El desorden establecido

Prefiero la injusticia al desorden”. Goethe se podría haber ahorrado esta afirmación muy poco simpática, más propia de un privilegiado egoísta que de un gran escritor humanista. Una alternativa absurda pues el “desorden” es un factor multiplicador de la injusticia. Pero ocurre a veces que los que se rebelan no son causantes de los desordenes que aquejan al conjunto de la sociedad. Lo hacen contra “el desorden establecido”, expresión afortunada del fundador de Esprit, Mounier. Y los responsables de este desorden, político y económico, están encantados en encontrar (o generar) ocasiones para transferir el desorden a sus víctimas, si se rebelan contra ellos. Como ha ocurrido estos días a raíz de la poco afortunada iniciativa de impedir la entrada en el Parlament a los diputados que debían debatir el proyecto de presupuesto.

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La ciudad entre la desposesión y la reconquista

A una pregunta televisiva, imprevista y en directo, sobre como definiría el “socialismo” despues de 1989 (cae el muro de Berlín y se desmorona el bloque soviético), Mitterrand respondió escuetamente: “es la justicia, es la ciudad”. La ciudad pues es una metáfora de la izquierda, en su doble dimensión individual y social, lírica y épica. La ciudad es cálida y es el contrapeso a la democracia que es frígida (1, Dahrendorf, 1992). La ciudad, como el socialismo, tiene por vocación maximizar la libertad individual en un marco de vida colectiva que minimice las desigualdades.

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