros países: París, las grandes ciudades de América latina, Italia, New York, etc.

Sería injusto no citar a algunso compañeros y colegas del resto de España. Ya he dicho que siempre he encontrado amistades cordiales en Madrid. En París, años 60, coincidimos un grupo principalmente procedente de Madrid y de Barcelona con los que he mantenido una amistad continuada: Joaquín Leguina, José Manuel Naredo, Crisanto Plaza, José Luis Leal, Ignacio Quintana, etc. Y a mí regreso, a finales de 1968, conocí a Eduardo Leira y a Manuela Carmena, que son aún ahora amigos incondicionales. Con Eduardo y con Eduardo Mangada hemos tenido además una relación político-profesional en ciertas épocas muy intensa.

Los amigos “históricos” de Francia y de Italia con los que nunca se ha interrumpido el díalogo como Chistian Topalov y François Ascher, Patrick Viveret y Valerie Peugeot, Roland Castro, Jean Pierre Worms, etc de Paris, Vittorio Rieser y los amigos/as de Torino, Campos Venuti y Maurizio Marcelloni y Laura Ferretti, de Italia, Alfredo Rodríguez, Isabel Allende, Ana Sugranyes y Manuel Antonio Garretón de Chile, Fernando Carrión de Ecuador,.Michael Cohen y Tom Angotti de Nueva York, Silvia Sánchez Zelaschi, Marcelo Corti, Eduardo Reese, Fredy Garay, Carlos Reboratti, Adrián Gorelik, Graciela Silvestri, Andrés Borthagaray, Lila Pastoriza, Eduardo Jozami y muchos otros de Argentina, Roger Bartra, Alejandra Moreno Toscano y Alicia Ziccardi de México, Maria Eugenia Avendaño, Pedro Santana, Jaime Castro, Rubén Fernández, Helana Useche y Samuel Jaramillo de Colombia, etce . La lista sería muy larga y debería incluir obviamente a Manuel Castells, Manuel Herce y Horacio Capel, pero debido a que los dos primeros son miembros del tribunal de tesis y el último ejerce de director de la misma, no parece oportuno extenderme al respecto.

Sobre mi retorno a la Universidad.

Con un complejo bagaje de ideas y proyectos derivados de mi actividad profesional y política, a inicios de este siglo volví a la Universidad. Opté por que fuera mi dedicación principal. Entendía que podía contribuir en mi campo específico, la temática urbana, a vincular la base humanística, el compromiso social y la experiencia profesional. Una temática que exige un conocimiento integral de la realidad social pues vivimos en sociedades altamente urbanizadas, que requiere una visión crítica pues es un ámbito altamente contradictorio y una orientación a la intervención, lo cual no es una cuestión estrictamente técnica.

No me encontré un ambiente muy propicio en el “ouni u ovni”” que es la UOC (objeto universitario o virtual no identificado). Una empresa que por lo menos no pretende disimularlo, que actúa con criterios de coste-beneficio, o si lo prefieren sometida al mercado y a la dependencia del poder político y económico. Se puede disentir de esta concepción pero es relativamente lógica en nuestro contexto económico y cultural. Luego descubrí que la lógica empresarial capitalista domina la enseñanza y la investigación académicas también en otras universidades. El problema es que los gestores máximos de las empresas universitarias no son gestores y tampoco ejercen de intelectuales. En resumen, compensan la ineficacia gestora con la falta de ideas. Hay excepciones evidentemente. Algunos universitarios-intelectuales asumen sacrificialmente cargos académicos. Incluso cuando demuestran una cierta competencia gestora su esfuerzo es vano, el entorno en el que se mueven caso solo cambia para empeorar. Como otras instituciones la Universidad cambiará en serio si una presión externa, que incluya estudiantes y profesores y diversos movimientos sociales, culturales y políticos que configuren una “sociedad política” que incida profundamente en la educación y la investigación superiores.

Sin embargo no se me impidió iniciar la experiencia de un tipo de programas de postgrado que respondían a los objetivos ya expuestos: transversalidad interdisciplinaria, orientación a la acción y valores éticos o morales con su necesario corolario político. Lo cual resumimos en el derecho a la ciudad. La concepción dominante hoy en nuestras Universidades es la reducción de las ciencias sociales a estudios específicos que caricaturizan a las llamadas ciencias duras y que no aportan conocimientos sobre los temas importantes para la sociedad, el uso de métodos que conducen a crear espacios intelectuales ideales sin conexión con la realidad, especialización sectorial en disciplinas que son interdependientes que reducen materias que requieren la transversalidad, organización jerárquico-burocrática que dificulta mucho crear equipos polivalentes y autogestionados democráticamente, pautas de legitimación que generan un pseudoconocimiento reproductivo (orientación de las tesis, revistas indexadas, etc.), exclusión del pensamiento crítico y rechazo del conocimiento orientado a la acción, etc.. La Universidad actual tiende a ser ultraconservadora y legitimadora de todos los poderes establecidos. Quisiera terminar esta parte con unos comentarios inspirados por una conversación con Marina Subirats, con la que he compartido muchos años de amistad personal e intelectual y en diversas ocasiones de colaboración profesional y académica.

No pretendo afirmar que la Universidad actual sea peor que la de hace medio siglo, cuando yo la conocí. Es evidente que era mucho peor. Sin embargo en la década de los 60 emergió gradualmente un pensamiento crítico, un compromiso democrático con la sociedad, una voluntad de contribuir a cambiar el país. Hoy la cultura dominante en las cúpulas de poder académico, científico y burocrático es negar la validez de la crítica, denunciar las corrientes de pensamiento como el marxismo, el humanismo, el liberalismo democrático (clásico), como no ciencias y vetar por medios de censura académica estas posiciones intelectuales. Se entiende la Universidad como un aparato más de la economía capitalista, de la sociedad de mercado y de naturalización de la ideología correspondiente. Crece la Universidad privada como negocio puro y duro y de ideología explícitamente conservadora. Y la Universidad pública busca contratos con empresas que crean dependencias múltiples. Se dualiza la enseñanza pública, como ocurre con la sanidad y los otros niveles del sistema educativo. El grado se devalúa, es accesible económicamente pero se reduce su calidad e intensidad, ni proporciona una formación humanística sólida ni una formación especializada que permita entrar en buenas condiciones en el mercado de trabajo. El postgrado es un negocio para la Universidad. Permite establecer sueldos bajos a una parte importante del profesorado, el cual puede intentar compensarlo mediante la participación en los masters onerosos, indispensables y excluyentes.

En realidad la Universidad ha sido integrada a la lógica del mercado capitalista en tres dimensiones distintas. En primer lugar mediante la producción de “ideologías legitimadoras” como se ha producido en las ciencias sociales como por ejemplo la naturalización de los conceptos que convierten la realidad actual como la única posible (ver más adelante “la cuestión del lenguaje”). En segundo lugar por medio del control de la investigación y de las carreras académicas por parte de las instituciones y empresas financiadoras y de las elites universitarias que monopolizan el poder político universitario. Y en tercer lugar mediante el label exclusivo de “cientificismo” que exige una total neutralidad ante la realidad social y una verificación del conocimiento mediante un hiperempirsimo y unos métodos (modelos arbitrarios, técnicas cuantitativas) que enmascaran las contradicciones de la realidad.

La Universidad actual es mejor que la de la época franquista, pues aquella Universidad anacrónica, con un profesorado incompetente en su mayoría impuesto por la España negra, con recursos escasos y estudiantes sin referencias intelectuales, era siniestra. Pero de ella surgió la resistencia cultural y la voluntad democratizadora. La Universidad actual es mucho más rica en información y en recursos, pero se prostituye y tiende a prostituir a profesores y estudiantes. La “metodología” substituye a las ideas y la sumisión a los pensamientos únicos al compromiso social. Sin embargo, jóvenes profesores o investigadores y estudiantes descubren poco a poco, con la ayuda del carácter revelador de la crisis actual, que el “alma mater” es impura. Y se multiplican los focos de resistencia y de renovación. Así sea.

La Universidad, la urbanización global y los movimientos sociales locales. El déficit de la intelectualidad académica.

La crisis financiera global y los procesos de urbanización están estrechamente vinculados. Hay un círculo cerrado entre capitales especulativos globales (y locales), el bloque “edilizio” o “cementero”, las políticas estatales, fiscales y urbanísticas permisivas y la complicidad de los gobiernos locales. Y acariciando este círculo corre el dinero, se multiplica produciendo viviendas que en gran parte quedarán vacías y urbanizaciones abandonadas sin servicios. Y millones de personas endeudadas de por vida, muchas de las cuales o sufren el desahucio o acaban vendiendo a bajo precio una vivienda que en gran parte pagaron pero que nunca fue suya. Ya se sabe cuando se acaricia a un círculo éste se vuelve vicioso.

En nuestro trabajo “Revolución urbana y derechos ciudadanos” se expone de forma más amplia este círculo vicioso. En la reciente bibliografía española merecen destacarse dos libros que exponen con claridad y con datos las causas y los responsables del crecimiento artificioso que nos ha llevado a la crisis: El boom inmobiliario español de José Manuel Naredo y El fin de ciclo del Observatorio Metropolitano de Madrid. Incluso El País, poco sospechoso de ser portavoz de la extrema izquierda, en sus colaboraciones de Economía ha proporcionado numerosas pistas de la vocación catastrófica del “modelo español”. Véanse los artículos de Joaquín Estefania y las colaboraciones dominicales de diversos economistas españoles y americanos.

Las reacciones sociales no se han hecho esperar mucho, en el caso español el movimiento de los ”indignados” del 15M es un ejemplo. La temática urbana (derecho a la vivienda en especial) ha estado muy presente. El desconcierto de los actores políticos institucionales ha sido tan enorme que un día no le daban importancia, al día siguiente lo reprimían, luego declaraban que se trataba de una ínfima minoría que no representaba a nadie, luego que entendían el malestar pero que los acampados no tenían nada que proponer, más tarde reconocían paternalmente que algunas cuestiones que planteaban eran interesantes y finalmente personajes políticos diversos han pretendido aparecer como autores o portavoces de algunas de las demandas de los ocupantes de las plazas.

El sector intelectual y especialmente el académico ha ido detrás de los acontecimientos. La crítica innovadora que había anunciado la perversidad de estos procesos globales-locales se ha expresado desde lugares marginales, fueran por parte de profesores, profesionales o militantes. No ha sido tenida en cuenta en los medios académicos y profesionales más formales, ni por supuesto en los programas de investigación, ni en las revistas indexadas. Incluso, como se ha podido comprobar en las referencias a encuentros internacionales citados en este trabajo, cuando la crisis llevaba más de un año, incluso dos, se celebraban seminarios generalistas sobre temáticas urbanas pero no se hacía referencia a ello. Una de las razones de este “no entendimiento” por parte de académicos y profesionales, además de la comodidad de estar instalados en un sistema que les aseguraba privilegios, bienestar y estabilidad, es la improductiva distinción entre disciplinas académicas y entre las profesiones derivadas de aquéllas. Los procesos son globales, los “especialistas” ni los entienden, ni son conscientes de ellos. Sus disciplinas no les han proporcionado los medios para entender la realidad social compleja, solo para analizar o intervenir acríticamente en algunas de las parcelas de la misma. La “ciencia social” es una, la actual división en disciplinas separadas es un lastre muy pesado que hay que dinamitar.

La necesidad de producir conocimiento independiente, crítico y original es urgente, es la principal función de la Universidad. Ésta, además, debiera vincularse a los movimientos cívicos, para aprender y contrastar con ellos los análisis críticos. Y luego contribuir a la elaboración de las denuncias y las propuestas alternativas. Su función social no es formar “reproductivamente” especialistas que “naturalicen” y legitimen “científicamente” los procesos perversos. Y menos aún encerrarse en una pseudociencia académica que confunde la realidad con el uso de teorías, modelos y métodos de recogida y análisis de la información circunscritos a una disciplina especializada y que se autovalida internamente.

Hoy la función social es promover en su seno colectivos creativos vinculados a los procesos de cambio que nos exige el actual momento histórico. Sin embargo, parece ingenuo proclamar estas verdades elementales, pues desde hace por lo menos dos décadas la Universidad, en sus estamentos dirigentes y en la actividad cotidiana de la mayoría de su personal tiende a convertirse en una institución profundamente conservadora.

¿Por qué razón es urgente hoy un pensamiento crítico y alternativo?

El pensamiento crítico es siempre necesario, pero no siempre hay circunstancias que además de urgentes lo hacen más posible. La crisis revela que “lo real no puede ser verdadero” (Ernest Bloch), los sistemas económicos y políticos vigentes son disfuncionales, bloqueados por sus contradicciones, rechazados por una parte importante de la población. La cual se muestra receptiva a la crítica y a las propuestas alternativas. La “crisis es oportunidad”, es revelación, receptividad, resistencia y reivindicación. Hace unos pocos años denunciar la falsa democracia que proclaman las élites políticas y económicas sonaba a blasfemia (incluidas las izquierdas institucionales con pocas excepciones), hoy recibe aplausos de amplios sectores muchas veces al margen de la política formal.

Los intelectuales urbanos, sean académicos, profesionales, autónomos o militantes de un movimiento social o político, por ser ciudadanos y disponer de un patrimonio de conocimientos, pueden proporcionar elementos de análisis crítico que faciliten la comprensión de los procesos y permitan identificar mejor las responsabilidades. Lo cual facilita que tanto los intelectuales urbanos, como los movimientos sociales, elaboren demandas y formulen derechos que tengan capacidad agregadora y construyan estrategias transformadoras. El cambio de época exige una nueva formulación de derechos y unas estrategias políticas transformadoras de la política y de la economía.

Esta opción ético-política creemos que sería muy positiva para la Universidad. Los académicos aprenderían mucho, pues la conexión con los movimientos sociales supondría salir del marco estrecho de su disciplina o de su profesión. Se les exigirían análisis transversales y además orientados hacia la acción. Es decir, integrar nuevos conocimientos y verificar sus análisis y propuestas no mediante los métodos académicos, que son internos a su especialidad, sino a partir de los resultados obtenidos (cómo se reciben y qué efectos tienen si se ponen en práctica).

Las Universidades poseen una legitimación basada en la “titulitis”. El “saber” es resultante de una decisión administrativa. Su ausencia de la vida social y política genera escasa adhesión ciudadana. Y la conciencia propia de esta ausencia genera un bajo nivel de autoestima de los universitarios aunque la arrogancia autista pretenda disimularlo. Convertirse en actores activos de los procesos de cambio social y cultural, en actores de la política externa a las actuales instituciones representativas desacreditadas, les proporcionaría una renovada legitimación histórica. Pero, la Universidad actual parece muy lejos de poder devenir un actor socio-político.

Las últimas dos décadas han supuesto una involución de la Universidad respecto a los años 70 e incluso 80. Aquellos años, post 68, fueron de cuestionamiento de métodos y contenidos, de reformas, o de proyectos de reforma, de la escuela en general o de la Universidad. Por ejemplo el movimiento de renovación pedagógica que se expresaba en las Escuelas de verano que organizaba la institución Rosa Sensat y en las que participé desde mi regreso a Barcelona. Este movimiento renovador fue la base de las reformas que se llevaron a cabo a partir de la transición a la democracia. Viví muy directamente la aplicación del Plan Maluquer en la Universidad de Barcelona que supuso una verdadera revolución pedagógica muy positiva para las ciencias sociales. Se desarrollaron enseñanzas hasta entonces inexistentes o escondidas en algunos departamentos o poco tenidas en cuenta como Antropología, Sociología, Filosofía social, Geografía Humana, Psicología social, etc. y los estudiantes podían determinar su trayectoria docente en función de sus intereses. Fue un avance importante hacia la transversalidad entre las ciencias sociales. Y, personalmente, fue para mí la mejor forma de integrarme en la Universidad. Corrientes novedosas y vinculadas a movimientos sociales entraron por diversas puertas en la Universidad como el feminismo, el ambientalismo, la ciudad, el trabajo. Y las teorías sociales críticas o innovadoras, el marxismo, el existencialismo, el estructuralismo, la crítica radical al neocapitalismo y a la sociedad de consumo, el situacionismo, el sicoanálisis, etc.

A partir de los 80 y más aceleradamente los 90 se ha producido una involución paralela a la de los políticos los cuales se encerraron en sus instituciones y los que no se han corrompido se han vaciado de ideas y de ilusiones. Los universitarios se han encerrado en las sedes universitarias, se han corporativizado, defienden con uñas y dientes su disciplina y su especificidad, su método acumulativo-reproductivo, su supuesto cientificismo formalista y su hipócrita neutralidad u objetividad. La sumisión a una caricatura de lo peor de las Universidades norteamericanas ha sido un sometimiento propio de provincianos con afán de ser colonizados. Las pautas más reaccionarias de algunas universidades de EE.UU. se han considerado modelos de cientificismo y modernidad. El ejemplo más clamoroso se ha producido en la economía, pero las otras ciencias sociales académicas tienden a seguir este camino. Esta degeneración la he observadalegar a esta situacientificismo formalistaersitarias, se han corporativizado, defienden con uñas y dientes su o directamente en España, en Italia, en Francia y me temo que algo similar ha ocurrido en los otros países europeos ¿Cómo ha sido posible?

Universidad, ciencias sociales y compromiso intelectual: 10 reflexiones

1. La Universidad en este cambio de época

La Universidad es hoy especialmente necesaria, concentra el máximo saber acumulado y el mayor capital intelectual del presente. Es el lugar de la racionalidad y del humanismo, del estudio desinteresado y de la innovación, de la libertad y de la tolerancia. Ofrece la posibilidad de producir y difundir libremente conocimientos, por lo menos las Universidades públicas. En las Universidades hay una larga historia de independencia respecto los poderes religiosos, económicos y políticos, el pensamiento crítico va unido a la historia universitaria. En momentos quizás más difíciles que los actuales la Universidad ha asumido una función social que en realidad quiere decir una función política contribuyendo decisivamente promover por la vía intelectual las transformaciones que la época exigía. Ahora esta exigencia se plantea abiertamente, se ha hecho una evidencia que estamos en un cambio de época y que los modelos económicos y políticos no nos llevan ni al progreso del bienestar, ni al desarrollo de la democracia. Por ahora la Universidad, nos parece, no responde a este desafío. Y sin embargo su potencial de pensamiento independiente, crítico y alternativo es incomparablemente mayor que el de cualquier otra institución u organización. La Universidad es un espacio de esperanza.

2. Las ciencias sociales: una devaluación inesperada, pero previsible.

Las ciencias sociales se han devaluado paradójicamente en la sociedad cuando su producción ha sido mayor que en cualquier otra época. También en el ámbito científico y académico: precisamente cuando más se ha aplicado, a someterse hasta la caricatura, a las reglas de las llamadas ciencias “duras”. La devaluación social se debe a la escasa eficacia de la producción académica en cuanto al tratamiento de los grandes problemas de las sociedades actuales. En unos casos las “especialidades” se encierran en unos sistemas cognoscitivos cerrados, inoperantes ante el mundo real. La microeconomía especialmente y en parte la ciencia política (que en las últimas décadas tiende a caricaturizarla) o bien sirven para legitimar políticas que han servido para agravar los problemas del mundo actual. Obviamente los trabajos sectoriales que tratan problemas parciales pueden ser de utilidad práctica pues aportan conocimientos parcelarios, pero no tienen ninguna incidencia general, no parten de un conocimiento integral y no pueden plantear respuestas alternativas eficaces a lo ya existente.

Tampoco ha habido una valorización académica de las ciencias sociales en relación a las ciencias duras. Éstas, cuyos métodos son más adecuados a su objeto, han tenido una utilidad práctica, aunque no siempre positiva o prioritaria como ha ocurrido con la industria de guerra o farmaceútica. Por lo tanto el financiamiento para ellas ha crecido exponencialmente a costa de las humanidades y las ciencias sociales. Y a pesar de los esfuerzos de las ciencias sociales de copiar sus métodos, a costa de reducir los conocimientos, no han conseguido un reconocimiento académico equivalente a las ciencias duras. Por cierto, no exentas de saberes inútiles y de metafísica confusa (véase la obra citada de Sokal).

El infantil afán de equipararse a las ciencias “duras” (o a una idea simplista de éstas) ha despojado de sentido gran parte de los trabajos realizados en el ámbito académico. Los “cientistas sociales” no tratan de una realidad totalmente externa, objetiva, a la que pueden acercarse sin otros medios que los de la observación y la experimentación igual que un geólogo, un biólogo, o un físico. El sujeto forma parte del objeto, tiene ideas e intereses, valores y prejuicios, emociones de adhesión y de rechazo. Su materia es la vida en sociedad, debe analizar los problemas y contradicciones, las causas y las responsabilidades, las dinámicas de cambio y las resistencias al mismo. Es inevitable tomar partido y es necesario proponer alternativas. Se rechaza el uso de la intuición, de la imaginación, del azar, de la empatía, de la actitud crítica, de los valores éticos. Se reduce el acceso al conocimiento mediante un hiperempirismo descriptivo, banal en unos casos, artificioso en otros. El resultado es que para adaptarse a las reglas de “objetividad” y del rigor metodológico muchos estudios y tesis informan sobre lo que ya se sabe, analizan poco para no ir más allá de la información y no explican nada.

Ya hemos expuesto anteriormente la “funcionalidad” de esta perversión de las ciencias sociales que se han puesto, conscientemente o no, al servicio de un capitalismo salvaje, irracional y violento.

3. La regresión cultural de las ciencias sociales y de las humanidades.

Las diversas disciplinas universitarias han producido gradualmente la fragmentación de la “ciencia social”, derivada de la historia y la geografía, y del derecho y la filosofía. Este proceso, a lo largo de los siglos XIX y XX, ha dado lugar a diversas especializaciones académicas y profesionales. Lo que fue inicialmente un progreso, posteriormente se ha revelado en muchos casos una regresión. El afán de competir con las ciencias duras ha llevado a la especialización en disciplinas que aisladamente ni dan cuenta de la realidad, ni como intervenir en ella. A lo que se ha añadido una visión simplista de adaptación al mercado: la formación en ciencias sociales pretende e desembocar en la profesionalización, en un puesto de trabajo.

El resultado es que ni se ha legitimado el saber académico, ni las salidas laborales corresponden a la formación especializada. Doble error: ni se ha entendido que la formación básica más útil en ciencias sociales es la que dan las “humanidades” en su conjunto, no una disciplina “especializada”, ni la actividad profesional cualificada requiere únicamente un conocimiento desde un punto de vista sectorial de un aspecto parcial de la realidad. Las humanidades proporcionan un conocimiento global de la realidad social e introducen criterios de responsabilidad cívica, de ética, de cultura en el sentido más amplio y permiten superar las limitaciones de cada una de las disciplinas sectorializadas arbitrariamente.

En rigor solo puede existir una ciencia social, cuyo punto de partida es la Filosofía social y la Historia universal (con la Geografía humana) y sus derivaciones posteriores: Derecho, Economía, Sociología, Política, Antropología, Psicología social, Comunicación, etc. En el proceso formativo académico se deben conocer las bases de todas estas “especialidades” aunque se priorice una o dos de ellas. La especialización en todo caso vendrá por la temática o la actividad por la que se opte: la ciudad, o el trabajo, o la España del siglo XX, o la China, o la gestión de organizaciones y empresas, o el periodismo económico, o el funcionamiento de la economía capitalista-financiera, o la estructura y la desigualdad sociales, o el paisaje, etc. La Universidad española y en gran parte la europea han caricaturizado a las Universidades norteamericanas sin apercibirse que éstas han emprendido un camino de regreso al valor de las “humanidades”: han revalorizado el estudio de las humanidades. Y lo mismo han hecho los “cazadores de cabezas”, es decir seleccionadores de personal directivo. Cada vez más aprecian los que tienen una formación básica en Matemáticas o Física, o en Filosofía o Lenguas Clásicas o en Humanidades que incluyan una formación muy diversa. Lo que se busca son personas que sepan pensar, con una cabeza estructurada, con capacidad de analizar teniendo en cuenta todos los aspectos pertinentes y de proponer una estrategia, unos objetivos y unas formas de gestión adecuadas, que en muchos casos deben ser también innovadoras. ¿La actual Universidad prioriza esta formación? Me parece que no. La Universidad falla en su función social en una época que es muy necesaria.

4. Cambio de época y elogio de la transgresión académica.

Creo que fue Adorno que escribió que la ciencia para progresar exige que se la desobedezca. Y acusaba a la Universidad de “cosificar” las conciencias. En periodos de cambio global, como el actual, la sociedad necesita una Universidad que priorice el análisis crítico, el espíritu innovador, la ruptura de las normas que nos limitan a un saber acumulativo-reproductivo, que rompa con las convenciones o pseudoverdades que “naturalizan”, es decir cosifican, categorías discutibles y variables, como el mercado financiero, la propiedad privada de bienes básicos o la democracia reducida a sus aspectos procedimentales. En la Universidad, siempre nos referimos al ámbito de las ciencias sociales y las humanidades, debe predominar un ambiente abierto a la realidad exterior y una vocación de entender y enfrentarse con los problemas y los dilemas del mundo actual. Los ámbitos universitarios deben ser proclives al cuestionamiento de “les idées reçues”, a la acción pública y a la vinculación con los conflictos sociales. La producción del conocimiento, para ser innovador, debe romper el corsé de las disciplinas y la lógica corporativa, así como la sumisión a modelos y métodos que esconden más la realidad que no la revelan. Debemos recuperar el valor heurístico de la imaginación, de la intuición y de lo que nos aporta la calle. Conviene establecer contactos con otras gentes, los que no son colegas, aceptar positivamente lo que nos sorprende, lo que nos aporta el azar. Es un despilfarro de tiempo suponer La innovación en las ciencias sociales no se producirá fuera de la Universidad, no se generará en otras instituciones, ni en el mundo político ni en otros ámbitos culturales, ni en los movimientos sociales, aunque desde fuera se puedan recibir estímulos, elementos de innovación. Pero es la Universidad en su conjunto que debe plantearse la renovación de las ciencias sociales. No se trata, como ocurre ahora, que se acepten a personalidades individuales no convencionales que por haber destacado fuera se las admite luego en el marco universitario. Lo que se necesita es que los grandes recursos humanos que existen en las universidades vivan en espacios proclives a la crítica, a la innovación y a la confrontación con todos los estamentos conservadores, sean económicos o religiosos, políticos o científicos. En las ciencias sociales hace muchos años que se sabe que el progreso del conocimiento va vinculado a la existencia de “espacios de creatividad” en los que impere la mezcla de personas de formación diferente, el libre debate, los encuentros no previstos, el reconocimiento positivo de lo nuevo o distinto, la relación con colectivos sociales críticos, la vocación de incidir en la vida política y social.

La Universidad pública debe sentirse a sí misma como un poder que se enfrenta con los poderes políticos y económicos, no que se somete a ellos. Al Estado democrático hay que exigirle que financie a una Universidad crítica e impulsora del cambio social. Es lo que aportan las Humanidades: autonomía intelectual, conocimiento global, ética humanística y capacidad de pensar el futuro integralmente.

5. La Universidad y la identificación tramposa entre “académico” y “científico”.

La Universidad goza de un prejuicio privilegiado: a su producción se le atribuye el carácter de “científica” por su denominación de origen. Hay que reconocer que las ciencias sociales se han esforzado, con éxito relativo, a imitar a las ciencias “duras”, para gozar de esta calificación. Lo cual ha llevado en muchos casos a separar ciencias sociales de las humanidades mediante la recuperación de la vieja dicotomía entre cultura científica y cultura literaria. Sin embargo, es obvio que muchos trabajos “literarios” cumplen criterios “científicos”, sean cuales sean estos criterios), y que muchos trabajos académicos no son “científicos”, sin perjuicio de que puedan ser interesantes y hagan avanzar el conocimiento. La cuestión que nos parece más pertinente es si los trabajos en ciencias sociales que se consideran hoy “científicos” aportan un progreso del conocimiento en la materia tratada. Y sobre ello tenemos muchas dudas. Lo que proporciona el label de “científico” es el “método académico”. El cual tiende a producir un saber parcial que en muchos casos produce más confusión que progreso. El método se puede resumir en una base teórica heredada de las autoridades de la disciplina, un método de análisis que intenta aplicar un paradigma interpretativo y si es posible un “modelo” y unos instrumentos de recogida de datos que priorizan la cuantificación, lo cual se supone da más certeza a las conclusiones pero no más conocimiento. Las bases teóricas garantizan la continuidad de los puntos de vista de las autoridades de la disciplina. El paradigma o el modelo son inevitablemente simplificadores y generan una respuesta interna a la disciplina, pero que raramente interpreta a la realidad. Los datos cuantitativos o te descubren lo que ya sabes o dan una imagen del objeto estudiado muy insuficiente. Binet, el creador del “cociente intelectual”, a la pregunta de qué era la inteligencia respondió “lo que mide mi test”. Y un distinguido economista externo al mundo académico escribió recientemente un artículo muy favorable sobre un libro escrito por tres destacados economistas universitarios, pero no pudo evitar afirmar en la conclusión que la obra sufría una importante limitación: era propia de economistas que escribían de economía y en consecuencia se olvidaban de los factores sociales, políticos, psicológicos, etc.

En resumen, se produce un conocimiento que se supone “acumulativo” pero que casi siempre es simplemente “reproductivo”. El proceso de producción es interno a la disciplina “especializada” y sometido al control de los académicos ya aposentados. Un sistema que prioriza el conservadurismo intelectual, que opone resistencia al pensamiento crítico y a la innovación y tiende a funcionar mediante criterios jerárquicos y cómplices. Tú me citas, yo te cito en las publicaciones, cualquier idea debe basarse en citas de autoridad, la orientación de las tesis impuestas por el jefe o el núcleo duro del departamento, la carrera académica se desarrolla en el entorno inmediato, el corporativismo defiende ante todo la “especificidad” de la disciplina, etc. Lo peor que le puede ocurrir a la ciencia social es funcionar en un circuito cerrado y limitado a una “especialidad”. En cada disciplina todos los miembros de la corporación son jueces y partes. La “ciencia social académica” en muchos casos (por ejemplo los modelos de la economía y de la sociología y la ciencia política) asume su inutilidad “práctica” y algunos de sus máximos exponentes lo reconocen. Parte de supuestos irreales como el comportamiento “racional” del individuo o el carácter ”natural” del mercado. Es decir, niega su función social.

La producción intelectual en ciencias sociales debe tener una base científica para entender y cambiar la realidad, no para legitimarla mediante la negación de sus contradicciones y la naturalización de los conceptos utilizados. El rigor del método no se reduce a la frigidez que ahora se practica en nombre de la ciencia, que implica la renuncia a la crítica, a las intuiciones, a las informaciones cualitativas, a la vocación de intervenir en la realidad. La ciencia social es ”política”, forma parte de la vida en sociedad, de sus contradicciones y conflictos, ni puede ser neutral ni obviar las tomas de posición y las propuestas de acción.

6. La ciencia social como política y como ciencia.

“El investigador social es una persona explícitamente política” escribió Wright Mills. Todo el proceso de producción tiene una dimensión política: la elección de los temas, el punto de vista según la posición del investigador, los datos que selecciona y lo que omite, las fuentes que utiliza, la relación que establece con los actores, si prioriza las contradicciones y los conflictos o parte de paradigmas de “equilibrio” o funcionales, las dinámicas o tendencias que extrapola, el nivel de implicación en las mismas, las propuestas o recomendaciones que se desprenden de sus conclusiones. No reconocerlo es un autoengaño. Las ciencias sociales o bien mezclan indistintamente métodos convencionales propios de los estudios académicos con otras formas de conocimiento (entrevistas cualitativas, participación activa en los procesos sociales, elaboración de propuestas de acción, imaginación o intuición del investigador, etc.), o bien renuncian a un conocimiento integral y se utilizan solamente métodos que proporcionan un conocimiento muy parcial y sesgado de la realidad.

Es posible conciliar un conocimiento que se apoye en una base que puede considerarse en términos convencionales “científica” con un desarrollo que no se someta rígidamente a los datos cuantitativos o al uso de modelos. La objetividad de los datos se puede garantizar exponiendo el carácter contrastado de las fuentes utilizadas (entrevistas, lecturas, experiencia profesional, etc.). En vez de utilizar un modelo formalizado, es casi siempre más útil usar o crear un conjunto de conceptos y verificar su idoneidad por medio de la estrategia interpretativa de la información. La verificación de las conclusiones del trabajo puede ser social, mediante la confrontación con los actores, y no tiene por qué ser intrínseca a la disciplina. Es fundamental la evaluación por parte de los actores implicados en los procesos analizados y verificar si la aplicación de las conclusiones y de las propuestas ha sido exitosa.

La despolitización académica ha empobrecido a las ciencias sociales y pretendiendo superar o descualificar el “ensayismo”, los discursos ideológicos o las confrontaciones partidistas, ha conseguido hacer retroceder el pensamiento vinculado a los procesos sociales, políticos y culturales más avanzados y ha reducido considerablemente la intervención universitaria en la sociedad. El resultado es que han vuelto a emerger las posiciones más conservadoras del mundo académico que parecían desahuciadas a partir de los años sesenta: el empirismo más simplista aunque utilice procedimientos matemáticos más sofisticados; la aceptación de la sociedad tal como está “naturalizando” conceptos específicos de los actuales sistemas políticos o económicos, es decir que se refieren a procesos que ni son naturales ni son siempre aceptables; la exaltación de una imposible “neutralidad” en relación a los conflictos que se dan en la sociedad como medio para legitimar un cientificismo inoperante; la denuncia de todo lo que se asemeje a concepciones históricas y métodos dialécticos (véase marxismo, por ejemplo) cuya mención es suficiente para que te descalifiquen en comités de evaluación de proyectos (así ocurre en la Unión Europea). Muchos departamentos universitarios y autoridades académicas se han convertido en “chiens de garde” (como ya escribió Paul Nizan en los años 30) de la sociedad existente. Las élites universitarias tienden a defender su “autonomía” no para intervenir en el cambio social, sino para mantener el poder interno pagando el precio de no cuestionar los otros poderes.

La pobreza de este hiperempirismo conservador ha dejado espacio para todo tipo de idealismos, véase el postmodernismo, que especialmente ha florecido en Francia y ha tenido mucha influencia en Estados Unidos: Derrida (postmoderno), Lacan (psicoanalista y postestructuralista), Althusser (marxista). Todos ellos han practicado un discurso metafísico, con apariencia radical, que ha distraído a los sectores intelectuales ansiosos de estar a la moda y por su carácter abstruso ha sido confundido en los medios universitarios con el rigor filosófico. En todas las corrientes de pensamiento pueden darse este tipo de perversiones. Otra forma de idealismo ha sido la exaltación del individuo-genio al cual todo se le permite, sus discursos y sus obras, que en algunos casos se ha aplicado a algunos pensadores postmodernos y también a artistas y recientemente, arquitectos de obras “singulares”.

La despolitización ambiental de la Universidad, encerrada sobre si misma, es la otra cara de la política reducida al ámbito institucional. En ambos casos se constituyen dos cuerpos separados de la sociedad: a la alienación económica se añaden la política y la científica. Lógicamente el estudiantado ha tenido que encontrar su vía a partir del rechazo de ambas instituciones: la oposición al Plan Bologna y el movimiento de los indignados. Saben que lo único que les espera fuera son trabajos precarios y mal pagados, con algo de suerte, que poco tendrán que ver con sus expectativas y con lo que hayan estudiado. También hay los que se someten al trabajo en cadena de postgrados onerosos, publicaciones que pasan censura, tesis impuestas por caciques de departamento, encargos de profesor asociado pagados miserablemente y respeto de la jerarquía que les autorizará luego a someter a los que vendrán más tarde. La Universidad ha dejado así de ser libre y ha renunciado a transmitir proyectos de futuro, lo cual supone renunciar al conocimiento independiente y a un futuro propio.

7. Universidad: responsabilidad, acción y conflicto sociales.

La Universidad, como todas las grandes instituciones y en especial las que tienen una larga historia y una especificidad reconocida, son conservadoras, muy celosas de su status y de sus privilegios. Por ello las innovaciones culturales, la respuesta a nuevas demandas sociales, el pensamiento crítico y la conexión de sectores intelectuales con las fuerzas de cambio se ha iniciado casi siempre en los márgenes del sistema universitario. Aunque luego todo ello fuera incorporado plenamente a la Universidad. El actual momento histórico cuestiona los sistemas de valores, los modelos económicos, el ejercicio de la política institucional. Han emergido nuevos movimientos sociales y se han radicalizado las posiciones críticas. Muchos universitarios (profesores y estudiantes) están presentes en ambos espacios. El pensamiento crítico que en estos años ha sido gradualmente expulsado de la vida oficial universitaria, se ha desarrollado en diversidad de centros, formales o no, externos a la universidad o marginales en ella. En algunos casos integrados o vinculados a organizaciones o movimientos sociales, en muchos otros son plataformas, redes, grupos integrados en centros culturales, etc. Gran parte de los participantes en los nuevos movimientos sociales son universitarios. Lo cual merece un comentario.

La situación española es similar a la francesa o italiana, bastante distinta de la que se da en los países anglosajones y Alemania. En estos países el pensamiento crítico está muy presente en el ámbito universitario, el marxismo, el hablar en términos de conflicto de clases, la crítica al capitalismo, tienen una existencia normal en las Universidades. Lo cual no se traduce en poder académico, pero por lo menos permite que la oferta docente e investigadora sea diversa. En cambio, en los países de Europa del sur el pensamiento crítico en la Universidad es mucho más débil o menos reconocido. Puede explicarse quizás por la fuerte presencia del marxismo en la vida intelectual y de los partidos comunistas en la política han tenido en un pasado reciente y ahora se teme que el pensamiento crítico se vincule al comunismo. Pero sea cual sea la situación del pensamiento crítico, más o menos fuera de la Universidad, sus productores son en su gran mayoría, universitarios. Lo cual es positivo ante la dimisión de la Universidad, pero también problemático.

La relación entre intelectuales universitarios y movimientos sociales plantea tres tipos de dificultades. Primero: Los universitarios producen pensamiento en el marco de su disciplina, del departamento en el que están integrados, escriben para revistas académicas, realizan estudios o investigaciones financiados por el Estado o por grandes empresas o por organismos internacionales. No es fácil cambiar el chip. Su formación no les ha preparado para la acción conflictual. En este caso su presencia en los movimientos sociales con frecuencia es más legitimadora que una aportación a la definición de objetivos y reivindicaciones. Segundo: Los movimientos sociales necesitan apoyo intelectual para elaborar una estrategia y una idea alternativa. El positivismo dominante en la enseñanza y en la cultura universitaria no integra obviamente la idea de revolución, de cambio radical, de un mundo distinto. La Universidad tiene vértigo si intenta pensar en estos términos, es decir ha perdido el sentido de la historia. Y tercero: Los universitarios prestigiosos, aquellos que poseen una formación o actitud crítica, incluso militante, y que han obtenido un reconocimiento institucional que les dota de un cierto poder académico, son la generación del 68. Pero la mayoría de los que optaron por la carrera académica asumieron muy pronto las normas universitarias lo que les permitió acceder en bastantes casos a un status más o menos privilegiado. Como ocurre con los conversos, es frecuente que se hayan convertido en fundamentalistas de estas normas que producen el saber reproductivo, frígido, aséptico y conformista. Lo cual a ellos no les impide en su producción intelectual y en la vida social mantener posiciones críticas, incluso radicales, es decir sin supeditarse a las normas académicas. Se lo permiten ellos, pero no lo permiten en su zona de influencia académica directa. Resultado: los jóvenes universitarios o se mantienen en la ignorancia o aprenden unos conocimientos sociales sesgados por los métodos académicos y que no ofrecen ninguna pista para la acción transformadora. La relación universitarios-movimientos sociales, si se pretende con ella generar una potenciación real mediante la fusión del pensamiento crítico y de la acción colectiva, solo se puede desarrollar en el curso de los procesos articulados de elaboración estratégica con movilización social, en los que participen actores sociales, políticos, sindicales y también universitarios. Estos últimos aprenderán en la práctica social no solo nuevos puntos de vista sobre la realidad, también aprenderán a olvidar (o reconstruir) pseudoconceptos que alimentan ahora la producción de muchos departamentos universitarios como veremos en el último punto de este texto.

No estamos proponiendo nada nuevo para la Universidad, aunque este discurso pueda sorprender en los ambientes académicos actuales. El movimiento obrero, las luchas agrarias, las iniciativas y acciones ambientalistas, el movimiento feminista y los conflictos urbanos y territoriales entre otros, se han desarrollado en relaciones dialécticas positivas con colectivos universitarios, centros de investigación, luchas estudiantiles, campañas ciudadanas, sectores profesionales. El importante desarrollo de las luchas barriales y cívicas en los años 70 tuvieron en los estamentos universitarios y en los colegios profesionales una fuente extraordinaria de información, análisis y propuestas alternativas, asesorías concretas, legitimación ante la opinión pública. Cuando era estudiante en el Institut de Geographie de Paris, un equipo dirigido por Yves Lacoste trabajamos para elaborar diversos informes sobre los bombardeos masivos sobre los sistemas de riego de Vietnam que provocaban la destrucción de los suelos que producían los alimentos para millones de personas. En Catalunya el conflicto del trasvase del Ebro encontró un apoyo fundamental en equipos universitarios y conjuntamente con el movimiento social se fue elaborando la “nueva cultura del agua”. La movilización ciudadana contra la guerra del Irak encontró un rechazo argumentado en importantes sectores universitarios que alertaron de las mentiras que sirvieron de excusa a la guerra y legitimaron el movimiento de rechazo. Los estudiantes acampados ahora se han hecho tribunos de la indignación social por la degradación de la democracia y la perversión de una economía al servicio de los especuladores. Y ya hemos escrito extensamente sobre la relación colectivos de barrio y ciudadanos y equipos de técnicos-políticos que propiciaron el fuerte movimiento popular urbano que emergió en la década de los 70 en Barcelona y en las principales ciudades españolas, que tuvo una fuerte incidencia en el posterior desarrollo de la democracia ciudadana en la década siguiente.

8. Una Universidad en manos de una burocracia siniestra: la dimisión de la clase intelectual académica.

Cuestión previa: la Universidad necesita gestores profesionales. No, como sucede ahora, académicos más o menos mediocres o que lo hacen sin ganas “obligados” por el entorno. Dicho esto la burocratización de la Universidad es hoy a la vez consecuencia y causa de su pérdida de su responsabilidad social y de su incapacidad de producir conocimientos a la altura del momento histórico.

La burocratización ha ido vinculada a los procesos de “especialización” y de “profesionalización”, a la pérdida del sentido histórico y ético de las ciencias sociales y al uso inadecuado de los métodos e instrumentos de las ciencias “duras”. Ya lo expusimos anteriormente. Se ha “comercializado” la producción docente e investigadora. Los estudios de grado se han estandarizado y confunden la especialización con la ignorancia del resto de lo “social” y la profesionalidad como la adaptación a cualquier trabajo escasamente cualificado que tenga algo que ver con lo mismo. Los estudios de postgrado son directamente un negocio para la Universidad y un sobresueldo para los profesores. Al mantenerse en general la rígida separación en disciplinas, en vez de la indispensable transversalidad, se culmina el proceso de deshumanización de las ciencias sociales. La investigación dependerá de la capacidad de someterse a las demandas de los poderes políticos o económicos potencialmente financiadotes o a los intereses de los patronos académicos (autoridades de la facultad, catedráticos influyentes, responsables de departamento).

Llama la atención la escasa resistencia que han opuesto los profesores a este proceso decadente. Han sido cómplices del encierro al interior de cada disciplina por puro interés corporativo, cuando es obvio que las materias sobre las que se trabaja exigen la transversalidad. Al contrario, cada disciplina ha procurado exacerbar orientaciones y métodos específicos, de interés muy discutible, para alejar a los que proceden de otras disciplinas. Por ejemplo, en las escuelas de arquitectura han orientado el urbanismo, disciplina que exige absolutamente la transversalidad y para lo cual las ciencias sociales son indispensables, hacia el diseño, generando un formalismo que deriva en arquitectura gratuita y empobrece considerablemente el pensamiento y la intervención sobre la ciudad. Este ejemplo es una muestra de cómo una opción por la especialización y la profesionalización ha conducido al abandono de una perspectiva política.

Los conflictos universitarios, en los que han participado muchos estudiantes y una parte del profesorado, como en relación a la aplicación del llamado “Plan Bologna” ha demostrado no solo el carácter regresivo de este plan, también la pobreza de la oposición al mismo, reducida a aspectos economicistas y administrativos, sin poner en cuestión el statu quo de una institución que cuando no es anacrónica está subordinada o colonizada, por una servil traducción del academicismo norteamericano que lleva al extremo considerar como la lengua propia de la Universidad, y en algunos caso exclusiva, el inglés.

El resultado es una Universidad fragmentada, atomizada, sin valores compartidos, sin conciencia de su función histórica, sin responsabilidad social, sin espíritu crítico. Los cuerpos docentes y de investigación practican la guerra de todos contra todos, las autoridades se odian entre sí, los profesores se relacionan mediante la envidia y los investigadores pelean por financiamientos escasos. Jordi Llobet asume la afirmación de Lindsay Waters: “La idea que prevalece en la Universidad es evitar las ideas”. Hay muchas excepciones, pero el ambiente se parece mucho al descrito por la ya creciente bibliografía obra de universitarios críticos. Un ambiento mezquino, pobre de ideas y rico en conspiraciones.

Y en este ambiente la burocracia sui géneris toma el poder. Los “psicopedagogos” han irrumpido en las estructuras universitarios armados de su ignorancia, no saben casi nada de nada y no son conscientes de su no-saber. Se han especializado en complicar la gestión de una institución que ha crecido mucho, pero que en teoría debe hacerse cargo de cuestiones relativamente simples. Los psicopedagogos son expertos también en una jerga digna del postmodernismo mediante conceptos confusos trasladados a impresos a rellenar por parte del profesorado donde se mezclan términos multívocos sin orden ni concierto: habilidades, actitudes, competencias, contenidos, objetivos, etc. A ellos se añaden académicos que en muchos casos poseen escasas o nulas publicaciones e investigaciones, sin presencia pública ni carisma entre los estudiantes, que se refugian en cargos en los departamentos, institutos, facultades y rectorados para tener parcelas de poder desde donde superan su mediocridad mediante la práctica de pequeñas venganzas, decisiones arbitrarias, actos de autoritarismo y casi siempre nula capacidad de gestión. Hay importantes excepciones. Por una parte hay académicos sensatos y competentes que asumen el sacrificio de dedicar algunos años a la gestión universitaria para paliar los males de esta burocracia. Hay que agradecérselo. Pero es un despilfarro de recursos humanos el haber introducido unos sistemas de organización, gestión y evaluación absurdamente complicados que les obligan a dedicar muchas horas a actividades casi siempre sin interés ni utilidad. Con la agravante que es inevitable que gran parte de los docentes deban dedicar muchas horas a rellenar formularios perfectamente prescindibles.

Por otra parte hay profesionales de la gestión, no académicos, que añaden a su trabajo el tener que tratar con la “alta burocracia” de origen académico. Estos académicos mediocres o que han perdido el interés por la docencia o por la investigación cuando adquieren cuotas de poder que utilizan sin ser competentes o sin otro afán que sus miserables intereses, solo complican el trabajo de los gestores profesionales. En la categoría de “burocracia siniestra” no incluimos obviamente a los trabajadores técnicos o administrativos, que también son las víctimas de la burocratización, los cuales están supeditados a normativas exhaustivas, a autoridades académicas casi siempre incompetentes y a la plaga de los psicopedagogos y afines.

En este entorno opresivo se entiende más el proceso antes señalado que nos ha conducido a disciplinas autocentradas, con tendencia al autismo intelectual y a cuerpos profesorales atomizados, sin objetivos ni intereses compartidos. Cada uno se ha refugiado en su disciplina, departamento o centro de estudios, para protegerse del entorno burocrático. Lo cual a su vez ha aumentado la fuerza de la alta burocracia y ha acelerado la decadencia intelectual de la Universidad.

Las víctimas inmediatas son los estudiantes, a los que solo se puede criticar su escasa conflictividad. El que se hayan expresado en las plazas es un signo de vitalidad, pero no deja de ser significativo que no hayan desarrollado una lucha específica y poderosa en la Universidad. Es cierto que se les podría reprochar en muchos casos su escasa motivación intelectual, su actitud “resultadista” (solo vale lo que proporciona créditos) y su espíritu acrítico. Pero es el resultado del tipo de Universidad que tenemos. Si los estamentos de poder institucional y académico van a lo suyo, los estudiantes se refugian en el mejor de los casos en adaptarse a la especialización y en la profesionalización. La Universidad no forma ciudadanos, forma piezas de unos engranajes que chirrían, trabajos mal pagados e inciertos los que los alcanzan y el resto ejército de reserva de mano de obra para la economía del conocimiento, es decir el proletariado internetizado. El otro continua existiendo, aun más precarizado, con ritmos de trabajo agobiantes y reducción de salarios.

9. El pensamiento crítico rodea la ciudadela universitaria.

Como en otras épocas, cuando se viven cambios históricos, el pensamiento crítico y alternativo se produce en gran parte fuera del ámbito universitario o en centros dotados de autonomía y que se sitúan en las márgenes del sistema reglado. El uso intensivo de las redes ha facilitado que se desarrollen medios de “producción intelectual” a escala incluso global en y entre las organizaciones sociales, las plataformas político-intelectuales, los colectivos vinculados a revistas o editoriales, etc. Si revisamos cuales han sido los pensadores que han desarrollado trabajos innovadores y de más influencia social en las últimas décadas veremos que muchos de ellos lo hicieron fuera de la Universidad o eran marginales en ella. Pero también es cierto que otros hicieron carrera académica a pesar de todo, por ejemplo David Harvey que aparece en los primeros lugares de los rankings de autores citados. Los casos excepcionales son eso, excepciones. Los pensadores que se convierten en referencias para su época acaban siendo reconocidos, a veces a pesar suyo, por las instituciones y los medios de comunicación, aunque no siempre. Recientemente la Universidad Autónoma de Barcelona denegó el doctorado honoris causa a dos grandes historiadores reconocidos como tales a nivel internacional: Jordi Nadal y Josep Fontana (éste acusado de “marxista”). Hay otros que solamente lo son en sus círculos de influencia directa y en ámbitos alternativos a pesar de que nadie se atreve a negar su valor profesional y científico. Por ejemplo el economista español más potente y lúcido, José Manuel Naredo, autor de los libros más brillantes sobre la economía española y la economía ecológica, es marginal a la Universidad (profesor asociado de la Escuela de Arquitectura).

Pero no son las figuras individuales las que nos interesan ahora. Más importante es lo que hemos llamado anteriormente “espacios de creatividad”, el medio intelectual que favorece el desarrollo de pensamiento independiente, innovador, alternativo. Si estos espacios existen, es más fácil que emerjan personalidades individuales potentes y que sean reconocidas. Y no solo “grandes figuras”, de cara al futuro importan más muchos excelentes intelectuales y un alto nivel medio de profesores e investigadores, que algunos individuos geniales. La cuestión es que hoy estos espacios de creatividad son muy difíciles de desarrollar en la Universidad. Es muy interesante que se desarrollen fuera de ella o en espacios reducidos en sus márgenes, pero conformarse con ello sería renunciar al enorme potencial que existe en el sistema universitario. Ya nos hemos referido a esta “producción intelectual” externa, vinculada más o menos a la conflictividad social, que dispone de algunos medios para tener presencia en la opinión pública (publicaciones, debates públicos, etc.), pero cuya principal posibilidad de influir en los procesos sociales es su participación en movilizaciones y organizaciones que desarrollan formas de acción crítica.

Este ambiente de debates y confrontaciones sobre la sociedad actual crea condiciones favorables para reclamar cambios en la Universidad, pues su “desnudez intelectual” ha sido revelada por la crisis actual, una crisis que no es solo económica, es también política y cultural, es decir de trascendencia histórica, pues revela que vivimos un cambio de época. De lo expuesto hasta ahora nos parece que se pueden deducir por lo menos cinco líneas de acción crítica y propositiva en relación a la Universidad. Asumimos que las siguientes propuestas no son ni mucho menos exhaustivas. No podemos evitar repetir reflexiones y propuestas que se expusieron anteriormente. Pero, en el texto anterior predomina el enfoque analítico crítico y en los puntos que siguen se apuntan propuestas (en el primero especialmente) y se concretan las críticas para sugerir formas de denuncia y de oposición frente a la frecuente degeneración de las ciencias sociales académicas.

Uno. Superar la compartimentación de las ciencias sociales en disciplinas ajenas las unas a las otras. Promover una Universidad de Ciencias Sociales y Humanidades que permita una formación polivalente orientada más por temáticas complejas que por las actuales disciplinas. Por ejemplo: A) La ciudad y la urbanización. B) La empresa y la relación capital-trabajo. C) La estructura, la movilidad y la conflictividad sociales. D) Convivencia y seguridad en el pasado y hoy. E) Historia y presente de China o de América latina, o de Europa, etc. F) Comunicación, evolución de las tecnologías y sus impactos sociales. G) Las formas políticas, los derechos ciudadanos y la cuestión de la democracia. H) La mujer y la cuestión del género a través de la historia. I) Los recursos básicos de la humanidad: geografía e historia y la cuestión de su propiedad; J) Religiones, mitos y utopías y sus efectos sociales y políticos. Etc., etc.

La “especialización” principal se hará por grandes temas electivos aunque en ella se priorice las dimensiones económicas, jurídicas o territoriales. No tiene ningún sentido estudiar, a los 18 o 20 años, disciplinas tan etéreas como la Sociología o la Ciencia política o tan parciales como el Derecho o la Economía, que además no conducen directamente a ninguna profesionalización. Se propone optar por una formación que no se dirija directamente a la profesionalización Luego se trabaja de lo que se puede y es en la práctica laboral que se inicia el proceso de profesionalización que se puede completar con los masters. Es indispensable recuperar las Humanidades (ver por ejemplo el alegato en su favor de Nussbaum y de Llobet). En los estudios de ciencias sociales habría que incorporar Filosofía y teorías del conocimiento, Lenguas clásicas y Lingüística, Matemáticas y lógica formal e Historia y Geografía generales (incluyendo la cultura, el arte y la literatura). Por lo menos dos de estas disciplinas deberían estudiarse con “cierta profundidad de entrada.

Dos. Denunciar las ciencias sociales que mediante un “cientificismo formalista” legitima el orden social existente y revalorizar el pensamiento crítico, las finalidades éticas (políticas en sentido amplio) de la ciencia social y la responsabilidad de la universidad ante un mundo injusto, insolidario, violento e insostenible. Paul Baran escribió: “no quiero argumentar como economista sobre las ventajas de que todos los ciudadanos tengan acceso a una educación de calidad, la razón principal a favor de ello es simplemente humana, es reconocer el derecho de todos a recibirla.“ Recuperar el espíritu crítico es asumir las corrientes de pensamiento que rompieron con el conservadurismo social, el irracionalismo filosófico y la metafísica de la historia. Y denunciar las falsedades de las ciencias sociales actuales que legitiman los modelos de sociedad establecidos en el mundo desarrollado y que construyen teorías y modelos de interpretación tan sofisticados como inoperantes para entender y mejorar la sociedad existente. La Universidad debiera por el contrario priorizar las teorías, las líneas de investigación y los métodos anticonvencionales, que tengan en cuenta las dinámicas y los actores sociales y que se orienten hacia la acción. Un objetivo evidente en este momento histórico es denunciar “la peligrosidad de la ciencia económica” en palabras del filósofo analítico Mario Bunge, que considera que gran parte de la economía académica es una pseudociencia al servicio de los poderes económicos y políticos del mundo dominado por el capitalismo financiero-especulativo y los complejos político-militares cómplices. Como también ha denunciado desde hace tiempo Chomsky.

En el pasado la religión y en nuestro caso la Iglesia católica, legitimó a los poderes políticos y económicos que cometieron sistemáticamente crímenes que hoy llamaríamos “contra la humanidad”. En el siglo XIX, más positivista, la historia y la geografía aportaron su contribución, teorizando sobre los países fuertes y las razas superiores o explicando que los habitantes de países tropicales son genéticamente inferiores debido a las condiciones del medio físico. A esta tarea se añadieron luego antropólogos y sociólogos, que contribuyeron a dar un barniz “civilizador” a las políticas colonialistas e imperialistas. En nuestra época la Economía con la colaboración de la Ciencia Política en su especialidad de Relaciones internacionales, tienen un rol preponderante en la naturalización de los desmanes provocados por el capitalismo financiero especulativo dominante. La Economía principalmente, pues por una parte ha construido una ciencia académica muy sofisticada mediante el uso de modelos matemáticos, perfectamente inútil para el conocimiento, pero que ha adquirido un “status científico” a partir del cual ha practicado un terrorismo intelectual en la Universidad. Y a partir de su supuesto saber “indiscutible” ha legitimado tanto las dinámicas económicas existentes como las políticas que las han acompañado. Ya sabemos que la política no puede ser científica, pero lo que no es aceptable que se legitime mediante una base teórica tan irreal como puede serlo la celestial mano reguladora de los mercados (que ni Adam Smith se lo creía, pues reclamaba políticas públicas potentes).

La deformación formalista de la Economía académica (que a su vez ha reforzado tendencias similares en la Ciencia Política y en la Sociología) y el uso perverso que los gobiernos y los medios de comunicación han hecho de ello para justificar políticas antisociales, no ha merecido respuestas contundentes desde la misma Universidad. Es una asignatura pendiente: denunciar la falsedad teórica de una disciplina que ha construido un mundo irreal para aplicar su metodología sofisticada y la funcionalidad de esta operación revestida de cientificismo para justificar las peores políticas públicas.

Tres. La crítica a los métodos, técnicas y procedimientos que favorecen el conformismo intelectual, la reproducción ad infinitum del conocimiento real o falso propio de cada especialidad, la sumisión a las autoridades y a los entes financiadores y la autolegitimación interna. El falso respeto a los métodos e instrumentos ha sido el arma principal para implantar el terror intelectual en nombre del “cientificismo”. La referencia obligatoria a las “autoridades” de la especialidad, aunque nunca hayan llevado nada a la práctica, se impone por medio de las revistas indexadas, las líneas de investigación a las que deben someterse los doctorandos y diversas formas de presión para avanzar en la carrera académica. Los modelos formales y los indicadores cuantitativos, aunque sean con frecuencia una caricatura muy parcial de la realidad, cuando no la creación de un mundo irreal, aparecen como el principal criterio de cientificismo. El funcionamiento de autoevaluación que se ha oficializado a la hora de decidir financiamientos a líneas y proyectos de investigación o contratación de personal consolida el “saber establecido” y frena el progreso del mismo. El uso del inglés no solo expresa un sometimiento provinciano a la principal potencia imperial, también vehicula con frecuencia un “pensamiento único” conservador. Este conjunto de instrumentos de control y represión se imponen “naturalmente” a estudiantes avanzados y aspirantes a profesores o investigadores. Si no publican en revistas indexadas no obtienen los puntos necesarios para avanzar en cu carrera académica, si no se adaptan a las líneas de investigación impuestas por los caciques del departamento no podrán hacer la tesis, si no citan a las autoridades serán mal considerados y no se tendrán en cuenta sus ideas especialmente si son innovadoras y si no se adaptan a métodos o técnicas que pertenecen a un mundo irreal de muchos de los modelos usados en la investigación académica se les acusará de falta de rigor científico.

Un desafío que nos plantea la Universidad actual es enfrentarse con radicalidad a estos métodos y formas de funcionamiento. Una parte importante del profesorado y de los investigadores son en privado muy críticos, pero se someten a ello. Otros no los tienen en cuenta pero evitan la crítica pública debido al terrorismo impuesto en nombre de la ciencia. Solamente una crítica pública como hizo Wright Mills hace medio siglo o Mario Bunge recientemente (Las seudociencias, vaya timo!) puede ser eficaz. La crítica además de pública, debe ser consecuente y predicar con el ejemplo: utilizar métodos no convencionales como es basarse en la dialéctica entre los actores en conflicto y rechazar modelos artificiosos que inventan una realidad artificiosa o muy sesgada, no publicar en revistas indexadas en las que actúan censores anónimos, denunciar los financiamientos que condicionan ciertos programas de investigación, etc. Las aguas universitarias están estancadas, hay que removerlas.

Cuatro. Reivindicar el carácter “político” de la ciencia social. Las ciencias sociales existen para “entender” la sociedad, analizar sus contradicciones, descubrir sus tendencias, proponer salidas o soluciones a los problemas. Lo cual supone partir de un pensamiento crítico, no el impuesto por los poderes dominantes. Elegir los temas en función de valores y de posiciones frente a esta sociedad, aquéllos que expresan las aspiraciones de libertad y de justicia, de derechos humanos realizados o pospuestos o negados. Trabajar con los actores implicados, salir de las cajas de cristal. No admitir orientaciones sectarias o excluyentes de los financiadores. Hacer públicos siempre los resultados de los estudios e investigaciones. Practicar formas de docencia alternativas (para los que no pueden seguir estudios reglados) en cumplimiento de la función social universitaria. Rechazar los conceptos estereotipados o legitimadores de la realidad, así como los modelos y los indicadores que a pesar de su aparente rigor, solamente analizan una parte de la realidad, transmiten una imagen falsa de la misma y el tratamiento formalista le da una apariencia de rigor que distan de tener. Estar presente en los conflictos sociales y en las confrontaciones intelectuales y políticas y denunciar la falsedad del neutralismo, que supone complicidad con el poder. Crear y utilizar intensamente todos los medios de difusión y comunicación, incluyendo los medios informáticos y audiovisuales. Crear o reclamar canales de TV universitarios, por ejemplo.

Ya hemos expuesto anteriormente la naturaleza “política” de las ciencias sociales. Nacieron para afrontar los problemas de la sociedad, no para ser simples observadores de los mismos.

Cinco. Replantear la organización y la gestión de la Universidad. Por un proceso de desburocratización urgente. La Universidad como organización se ha convertido en una pesadilla kafkiana. Del plan Bologna nos hemos quedado lo peor: reducir la cualidad de los estudios de grado y multiplicar los costes para los estudiantes de los postgrados indispensables en el mercado de trabajo. Y aprovechando la coyuntura, la plaga de los psicopedagogos y afines han generado unos procesos tan complejos como inoperantes que obligan a muchos docentes de buena fe a pasar lo mejor de su tiempo rellenando impresos.

La revolución antiburocrática debe hacerse de abajo a arriba. Suprimir de entrada, radicalmente, los actuales procesos administrativos de la gestión académica. Substituirlo por un conjunto de normas que garanticen los derechos y deberes de docentes, investigadores, gestores, administrativos y estudiantes, Cada centro docente tendrá autonomía para autogestionarse, siempre que respete las normas básicas que regulan la gestión de los recursos, los criterios de contratación del profesorado y de evaluación del estudiantado, las formas de participación de los estudiantes y de la ciudadanía, los contenidos principales de la enseñanza, etc. El modelo de gestión, la oferta docente, el plan de investigación, la plantilla de personal y el presupuesto será aprobado por una comisión independiente y ratificado por el órgano de gobierno de la Universidad, los cuales establecerán directrices indicativas que incluirán mínimos y máximos.

Es decir, apostamos por una renovación organizativa y funcional que emerja de aquéllos que se enfrentan con el desafío universitario cada día. La revolución antiburocrática aportará experiencias innovadoras de todo tipo, permitirá evaluaciones a posteriori, probablemente muchas de las innovaciones podrán socializarse y consolidarse, otras serán experiencias fallidas o de efectos perversos y serán abandonadas. Pero la Universidad se habrá rejuvenecido.

10. Sobre las trampas del lenguaje.

En el mundo actual predomina una perversión del lenguaje que consiste en el uso habitual de conceptos dudosos, por su carácter multívoco, o porque sirven para encubrir la realidad en vez de descubrirla o interpretarla, o por su función legitimadora destinada a substituir un concepto más exacto y más crítico. El lenguaje de la política es un caso extremo: la extrema derecha se autodefine como centro, el centro conservador y timorato se presenta como izquierda o socialista, los xenófobos y racistas como demócratas… nadie es lo que dice ser. Las ciencias sociales, en parte por influencia de los medios políticos y de comunicación y de los organismos internacionales, los han adoptado y legitimado, y así, sin casi darse cuenta se han adaptado y sometido al poder formal y al poder real. Los controles que se ejercen por medio de las revistas indexadas y el financiamiento de programas de investigación ha facilitado la traición moral e intelectual de una parte importante del mundo universitario. La perversión del lenguaje es su expresión más visible.

Como los ejemplos son muy numerosos citemos algunos conceptos que son de uso frecuente tanto en las ciencias sociales como en la política y en los medios de comunicación. No vamos a denunciar el lenguaje ultra neoliberal de los economistas, o el hiperpositivismo de juristas y politólogos, o el objetivismo “neutral” o cómplice de muchos sociólogos, puesto que además de fácil sería criticar a una parte de los universitarios pero probablemente no la mayoría. Comentaremos únicamente términos que se han generalizado, que los usan también universitarios críticos, que a priori parecen inocentes, bienintencionados, la mayoría de las veces incluso progresistas, en todo caso siempre se utilizan como “naturales”, indiscutibles, positivos.

La competitividad, un concepto a desterrar o a usar en un marco muy específico. ¿Los profesores, los investigadores o los estudiantes deben ser “competitivos”? Debe serlo la Universidad? Los profesores deben ser competentes y esto lo apercibirán los colegas y los estudiantes. Los investigadores en su mayoría deben aportar algo en la sociedad en la que viven, no competir en un ranking mundial, lo cual solo algunos podrán hacerlo. Los estudiantes no tienen por qué competir entre ellos, deben aprender algo que les interese. La competitividad también se aplica a las empresas, pero solo una pequeña parte de ellas compiten en mercados abiertos, lo importante es que sean productivas. Aplicar la competitividad a las ciudades es absurdo, las ciudades más bien necesitan cooperar entre ellas y solo en algunos casos compiten con algunas, para atraer turismo, conseguir la organización de un evento o para generar masa crítica para una infraestructura o un equipamiento.

La gobernabilidad y la gobernanza, son palabras que no quieren decir nada, que solo generan confusión, que sirven únicamente para enmascarar a los que detentan el poder, los gobiernos y los poderes fácticos. La gobernabilidad sirve para ofrecer una imagen ideal de una forma de gobierno consensual por medio de una relación armoniosa entre instituciones políticas y “sociedad civil” (otro concepto confuso que recubre todo tipo de organizaciones y colectivos). La gobernanza es un concepto perfectamente inútil referida a la forma de cómo se gobierna en relación a la gobernabilidad. Un intento de referirse a un bloque de poder, poderes formales y fácticos, pero disimulando su naturaleza oligárquica. Palabras vacías, impropias de las ciencias sociales, que solo sirven para rechazar sin citarlo el conflicto entre “el poder” y los que lo soportan o lo resisten. Oen lenguaje más antiguo y más claro: la lucha de clases.

La seguridad, la gran palabra para los apóstoles del miedo, los mensajeros de los peligros que nos acechan, los mesías que nos traerán tranquilidad por medio del autoritarismo y la exclusión de las “clases peligrosas” (recuerden: “Clases trabajadoras, clases peligrosas”, la obra clásica de Louis Chevalier). La paradoja del mundo occidental: nunca ha existido mayor seguridad que la que disfrutamos hoy, si nos atenemos al uso que se le da hoy en nuestros países (delincuencia urbana, es decir robo, violencia en el espacio público). Sin embargo aparece como principal preocupación a la par que el desempleo o la inmigración! Inseguridad hay, pero por otras razones y en otros aspectos: las pensiones, las hipotecas, el trabajo, etc. y por la pérdida de referentes territoriales y socio-culturales y la dificultad de entender y gestionar los cambios que se producen en el entorno, es decir la llamada globalización. Los poderes políticos y mediáticos contribuyen decisivamente a que las inseguridades profundas se sublimen por medio de transferirlas a la inseguridad en la ciudad. Combatir la ideología del miedo y de la inseguridad es hoy una tarea tan importante como la denuncia del racismo y la xenofobia, forman parte del mismo complejo de angustias de la época.

Hemos citado inmigración y globalización, dos palabras a usar muy poco y en contextos muy específicos que no generen confusión. La inmigración es un proceso entre dos residencias (si no fuera así serían nómadas). Usar el término inmigrante referido a una población residente en un país desarrollado procedente en general de otro “menos desarrollado” sirve para escamotear dos realidades vergonzantes. Llamamos inmigrantes a residentes que no poseen un status completo de ciudadano, lo cual teóricamente les correspondería: todos los que viven en un territorio, están sometidos a las mismas leyes y, si les corresponde por edad y actividad, van a la escuela, trabajan, pagan impuestos, etc., deben poseer los mismos derechos. Es doctrina liberal democrática básica desde por lo menos el siglo XIX. La otra realidad es que “inmigrantes” se refiere a trabajadores, en muchos casos precarios, mal pagados, a veces “sin papeles”, con frecuencia con signos externos, físicos o culturales, diferenciales. No llamamos inmigrantes a empresarios, religiosos, profesionales, incluso estudiantes. Ocultamos su condición de ciudadanos y trabajadores porque nos avergonzamos de su capitis diminutio, o derechos incompletos como ciudadanos, y por ser ejército de reserva de mano de obra que se explota más que al resto y se tira cuando el capitalismo volátil ya no los necesita. La etiqueta de inmigrante además facilita que sirvan de “chivo expiatorio”: se criminalizan unos colectivos sociales que son considerados delincuentes potenciales o sospechosos por definición, culpables además que los autóctonos no tengan trabajo o no accedan a becas escolares o viviendas sociales. Rechacemos el uso del término inmigrante, son ciudadanos y trabajadores a los que se les priva de unos derechos que legítimamente les corresponden. No es mucho pedir a las ciencias sociales que denominen las cosas por su nombre.

La globalización sirve para todo, es decir para nada. Usamos esta palabra cuando deberíamos decir en muchos casos capitalismo especulativo, imperialismo, mercados financieros desregulados. Justificamos con la “globalización” la libertad de movimientos de los capitales y de los bienes y servicios pero cerramos los ojos al control de los movimientos de poblaciones. Actualmente se usa un término tan neutro y confuso como “los mercados” para referirse a la especulación financiera internacional. ¿Por qué no llamarles simplemente especuladores? Y además deberíamos añadir como explicación alguna vez que esta especulación es posible por haber apostado por la “economía de la deuda”, es decir el capital financiero y los gobiernos se han dedicado a jugar a la pirámide con el dinero de las clases populares y medias. Por otra parte siendo la globalización actual un proceso hegemonizado por el capitalismo especulativo sería más productivo contraponerlo a “internacionalismo”.

Otros términos que se toman en vano o que generan confusión incluso cuando se usan de buena fe: participación y sociedad civil, equidad y cohesión social, sostenibilidad y planeamiento.La participación se ha convertido casi siempre en una operación política promovida desde las instituciones para hacer avalar a la población sus políticas públicas. Los gobiernos (nacionales o locales) deciden las reglas, la composición, las materias y las atribuciones de los órganos que se creen, etc. y en la práctica establecen y modifican el funcionamiento de éstos. En el mejor de los casos sirve para obtener información y hacer llegar propuestas y reivindicaciones, pero en general la voluntad institucional es generar consensos pasivos. La participación real es la generada por organizaciones y conflictos sociales con fuerza suficiente para obligar a los poderes políticos a reconocer a los actores y abrir escenarios de deliberación y negociación de las políticas públicas. No hay participación sin reconocer de entrada la legitimidad y la utilidad del conflicto. La referencia a la sociedad civil se ha convertido en la “tarte à la crème” o un café para todos muy aguado. Este concepto, muy propio de los Estados “absolutos” del siglo XVIII (se atribuye a Ferguson), tenía un sentido relativamente preciso: las formas organizadas de la sociedad que no estaban integradas o eran relativamente autónomas de la organización centralizada, piramidal y centralizada del Estado. Actualmente hablar de sociedad civil tiene escasa utilidad, pues se mezclan todo tipo de organizaciones, algunas paraestatales, otras reguladas o financiadas por los gobiernos, otras de clase (empresariales, sindicales), unas muy políticas y de amplio espectro en cuanto a intereses y formas de actuar, otras muy específicas, unas muy reconocidas por las instituciones, otras ninguneadas, etc. Y quedan fuera de la sociedad civil colectivos informales o no reconocidos que en muchos casos son los que aportan más potencial innovador. El uso de esta amalgama caótica de este concepto inadecuado hoy sirve para convocar por parte del poder (político o económico) a las elites o para reunir un tutti revolutum que favorece la creación de consensos pasivas Parece más adecuado en todo caso utilizar el concepto de “sociedad política” o de “pueblo” que permite definir un conjunto relativamente heterogéneo que se moviliza conjuntamente por objetivos compartidos.

La equidad ha substituido a la igualdad tanto en la terminología política como en las ciencias sociales. Por cierto, resulta un poco sorprendente como los cientistas sociales adoptan acríticamente “conceptos” de procedencia política, especialmente de organismos internacionales. Se entiende la equidad como garantizar a cada uno lo indispensable, pero en el mejor de los casos supondría mantener la desigualdad social existente, lo cual hace no solo inviables económicamente las políticas redistributivas, también mantiene idéntica conflictividad social pues un grado importante de desigualdad es insoportable para los que están en la parte baja del sistema. Algo similar se puede decir de la cohesión social y de la integración ciudadanaque han substituido a los conceptos más claros de justicia social, el binomio igualdad-desigualdad y los derechos ciudadanos iguales para todos. Se proponen palabras que parecen apostar por políticas públicas progresistas, pero sin molestar a los sectores acomodados a los que no solo se les garantiza su status privilegiado, también se les dice implícitamente que mejorando un poco la situación de las clases populares será más fácil o “menos peligroso” que perturben su vida. Por ejemplo se prioriza, en el mejor de los casos la reducción de la “pobreza absoluta” pero se omite que se mantiene o incluso aumenta la desigualdad social, a pesar de que ésta es mucho más fuente de conflicto que la pobreza.

Se supone que los conceptos de sostenibilidad y planeamiento son propios del progresismo, que indican un criterio y un instrumento respectivamente para llevar a cabo políticas públicas favorables al conjunto de la población, presente y futura, y que necesariamente mejoran las condiciones de vida de los sectores populares. En realidad la cuestión no es tan simple. La sostenibilidad es un concepto genérico, que en muchos casos no queda claro a qué se refiere y cuya aplicación en muchos casos es contradictoria. Puede preservar o reducir el coste de un bien sostenible pero aumenta el coste de otro. En ocasiones se utiliza la sostenibilidad para reducir programas de interés social, cuando un buen uso de este criterio puede servir a reducir las desigualdades. La “sostenibilidad” es usada para facilitar negocios de empresas que previamente despilfarran recursos y atentan contra bienes básicos. O se utiliza como argumento para obtener o preservar situaciones de privilegio. Si argumentamos en favor de la sostenibilidad conviene concretarlo mediante propuestas críticas y alternativas como el control público del suelo, la compacidad de la urbanización o la supresión del automóvil en las áreas de alta densidad de población. En abstracto la sostenibilidad puede ser utilizada con fines contrarios a los que se proclaman. Algo parecido ocurre con las identidades que usan tanto para afirmar unos derechos individuales y colectivos legítimos, como para excluir o no reconocer los derechos de los “otros”, los considerados ajenos a esta identidad.

La identidad es una palabra peligrosa nos dice Tony Judt. Es cierto, pero a veces resulta incómodo criticar un exceso de afán identitario de colectivos sometidos a un poder externo, pues te encuentras al lado de los que critican esta identidad en nombre de la suya, la dominante. En todo caso conviene relativizar la identidad mediante el reconocimiento de derechos iguales de todos los habitantes de un territorio y de la universalidad de un conjunto de derechos básicos en proceso de codificación continua. Es evidente que ni los derechos proclamados por la revolución francesa de 1789 ni los derechos humanos de la Carta de NN.UU. hoy no son suficientes (aunque en gran parte del mundo no están satisfechos).

La individualización es otro lugar común tanto de los cientistas sociales como de los medios de comunicación. Es un tópico muy actual… desde el Renacimiento. Es cierto que en las últimas décadas se han acentuado los comportamientos individualizados: por ejemplo respecto a la movilidad, a las comidas cotidianas, a los horarios de cada uno, las relaciones sociales, etc. (la lista es casi infinita). En nombre de la individualización economistas y politólogos legitiman modelos analíticos que parten del “individuo tipo” y se abandonan los conceptos clave de la estructura y el conflicto sociales, como es la “clase”. Pero un análisis elemental nos permite comprobar que la socialización de los individuos es hoy probablemente mayor que en épocas pasadas. Se mantiene la familia como entidad social solidaria, se revaloriza el barrio, se multiplican las redes sociales asociativas (las reales y las virtuales) y sobre todo los individuos dependen cada vez más de los servicios públicos (educación, salud, cultura, ocio, asistencia social, etc.). En las relaciones de trabajo subsisten las clases trabajadoras asalariadas que representan más del 50 % de la población activa, aunque una parte de ellas usen el ordenador en vez de un telar, un torno o una máquina de escribir. Y tanto los estudios estructurales como los comportamientos y los conflictos sociales nos muestran la pertinencia del concepto de “clase”, aunque se hayan modificado sus formas y sus denominaciones. Como en los otros casos citados un concepto que puede servir si se relativiza su uso en realidad es con frecuencia utilizado como un medio de escamotar el carácter “clasista” de nuestras sociedades.

¿Planeamiento para qué? El concepto de planeamiento vuelve progresivamente a la actualidad. A priori el que se reconsidere su importancia, después de algunas décadas de valoración baja, parece positivo. La desregulación de las políticas económicas y territoriales nos han llevado a una situación caótica y catastrófica. Sin embargo la reivindicación del planeamiento suena muchas veces como un brindis al sol y también como la ocasión para que se expresen intereses corporativos, legítimos pero particularistas, que identifican cualquier planeamiento con el “interés general”. Reclamar el planeamiento sin precisar objetivos y actuaciones, es decir estrategias de implementación, es simple retórica legitimadora de cualquier cosa. El planeamiento territorial por ejemplo puede perseguir objetivos positivos que se le suponen, pero no están garantizados como promover o mejorar la oferta de bienes y servicios colectivos destinados a la población y a las actividades, reducir las desigualdades sociales, facilitar la deliberación ciudadana en relación a las políticas públicas, etc. Pero muchas veces es una palabra que se utiliza en vano y que puede servir para legitimar actuaciones público-privadas que contradicen los objetivos teóricamente proclamados. La vida local es una fuente infinita de ejemplos. Algo similar ocurre con la exaltación de lademocracia local, la descentralización, la proximidad. No es oro todo lo que reluce. El descrédito de los gobiernos y de los partidos ha revalorizado la imagen de la de la política o mejor dicho el mito de la proximidad. Es obvio que la cercanía a las personas que detentan una cuota de poder favorece el control social pero muchas veces el resultado es el contrario de lo esperado: falta masa crítica de territorio o de población, competencias débiles y recursos escasos, pantalla entre los ciudadanos y los centros de decisión, etc. Antes de dar como positivo cualquier proceso de acercamiento entre instituciones y ciudadanos conviene evaluar sus efectos prácticos.

Finalmente nos parece urgente cuestionar el concepto y el uso de una palabra mágica que nadie discute: democracia. Declarar que los países de Europa occidental no son “democráticos” parece una aberración, puesto que son Estados de derecho, con constituciones que garantizan un régimen de libertades públicas, se asientan en un conjunto de políticas sociales (welfare state), etc. También es cierto que en comparación con otros parecen más “democráticos” que la gran mayoría de países del resto del mundo. Pero la democracia no se reduce a un conjunto de derechos formales, a un conjunto de procedimientos garantistas, a la elección de los gobernantes especialmente. La democracia para qué? Volvemos a la pregunta que Lenin espetó a Fernando de los Rios con ocasión de la fundación de la III Internacional. La democracia es un régimen de libertades que no solo sirven para garantizar en el plano político-jurídico la libertad y la igualdad de las personas, también conlleva la realización por parte de los gobiernos elegidos de políticas públicas que hagan reales los derechos de los ciudadanos, teniendo en cuenta la diversidad de situaciones que limitan las libertades y expresan las desigualdades que se dan en las sociedades humanas, estén más o menos desarrolladas. Hoy, afortunadamente, ya no vale exaltar la democracia en abstracto. La reacción ante la crisis ha puesto sobre la mesa la “democracia real”, es decir la que da respuestas positivas a los derechos de todos. Y parece inevitable también cuestionar el concepto mismo de Estado de derecho.

El Estado de Derecho es obviamente un progreso respecto a los Estados gobernados por tiranías arbitrarias. Como sucedía en España durante el franquismo: el Jefe del Estado concentraba de iure y de facto todos los poderes y solo era “responsable ante Dios y ante la Historia” según las “leyes fundamentales” impuestas por él mismo. Pero el Derecho expresa siempre una relación de fuerzas y las constituciones y el conjunto del sistema político-jurídico formaliza, materializa e inmoviliza esta relación. Los poderes fácticos (económicos, mediáticos, religiosos, militares, etc.) imponen normas que generan privilegios de unos y reducción de derechos de otros. Los gobiernos de origen electivo en la práctica devienen gobiernos oligàrquicos. Las respuestas que han dado a la crisis actual es una prueba evidente de ello. Mitificar el concepto de Estado de Derecho, considerarlo en sí mismo como algo definitivo, justo y democrático es una operación especialmente perversa puesto que es un concepto connotado positivamente que se usa fraudelentamente.

Por lo tanto considerar “democráticos” sin más, a nuestro país y a los de nuestro entorno, es por lo menos una enorme exageración. Incluso en el plano político-jurídico los déficits democráticos son visibles: sistema electoral que favorece las oligarquías partidarias y que no respeta el principio del valor igual de los votos, exclusión de la población residente que no posee la nacionalidad española, influencia decisiva de los grandes grupos económicos y mediáticos en la formación de la opinión pública, limitaciones muy fuertes a las consultas populares, etc. El reciente fenómeno de los “acampados” ha enfatizado estos déficits al reivindicar una “democracia real”. Pero es solamente un aspecto de la “realidad democrática”. Si las políticas públicas no mejoran el bienestar de la población y no reducen las desigualdades sociales, se está negando la justificación de la democracia “representativa”. Los gobiernos elegidos no son legítimos únicamente por su origen, es preciso que luego se legitimen mediante sus políticas. Y las actuales políticas económico-sociales de la UE permiten concluir que no vivimos en países democráticos. La Universidad es la institución más adecuada para hacer esta denuncia, por su conocimiento acumulado, por su independencia y por los valores que se supone que guían su comportamiento público.

Recuperar un lenguaje real. La recuperación de un lenguaje que en vez de crear confusión aporte claridad, que indique las fallas de la sociedad en que vivimos, que señale causas y responsables, que indique salidas y proponga alternativas, que denuncie los lenguajes de la ocultación y de la legitimación de lo existente. Cada día podemos escuchar a algunos políticos o intelectuales prestigiosos denunciando los males del mundo, como si de plagas bíblicas se tratara: el hambre y la miseria, las víctimas de las guerras y los que mueren de sed, los que no tienen casa y los que emigran para sobrevivir, las mujeres que sufren violencia o son objeto de tráfico, las niños abandonados y famélicos, los que mueren de enfermedades endémicas, etc. Pero casi nunca citan a los organismos internacionales como el Fondo Monetario o la Organización mundial de comercio, las multinacionales que explotan la mano de obra de los países pobres y las que no permiten que les lleguen fármacos y alimentos, los entes financieros especuladores y sus cómplices políticos, etc.

La vocación política de las ciencias sociales es analizar y denunciar lo que los medios políticos oficiales y los de comunicación nos presentan como algo objetivo, así son las cosas, en el mejor de los casos como una única cara de la realidad. Pero, las causas y los agentes causantes también son otra cara de la realidad, las víctimas y los que resisten son así mismo otra cara y el medio universitario, intelectual y profesional debiera ser la cuarta cara de la realidad, la que explica, denuncia y propone alternativas, la que apoya a los que se enfrentan a esta realidad. Recordemos de nuevo la aparente paradoja de Ernest Bloch: la realidad no es la verdad.

Nota final: En defensa de la Universidad

Como escribía recientemente Goffredo Fofi en L’Unità: la Universidad sobrevivirá a todos los vicios impuestos y propios. Lo creo, quizás porque en las Universidades viví hace medio siglo unos años de pasión y de esperanza, en Barcelona y en París. Aprendí a aprender, en las clases y en los libros, y en conversaciones “off aula” con algunos profesores y con compañeros de estudios y de militancia política. Luego he ejercido de profesor, en total más de 25 años, y con frecuencia encuentro hombres y mujeres que no siempre puedo recordar, que se dirigen a mí para decirme que fueron alumnos, a veces a finales de los 60, otras veces hace solo algunos años, que les interesó mucho los temas de las clases, que hiciéramos trabajos en la calle y en los barrios, el que les propusiera lecturas que no eran manuales, o que el lenguaje de las clases no fuera convencional. Estos encuentros justifican las esperanzas en la Universidad. Me consta que a muchos profesores les ocurre algo similar. Ciertamente en la Universidad hay también mucho pensamiento muerto, mucho lastre burocrático, falta transversalidad y compromiso moral con lo público, no hay una hermandad universitaria, pesan mucho los intereses corporativos en lo colectivo y la competencia y la envidia entre los que se afanan en hacer carrera. Pero hay un capital humano de profesores y estudiantes extraordinario. Las recientes ocupaciones de plazas son suficientes para que se renueven las esperanzas de una renovación moral de la Universidad.

Una Universidad debe recuperar su vocación cívica, ética, política. Afirmar su independencia, su espíritu crítico, su compromiso no solo con la docencia y la ciencia, también los derechos de los ciudadanos. La ciencia social debe ser un arma, no la única obviamente, de combate por la verdad y por el progreso social, por la justicia. Quizás es un deseo que mira más al pasado que al futuro, el eterno retorno, “Les premiers amours sont toujours les derniers” (Ben Jaloun). O quizás no, hay unas bases en el presente, muchas redes que funcionan al margen de las convenciones impuestas, muchos trabajos interesantes, numerosas conexiones con movimientos sociales y culturales, curiosidad intelectual, reacciones políticas movidas por la idea de justicia. La Universidad de las ideas y de las esperanzas es posible.

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